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Espínola y Lange medallas a la buena gente

Publicado por LA ARGENTINIDAD ...AL PALO en agosto 22, 2008

Espínola y Lange ganaron el bronce en Qingdao, pero valió como un primer puesto a partir de las desventajas a las que se sobrepusieron: días antes del torneo les chocaron el barco y tuvieron que correr con el muletto, que hasta se les volcó…

Los molinos de viento parece que en cualquier momento levantan vuelo…

Por el trabajo, el profesionalismo, la organización, la seriedad, la idea en equipo, la constancia. Por superar obstáculos, no quemar etapas, saber qué puede dar uno y qué el otro y no superponerse. Por no poner excusas, bancarse que te choquen tu embarcación desarrollada durante cuatro años a días de la primera regata, competir con el barco de repuesto y reponerse de días aciagos, que incluyeron un vuelco del catamarán. Por darle velocidad a la embarcación en días sin un soplido de viento o domar esa misma embarcación con el ventarrón y la lluvia de ayer. Por el esfuerzo para ir casi de espaldas al agua. Por levantar la bandera argentina apenas cruzada la línea final. Por emocionarse en ese mismo momento aunque no hayan sido primeros. Por el respeto que se ganaron de los rivales. Por todo eso, Carlos Espínola y Santiago Lange valen oro aunque mojados de pies a cabeza luzcan el bronce en la ceremonia de premiación en la marina de Qingdao. Por la cuarta medalla de Camau, récord para el país. Por la sabiduría de Santiago, que si se midiera también podría ser récord.

En este caso, el trabajo no es cantinela. Son ocho años y dos podios olímpicos. Es pura emoción. Mariano Galarza, el coordinador y mano derecha del equipo, se mete al agua del mar Amarillo y no le importa mojarse las zapatillas. Se abraza durante un minuto con Lange, en uno de esos abrazos que no se terminan nunca. Daniel Espina, el profesor de yoga, repite la imagen con Camau. Todos empapados, felices, realizados.

Es obvio que el objetivo era el oro y lo habían dicho siempre. Pero los españoles Echavarri y Paz Blanco se adaptaron mejor que nadie a las desestabilizantes condiciones de esta cancha de marina, y también emocionaron con el festejo con sus colaboradores: todos vestidos terminaron en el agua. La dupla argentina fue sexta en la Carrera de Medalla, la última regata que da puntaje doble, y terminó a 12 unidades de los ganadores y a seis de Australia, que se llevó la plata.

Precisamente plata en Atlanta y Sydney en windsurf, Espínola se unió a Lange en Tornado en el 2000 y suman dos bronces consecutivos. En un país fundamentalista del éxito y del que si no sos primero no servís, puede ser la nada. Pero es todo. Estos dos tipos, y su equipo, alquilaron casa en Qingdao para conocer el terreno, adelgazaron varios kilos (ocho entre los dos) para estar más livianos por la falta de viento, planificaron todo hasta el último detalle y se mantienen en la elite mundial. Sin los recursos de los europeos, eso sí, pero con más apoyo que otros deportistas argentinos.

Lange cumple 47 años el 22 de septiembre y Espínola, 37 el 5 de octubre. Son grandes, pero arriba de la embarcación y en el podio disfrutan como dos chicos con juguete nuevo. Ese barco sobre el que tanto laburo le pusieron, y esas medallas que se ganaron con esfuerzo son su mejor juguete. Un juguete que vale oro y que ni el viento más fuerte se los va a sacar.

Los molinos de viento parece que en cualquier momento levantan vuelo…

Por el trabajo, el profesionalismo, la organización, la seriedad, la idea en equipo, la constancia. Por superar obstáculos, no quemar etapas, saber qué puede dar uno y qué el otro y no superponerse. Por no poner excusas, bancarse que te choquen tu embarcación desarrollada durante cuatro años a días de la primera regata, competir con el barco de repuesto y reponerse de días aciagos, que incluyeron un vuelco del catamarán. Por darle velocidad a la embarcación en días sin un soplido de viento o domar esa misma embarcación con el ventarrón y la lluvia de ayer. Por el esfuerzo para ir casi de espaldas al agua. Por levantar la bandera argentina apenas cruzada la línea final. Por emocionarse en ese mismo momento aunque no hayan sido primeros. Por el respeto que se ganaron de los rivales. Por todo eso, Carlos Espínola y Santiago Lange valen oro aunque mojados de pies a cabeza luzcan el bronce en la ceremonia de premiación en la marina de Qingdao. Por la cuarta medalla de Camau, récord para el país. Por la sabiduría de Santiago, que si se midiera también podría ser récord.

En este caso, el trabajo no es cantinela. Son ocho años y dos podios olímpicos. Es pura emoción. Mariano Galarza, el coordinador y mano derecha del equipo, se mete al agua del mar Amarillo y no le importa mojarse las zapatillas. Se abraza durante un minuto con Lange, en uno de esos abrazos que no se terminan nunca. Daniel Espina, el profesor de yoga, repite la imagen con Camau. Todos empapados, felices, realizados.

Es obvio que el objetivo era el oro y lo habían dicho siempre. Pero los españoles Echavarri y Paz Blanco se adaptaron mejor que nadie a las desestabilizantes condiciones de esta cancha de marina, y también emocionaron con el festejo con sus colaboradores: todos vestidos terminaron en el agua. La dupla argentina fue sexta en la Carrera de Medalla, la última regata que da puntaje doble, y terminó a 12 unidades de los ganadores y a seis de Australia, que se llevó la plata.

Precisamente plata en Atlanta y Sydney en windsurf, Espínola se unió a Lange en Tornado en el 2000 y suman dos bronces consecutivos. En un país fundamentalista del éxito y del que si no sos primero no servís, puede ser la nada. Pero es todo. Estos dos tipos, y su equipo, alquilaron casa en Qingdao para conocer el terreno, adelgazaron varios kilos (ocho entre los dos) para estar más livianos por la falta de viento, planificaron todo hasta el último detalle y se mantienen en la elite mundial. Sin los recursos de los europeos, eso sí, pero con más apoyo que otros deportistas argentinos.

Lange cumple 47 años el 22 de septiembre y Espínola, 37 el 5 de octubre. Son grandes, pero arriba de la embarcación y en el podio disfrutan como dos chicos con juguete nuevo. Ese barco sobre el que tanto laburo le pusieron, y esas medallas que se ganaron con esfuerzo son su mejor juguete. Un juguete que vale oro y que ni el viento más fuerte se los va a sacar.

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