LA ARGENTINIDAD….. AL PALO

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San Martín, Cita a ciegas ,El poder de una biblioteca , EL EXILIO, Un hombre de carne y hueso ,

Posted by LA ARGENTINIDAD ...AL PALO en agosto 18, 2006

El eco del pensamiento sanmartiniano a veces llega distorsionado.

n la última Conferencia de la OEA, el presidente norteamericano George Bush pretendió compararse con nuestro libertador, Don José de San Martín. Bush dijo entonces que, como San Martín: «En el último rincón de la tierra en que me halle estaré pronto a luchar por la libertad».

No hace falta abundar en las diferencias, pero no está de más recordar que el general San Martín liberaba y establecía penas severísimas para sus oficiales y soldados que apenas osaran confundir su rol de libertadores con el de conquistadores. Vaya como ejemplo esta proclama a sus soldados cuando estaban por concretar la entrada a la ciudad de Lima: «Acordaos que vuestro gran deber es consolar a la América, y que no venís a hacer conquistas, sino a liberar a los pueblos que han gemido trescientos años bajo este bárbaro derecho. La ferocidad y violencia son crímenes que no conocen los soldados de la libertad, y si contra todas mis esperanzas, alguno de los nuestros olvidase sus deberes, declaro desde ahora que será severamente castigado.» Fragmento del Código de Honor del Ejército de los Andes. Cuartel General del Ejército Liber

San Martín consideraba que las escuelas, los libros, el teatro y otras actividades educativas sostenían el concepto de libertad por el que tanto trabajó.

A diferencia de los generales genocidas de la última dictadura militar, que quemaban libros y destruían bibliotecas mientras se decían imbuidos del «espíritu sanmartiniano», el portador legítimo de aquel espíritu, el verdadero San Martín, era un gran lector en francés, latín e inglés y a todas partes trasladaba su biblioteca personal. Trataba de fomentar la lectura entre sus soldados y entre los habitantes de los pueblos que iba liberando. Cuentan que en los fogones del cruce de los Andes les leía a los analfabetos fragmentos de obras clásicas con las explicaciones necesarias.

Como su querido amigo el general Belgrano, no se conformaba con fundar escuelas sino que se interesaba por los contenidos de la educación y su eficiencia: «Los gobiernos interesados en el progreso de las letras —escribía el Libertador— no deben cuidar solamente de que se multipliquen las escuelas públicas, sino de establecer en ellas el método más fácil y sencillo de enseñanza que generalizándose por su naturaleza, produzca un completo aprovechamiento y se economice el tiempo necesario para la adquisición de otros conocimientos. El hombre nacido en sociedad debe todo a su patria, los momentos necesarios para ponerse en disposición de serle útil deben aprovecharse con interés.»

En cada ciudad liberada fundaba una biblioteca y en su primer testamento de 1818 decidió destinar sus libros para la de Mendoza. Creó la biblioteca de Santiago de Chile, donando para ello los 10.000 pesos que le había entregado como premio el Cabildo de Santiago por la victoria de Chacabuco. En aquella ocasión, el Libertador dijo: «Las bibliotecas, destinadas a la educación universal, son más poderosas que nuestros ejércitos para sostener la independencia».

Parte de su colección personal de libros fue donada a la Biblioteca Nacional de Lima. Fue entonces cuando señaló: «Los días de estreno de los establecimientos de ilustración son tan luctuosos para los tiranos como plausibles a los amantes de la libertad. Ellos establecen en el mundo literario las épocas de los progresos del espíritu, a los que se debe en la mayor parte la conservación de los derechos de los pueblos.»

En reconocimiento a su labor cultural, la Universidad de San Marcos de Lima le concedió el primer título de Doctor Honoris Causa, el 20 de octubre de 1821.

San Martín también estimuló el teatro en Lima, al que consideraba una actividad cultural. Concurría con amigos, a quienes les pagaba la entrada, no permitiendo que al Protector del Perú se le admitiese sin pagar.

 


Aunque siempre estuvo dispuesto a volver para defender a su patria, sus años en Francia pasaron en el olvido.

El Padre de la Patria atravesaba al comienzo de su exilio en Francia una difícil situación económica. Pudo sobreponerse gracias a su amigo Alejandro Aguado, quien lo ayudó a comprar una casa en Grand Bourg y le aseguró una vejez tranquila. Según lo cuenta San Martín: «Esta generosidad se ha extendido hasta después de su muerte, poniéndome a cubierto de la indigencia en lo porvenir».

El general no se desentendía de su país. Trataba de leer los periódicos y mantenía una activa correspondencia con amigos.

En 1838, cuando Francia bloqueó el puerto de Buenos Aires, le escribió al gobernador Juan Manuel de Rosas para ofrecer sus servicios. «Ahora los gringos sabrán que los criollos no somos empanadas que se comen así nomás, sin ningún trabajo.» Y dispuso en su testamento que su sable fuera entregado a Don Juan Manuel, por la satisfacción que tuvo «como argentino, por la firmeza con que aquel general sostuvo el honor de la república contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla.» En 1845 vuelve a ponerse a disposición de su patria durante el bloqueo anglo-francés.

El general estaba cansado, enfermo y empezaba a quedarse ciego. Aquel 17 de agosto de 1850 amaneció nublado en Boulogne-sur-Mer. Don José desayunó frugalmente y, como siempre, le pidió a Mercedes que le leyera los diarios. Tras el almuerzo sintió fuertes dolores de estómago. Fue llevado a su cama donde murió cerca de las tres de la tarde.

EL FINAL. Muerte de San Martín, óleo de María Obligado de Soto y Calvo

La construcción de un personaje de bronce le ha hecho daño a la memoria de San Martín y constituye una injusticia histórica. Era un militar severo y un estratega genial que, sin menoscabo de su indiscutida autoridad, trataba de «compañeros del Ejército de los Andes» a sus subordinados y se ocupaba de que todos comieran lo poco que había y se abrigaran con las pocas mantas disponibles antes de hacerlo él mismo. Ese hombre estaba lejos de la imagen mitológica del «caballo blanco» y debió atravesar los Andes en varios tramos transportado en una camilla por sus múltiples dolencias, que iban desde los problemas respiratorios hasta una úlcera perforada. Era un hombre fuertemente comprometido con los problemas de su tiempo. Un hombre que se acerca de esta forma al resto de los mortales e invita a la imitación, a seguir el buen ejemplo.

 

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