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ENTREVISTA A GÜNTER GRASS: «Los que quieran juzgarme, que lo hagan»

Posted by LA ARGENTINIDAD ...AL PALO en septiembre 23, 2006

El escritor alemán, autoproclamado voz moral de Alemania y ganador del Premio Nobel, confesó a medidados de agosto –al mismo tiempo que su autobiografía Pelando la cebolla llegaba a las librerías– que en su juventud había formado parte de las Waffen-SS. ¿Por qué esperó más de sesenta años para revelar que había servido en las tropas de elite nazis entre 1944 y 1945? Desde entonces muchos se preguntan si sus confesiones no son parte de una maniobra publicitaria. Entrevista exclusiva.

os encontramos en un hotel de Dinamarca, el país donde Günter Grass escribió el primer borrador de su autobiografía. El autor ha recibido, desde mediados de agosto, una serie de críticas furibundas por haber revelado por primera vez, en su último libro (Pelando la cebolla), su participación en la división Frundsberg de las Waffen-SS –cuerpo de elite nazi responsable de los crímenes más atroces– a fines de la Segunda Guerra Mundial.

ULRICH WICKERT: ¿Por qué ahora y no antes?
GÜNTER GRASS: Lo había reprimido. En realidad, no puedo explicarle cuáles fueron las razones exactas. Nunca dejó de preocuparme, y creí que lo que estaba haciendo como escritor y ciudadano de este país –actividades que significaban precisamente lo contrario de aquellas ideas que me formaron en mis años de juventud, durante el período nazi– era suficiente. Y no me sentía culpable. Me asignaron a las Waffen-SS pero nunca me involucré en ningún crimen. Además, siempre sentí la necesidad de escribir algún día sobre mis experiencias en un contexto más amplio. Esto ha sido posible sólo en los últimos tiempos, después de superar mi aversión interior a escribir una autobiografía.

W: La presidenta del Consejo Central Judío, Charlotte Knobloch, ha declarado que su confesión invalida todos sus discursos anteriores. Y, por supuesto, también está el asunto del discurso que usted dio en Bitburg, en el que criticó con severidad al entonces canciller Helmut Kohl y al presidente de los Estados Unidos de la época, Ronald Reagan, por haber visitado el cementerio donde también están enterrados miembros de las Waffen-SS.
G: Lo que me indignó de la visita fue la idea de aprovecharse de lo muertos. Parecía propaganda, y eso fue lo que provocó mi crítica. La señora Knobloch tiene todo el derecho de hacer los comentarios que desee. Pero también tengo derecho a explicar las circunstancias que me llevaron a hacer lo que hice. A propósito, espero que la señora Knobloch llegue a leer mi libro, porque, aun cuando esto desempeñó un papel importante durante el período que describo –mis años de juventud–, abordo temas mucho más graves en un contexto totalmente distinto. Uno es el hecho de que, en mi ceguera como miembro de la Jungvolk (Juventud Alemana) y de la Juventud Hitleriana, no les hice las preguntas a los que me rodeaban, a mi familia, por ejemplo… Tenía un tío que era funcionario de la Oficina de Correos polaca en Gdansk. Fue uno de los defensores del servicio postal polaco y fue fusilado por los alemanes bajo las disposiciones de la ley marcial. De pronto dejó de ser miembro de la familia y se nos prohibió jugar con sus hijos. Y yo no hice preguntas. Estos son los temas que de veras me interesaron, mucho más que las cosas en las que me vi inmerso –involuntariamente, por otra parte–. El problema real que esto plantea, y esto es lo que traté de hacer en mi libro, es la idea de recuperar los recuerdos de ese niño cuyo comportamiento se ha vuelto ajeno a mí en muchos sentidos…

W: En el “Discurso del Acostumbramiento” que pronunció en Israel en 1967, usted afirma que nunca ocultó el hecho de que fue miembro de la Juventud Hitleriana cuando tenía catorce años, que se enroló a los dieciséis y que a los diecisiete ya era prisionero de guerra. ¿No podría haber mencionado en ese entonces que fue soldado de las Waffen-SS?
G: Sí. Pero es fácil decirlo ahora. Hablo de ello en mi libro, incluso de mi silencio al respecto. El libro está en circulación, de modo que mis lectores pueden formarse sus propias opiniones. Sólo puedo recomendarles a mis lectores que se remitan a mi libro.

W: Usted afirma que nada podría aliviar la carga de sus recuerdos. Tal vez habría podido aliviarla si los hubiera confesado antes.
G: Sí, y eso es lo que he hecho al escribir este libro. Algunos dirán que es demasiado tarde. No he podido hacerlo hasta ahora. Los que quieran juzgarme que me juzguen. Pero lo que estoy experimentando en estos momentos me convierte, al parecer, en una persona inexistente y pone en tela de juicio todo lo vivido a posteriori, todo lo que ha hecho de mi vida subsiguiente lo que es, una vida también caracterizada por el sentimiento de vergüenza y por un esfuerzo continuo que persiste hasta hoy.

W: Cuando el filósofo Karl Jaspers analizó el tema de la culpa en 1946, llegó a la conclusión de que no existía la culpa colectiva alemana, sino más bien la individual de los responsables. ¿Usted se siente culpable?
G: Si estamos hablando de crímenes comprobables, no ocurrió nada de esa naturaleza. Pero prefiero no considerar esto como un logro. Si hubiera tenido dos o tres años más y me hubiera visto involucrado en crímenes como el fusilamiento de prisioneros, nadie habría podido garantizar nada. En todo caso, no habría podido hacerlo…

W: Usted defendió hace años a la novelista Christa Wolf cuando la acusaron de haber colaborado con la STASI (la policía secreta de Alemania Oriental). Usted defendió al escritor Walter Jens por su participación activa en el partido nazi en el pasado. ¿Pensaba en su propia juventud?
G: Tengo un problema con ese tipo de generalizaciones. Todos nacemos en una época determinada. No me gustaría ver a nadie enfrentado a las circunstancias que predominaban en esos tiempos, cuando había pocas o ninguna alternativa.

W: Usted tuvo una experiencia terrible en 1967, durante la lectura de “Anestesia local”. Un hombre subió al escenario, dijo que quería ser provocador, saludó a sus compañeros de las SS, se tragó una cápsula de cianuro y murió. ¿Qué pensó en ese momento? G: Fue un incidente espantoso. Cuando visité a la familia Scheub unas semanas después y hablé con su viuda y sus hijos, supe más cosas sobre este hombre. Por un lado, todavía estaba atrapado en las ideas nazis que lo formaron. Pero al mismo tiempo, se consideraba un pacifista como resultado de sus experiencias durante la guerra, y ayudó a sus dos hijos mayores, que querían ser objetores de conciencia, a redactar sus declaraciones. Un hombre extraño. Una de las hijas de Scheub acaba de publicar un libro en el que cita los pasajes que escribí sobre el incidente en Diario de un caracol, porque el episodio me afectó profundamente.

W: ¿No habría sido un alivio para usted escribir sobre sus propias experiencias?
G: Es difícil saberlo en retrospectiva. No lo hice, y tendré que aceptarlo… y sin duda voy a seguir escuchando esas acusaciones durante mucho tiempo más. Lo único que puedo decir es que forma parte de este libro. Pasé tres años puliéndolo y he escrito todo lo que tengo que decir sobre el tema.

W: Las palabras “culpa”, “carga” y “miedo” aparecen repetidas veces en su libro, y usted se cuestiona a sí mismo cuando escribe, por ejemplo: “Apenas evoco al niño de trece años que fui entonces, lo reprendo y me siento tentado a juzgarlo, se me escapa. No quiere ser criticado o juzgado. Corre a refugiarse en el regazo de su madre y dice: ‘Yo sólo era un niño, sólo un niño’”. ¿Revela esto la razón de ser de Oskar (en la novela El tambor de hojalata), que dice: “No soy responsable de las cosas que hice cuando era niño”?
G: Sin duda, es parte de ello, pero también es cierto que debo moderarme y ponerme algunos límites. Me veo a mí mismo juzgando al niño de trece años que fui, que por supuesto insiste con toda razón en que sólo es un niño. Y en cuanto a mi ingreso en las Waffen-SS, bueno, me reclutaron y no fui exactamente un voluntario, lo que era igual de estúpido. Quería estar en los submarinos y terminé en las Waffen-SS.

W: ¿Por qué se ofreció como voluntario? ¿Quería ser un héroe?
G: Es posible, pero también tuvo que ver con la falta de espacio en el departamento de mis padres. Lo mismo les pasó a muchos que se criaron en viviendas parecidas en ese tiempo, y así, ir al frente y convertirse en soldado era una suerte de liberación.

 

Günter Grass confesó que en su juventud perteneció a las SS Nazis, en el momento que salió su biografa. Se lo acusó también de oportunista.

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