LA ARGENTINIDAD….. AL PALO

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Un capo “Federico Luppi” Gracias Fede!!

Posted by LA ARGENTINIDAD ...AL PALO en mayo 14, 2006

Hace cinco años, espantado por el corralito, decidió radicarse en Madrid. Ahora, a los 70, pasó una semana por Buenos Aires para rodar la película “Cara de queso”.

Entre mate y mate, le contó a Sal! cómo es su nueva vida en España . Y cómo su nueva mujer, la española Susana Hornos, 37 años menor que él, le cambió la vida.


Gaspar Zimerman

Federico Luppi repite que se repite: “Esto ya lo dije 320 mil veces”; “lo digo siempre”; “lo dije otras veces”; “todo lo que te pueda decir deberías imaginártelo”; “voy a ser redundante”; “mi discurso es sempiterno y repetitivo”; “la gente dirá este huevón diciendo siempre lo mismo , lo cual es verdad”. Al final de la hora y media de charla, confesará que pensó en no dar más entrevistas, para evitar referirse una y otra vez a la rabia que le da la Argentina. Y es cierto: este Luppi extraño, desbigotado, pero con su imponente presencia intacta, no puede contenerse y se la pasa lanzando incómodas verdades en forma de preguntas retóricas: “¿No es llamativo que un tipo como Macri sea candidato político? ¿que Ruckauf siga siendo político? ¿que Cavallo no esté preso?”. O diatribas: “La Argentina no es dueña ni del petróleo, ni del gas, ni de la electricidad, ni de los caminos, ni de los teléfonos, ni de la pesca, ni de la aviación. Nada es nuestro. ¡Nada es nuestro! Y los ladrones siguen sueltos”. Es sobrecogedor escuchar esa cinematográfica voz dirigirse a uno con la misma energía con la que tantas veces emergió de la pantalla, por más que Luppi tenga ya 70 años y esté sentado tomando unos apacibles mates en su austero departamento de dos ambientes. Sólo vino por una semana, para un rodaje (“Cara de queso”, opera prima de Ariel Winograd): en el 2001 se radicó en España, y de ahí que en su vocabulario se cuele algún “¡hombre!”, un “coño” o un “cutre”. “No hay en la decisión de irme -explica- nada que pueda considerarse virtuoso o heroico. Fue un momento muy duro, de mucha decepción, bronca, cabreo, angustia, impotencia. Y estaba realmente en vías de enfermarme. Fue una decisión muy justa, certera y saludable. Uno podría decir, en términos humorísticos, por qué no 20 años antes… Hombre, empezar de nuevo no es algo que te haga feliz, pero de verdad no tenía otra opción. Quedarme hubiera significado un poner el freno permanentemente, sin ninguna posibilidad de cambio”.

Se fue con el corralito y la debacle.

-El corralito fue solamente la guinda de la torta. Esa debacle fue la culminación de un interminable encadenamiento de desastres y cobardías que comenzaron en los tiempos de Alfonsín, por su incapacidad para resolver cosas importantes. Siguió con la década de Menem, este sinvergüenza increíble que nos hizo comprobar la existencia del mal absoluto, y que nos dejó como trauma que el pueblo argentino lo haya votado dos veces. No es difícil imaginarse que yo arrastre una permanente frustración. Me hice viejo en un país que me dijo todos los días “hay una luz al final del túnel”. Lo cual hizo que transitara toda mi vida bajo la superficie, metido en ese túnel. Nunca vi la luz al final. A eso hay que sumarle un valor agregado: la extensa ingenuidad que uno exhibía. De modo que me siento tan culpable como los propios hechos.

-¿Cómo se resuelve estar a tanta distancia de la familia?

-No se resuelve. Se aprende a convivir con el desgarrón, con ausencias que, por razones biológicas, pueden llegar a ser definitivas. Si te va bien, puedes pagarte un par de pasajes. También está Internet. Pero la distancia no se resuelve.

-Para pagar ese precio, haberse ido debe tener algo positivo.

-No es un tema de proporción numérica. No tenía opción. Aquí había empezado a sentirme muy solo, con la defección de los partidos, la mentira del Senado, la Legislatura corrupta, presidentes incompetentes, amigos que se borraban, el sálvese quien pueda. Entonces, iba a la televisión por promociones de películas u obras de teatro y me la pasaba discutiendo con la gente. Me había vuelto protestón, aguafiestas, hasta con actitudes de deficiente educación. No era vida. No tenía elección: debía tomar distancia. Si no, me enloquecía o tenía que admitir una derrota definitiva.

-¿Cómo es su vida en Madrid?

-Igual que aquí: súper sencilla. Aprendí un montón de cosas simples, pero interesantes. Por ejemplo, a usar menos de todo: no tengo coche, no tengo garaje, no tengo una casa grande, tengo menos ropa. Eso sí, como muy bien, porque en España se come muy bien. Es contradictorio, porque es un país rico que, como todo país rico, tiene un nivel de consumo desproporcionado, y, sin embargo, yo estoy menos atado al consumo que cuando vivía acá. Seguramente el cimbronazo de la distancia ayuda, ¿no? En fin, trabajo. Y, como todo mortal de países como el nuestro, voy llegando a la aceptación cada vez más gradual, pero firme, de que moriré sin ver los cambios.

-¿Hizo amigos?

-Tengo gente amiga, sí. Y de vez en cuando veo a otros actores argentinos que están allá: Sbaraglia, Solá, Alterio. Igual, nunca fui un individuo de una densa vida social. Amigos pocos, muy contados. Como decía Herman Hesse, soy medio estepario. No salgo de noche, no voy a fiestas, no tengo apetencia por las discotecas. Las reuniones sociales con más de tres personas me abruman. Porque además tengo la pretensión que me da la edad, de saber todo lo que se va a decir y hablar. Y de eso francamente estoy hasta los huevos, para qué te voy a mentir. Pero estoy bien, he recuperado una apetencia por la lectura, el cine, que mientras estaba acá la estaba perdiendo, siempre metido en fragores inútiles e improductivos.

-¿Venir le resulta amargo?

-No. La memoria y el recuerdo no deben transformarse en un chantage (lo pronuncia en francés, shantásh ) permanente que te impida la vida. Yo no soy de los nostálgicos que se clavan puñales todos los días. Cuando vengo, la paso bien. Además, el país curiosamente anda mejor, hay otro talante en la gente, una actitud menos tensa, más expansiva, con proyectos. Mi mujer está enamorada de Buenos Aires y me alienta a venir; es la que más fuerza hace para que vengamos.

-A su edad, ¿cómo decidió emprender un nuevo matrimonio?

-Se mezclaron esas coordenadas difíciles de entender, porque está mi edad pero también la inconciencia de ella: que se haga cargo. El matrimonio me vino muy bien; en este momento de mi vida es una especie de revancha, una instancia que me permite hacer proyectos y tener una actitud más cálida y menos crispada hacia la vida.

-¿Superó el vértigo de los 37 años de diferencia?

-No, la diferencia de edad está ahí, presente. Lo máximo que he logrado conseguir, con cierto éxito, es evitar hacerme el pendejo. No juego al tenis, no hago ese tipo de cosas. Y en contrapartida, ella no hace aeróbics, así evitamos la presencia del personal trainer, que siempre crea conflicto (ríe).

-Cuando se separó de Cecilia Milone, usted explicaba la ruptura por la diferencia de edad.

-Es que aparece. Hay una cantidad de supercherías, supersticiones a las que la gente recurre como una forma humana de estirar el juego, de evitar jugar el descuento. Pero la diferencia de edad está. Aunque el amor no se detiene con la edad; sí se detienen las formas físicas de expresarlo, de hacerlo. Si yo me casara con una persona joven suponiendo la no diferencia de edad, estaría cometiendo el peor de los pecados, que es negar la biología. Para disfrutar del amor a esta edad hay que aceptar la diferencia.

-Es curioso que usted, que tiene fama de seductor, sea un defensor a ultranza de la pareja.

-No es contradictorio. Lo de seductor es una leyenda que, como siempre, se hace sobre la base de un par de datos reales y después se edifica una novela. Esta búsqueda constante y permanente de la otra parte es necesaria, es irreprimible y está bien que ocurra. No importa que dure dos días: buscarás mil parejas en lugar de dos, pero hacen falta. Como decía Hannah Arendt: hay que separar la condición humana de la naturaleza humana. En la naturaleza humana está siempre buscar al otro, eso es inevitable. Por lo que quieras: procreación, apareo, erotismo puro, una descabellada sexualidad, por lo que fuere. Y está en la condición humana, palanqueada por la cultura, hacer sobre esto todo un estudio filosófico que no sé a dónde conduce.

-¿Hay planes de tener hijos?

– No, a esta edad no. Lo tengo asumido con cierta responsabilidad. No sería justo dejar, en el futuro, a una mujer sola con un hijo que no tiene padre. No tiene mucho sentido. A lo mejor si fuera Donald Trump lo haría, porque dejaría atrás un marco de absoluta seguridad económica.

-Con tantos años de carrera, alguna tranquilidad económica tendrá.

-De ninguna manera. Cuando pude armar una posibilidad de retiro, me robaron con la historia del corralito. No tengo más remedio que seguir trabajando. Antes se deseaba tener trabajo; ahora mi aspiración se traduce en un doble y ferviente deseo: tener trabajo y que no me roben.

-¿Qué haría si esa posibilidad de retiro aún existiera?

-Me gustaría vivir en algún lugar paradisíaco, valga el cliché: el campo argentino, el Pirineo aragonés, algún pueblito de Huelva, la costa gallega, el bosque tucumano. Un poco de pan tostado, vino, queso… Y punto. Retirarme absolutamente. De verdad: tengo una tendencia, que no he mantenido toda la vida porque no he podido, a ser un haragán. Me dicen que me aburriría, pero ése no es mi tema. En la vida me he deprimido, entristecido, cabreado, decepcionado, angustiado, desilusionado.

Jamás me he aburrido. Jamás. Me gustan los lugares decrépitos y mediocres, los pueblo pequeños, donde la gente dice que no pasa nada. Ahí quiero estar yo. No tendría la menor posibilidad de pasarla mal. Además, como está el mundo hoy, el día que te viene la necesidad de pegarte un golpe de psicosis ciudadana, te lo das. Para los años que me quedan, si pudiera hacer un pedido en forma de mensaje en una botella, le diría al mundo: no me jodan.

-De verdad ansía jubilarse.

-El retiro es hermoso por varios motivos. El principal es el tiempo libre. Ir al cine, pasear, ponerte chancletas, afeitarte o no, dejar que la panza venga o no. Ahora, cuando voy al set me dicen si estoy con el pelo demasiado blanco, o con ojeras, o con pancita. Sería sensacional poder hacerle (hace el gesto de un corte de manga) a todo eso.

-Pero sigue actuando. ¿Siente que con los años ha ido mejorando como actor? Hace un tiempo dijo: “Cada vez compongo menos y entrego más”.

-Hay un momento en que uno lee todo, copia todo, experimenta todo, prueba todo, imita todo, tratando de hacer una especie de melange destilada según tu propio alambique. Lo cual está bien. Pero ahora me doy cuenta de que la actuación se trata de un acto de sinceridad sin retorno. Todos los días uno da un pequeño paso de despojamiento, se libra de aquella vieja noción de que los trucos y la falsedad son una de las dotes del actor. En cierto sentido, es una aceptación del paso del tiempo y de la vida. Ya uno se preocupa menos de si te ven el mejor perfil o el peor, o si la arruguita, o si la pancita. Me decía un actor que lo único bueno de la vejez es que estás obligado, te guste o no, a decir la verdad. En la actuación pasa lo mismo.

-La impunidad de los años…

-Salvatore Quasimodo, un poeta italiano, decía que llega cierto momento en que uno espera tan poco, que casi todo es de regalo. La palabra concreta es aceptación.

-¿O resignación?

-No, la resignación es aceptar la derrota definitiva. Socialmente, yo me considero un derrotado. Cómo voy a ser un triunfador si me cagaron a patadas. Soy un derrotado, pero de ahí parto para seguir peleando. Por eso me fui. No pensaba que en Europa todo era mejor, pero me daba cuenta de que estaba metido en un rollo improductivo. Por golpes, falta de fe, incredulidad, decepción. La resignación habría sido decir “me quedo aquí, y que sea lo que Dios quiera”. Aceptar mi otro lugar, empezar de nuevo, mejorar la salud, fue un acto inteligente.

-Si usted, un ícono del cine argentino, es un derrotado social, ¿qué le queda al resto?

-Derrotado, pero no tirado en un rincón, entristecido, con los párpados caídos. Se perdió una batalla. Como las gallinas, hay que sacudirse la tierrita y seguir para adelante. Es la obviedad que escribió con bastante ingenio Almafuerte: ¿Cuántas veces te pueden voltear? ¿cuántas? Hay que ver cuántas. Hay que ver.

 

La española que lo atrapó

H ace tres años, Luppi se casó por segunda vez en su vida: su actual mujer es la guionista y actriz española Susana Hornos, de 33 años. Se conocieron en el 2000, en España, cuando él viajó en una gira teatral, y se reencontraron en Buenos Aires, donde ella estudió teatro luego de haber cursado Derecho en España. Trabajaron juntos en "Pasos" (2005), la primera –y única, hasta el momento- película que él dirigió. De su primer matrimonio -estuvo casado entre los 23 y los 29 años- Luppi tuvo dos hijos (Marcela y Gustavo), que lo hicieron abulo por quintuplicado. “No pude convivir demasiado con mis cinco nietos, viajé mucho por trabajo”, se lamenta ahora el actor.

“Arteche y la…”


E ntre las 80 películas en las que actuó Luppi, figuran títulos emblemáticos como “El romance del Aniceto y la Francisca”, “La Patagonia rebelde”, “Tiempo de revancha”, “Ultimos días de la víctima”, “No habrá más penas ni olvido” o “Un lugar en el mundo”. Pero la escena que se instaló en el imaginario es el “¡Arteche y la puta madre que te parió!”, que le descerrajaba al personaje de Gianni Lunadei en “Plata Dulce” (1982). Luppi sonríe: “Quedó para siempre. Después ya era tomado como un chiste, y hasta se llegó a hacer una especie de cosificación de ese hecho, a decirse ‘los dos actores que mejor putean en el cine argentino son Ranni y Luppi’. Así como a Susana Giménez por la calle le pedían que dijera ¡shock! , a mí me han pedido que puteara. Por supuesto, yo no lo hacía. Pero me hacía gracia, porque tenía que ver con algo muy nuestro, que es convertir un acto espontáneo en un cliché. La frase pegó por la película, que capta ese momento exacto en que la estafa es tan grande, tan sin atenuantes. Se reflejó un momento histórico del país: tenía que ver con ese Titanic en el que navegábamos, capitaneado por Martínez de Hoz y los militares. Y del que justo despertábamos: la película se empezó a filmar el día de la invasión a Malvinas y terminó el día de la rendición".

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