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Reportaje a Oscar Martínez, Las que ellas quieren

Posted by LA ARGENTINIDAD ...AL PALO en octubre 1, 2006

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Oscar Martínez, actor consagrado y dramaturgo experto en mujeres; debutó como director y autor teatral el año último, con Ella en mi cabeza, y este año reincidió con Días contados .

 A la salida del ascensor, junto a la puerta de su departamento, hay un atril con un libro que homenajea a Charles Chaplin. En el living, detrás del escritorio, un cuadro con el afiche de Y la nave va…, de Federico Fellini. Durante la conversación, se confiesa admirador de Ingmar Bergman, Woody Allen, Pedro Almodóvar: “Ellos supieron retratar el alma femenina”, dice. Oscar Martínez es un cinéfilo, está claro. Tal vez por eso, después de haber visto las dos obras de teatro que ha escrito y que dirige –Días contados y Ella en mi cabeza– surge la tentación de definir a Oscar Martínez con el título de un film de François Truffaut: El hombre que amaba a las mujeres.

En Días contados, Ana Casal (Cecilia Roth) evoca el conflictivo vínculo que mantuvo con su madre. Ella en mi cabeza aborda el desvelo de un hombre (Julio Chávez) que pelea contra la imagen que él mismo se ha construido de su esposa.

De las dos piezas se desprende una evidencia: además de amarlas, el autor conoce bien a las mujeres.

–¿Cómo logró situarse en el universo femenino para escribir Días contados?

–Estoy muy imbuido del mundo de la mujer. Ante todo, porque las mujeres siempre me han subyugado. Pero, además, porque tengo cuatro hijas y porque, probablemente, mi parte femenina esté muy expandida. Yo no soy una mujer ni lo quiero ser, de modo que la obra no es autobiográfica. Pero no me resulta difícil ponerme en la mente y en la problemática de Ana, porque en ella hay rasgos de mujeres a las que conozco o he tenido cerca. Y, finalmente, todos salimos de un útero y hemos sido criados por mujeres.

–¿Qué rasgos de Ana lo enternecen?

–Ana es un prototipo de mujer muy masculina, muy instalada en su personalidad. Ella disputa todo el tiempo por tener razón, y creo que ése es un rasgo propio de los varones. Pero lo que me enternece de ella son las consecuencias que paga por ser como es. Detrás de esa personalidad un tanto inaccesible, rígida y arrolladora, esconde un gran dolor, un desencuentro profundo que probablemente haya comenzado con su madre y que después se extendió a su relación con el mundo.

–El vínculo de Ana y su madre resulta muy verosímil…

–Muchas mujeres, de diferentes edades, después de la función se acercan y me dicen: “Era mi mamá, es mi mamá, era mi vieja, soy yo”. Supongo que eso tiene que ver con la observación: tengo una hermana y cuatro hijas. La relación madre-hija me atrae mucho: es un vínculo enigmático y potentísimo que, además, suele ser conflictivo.

–¿Cómo ve el vínculo madre-hijo?

–La mayor parte de las mujeres que se quejan del machismo de sus maridos son las mismas que crían a sus hijos con la idea de que en el futuro sean atendidos por una mujer que les planche bien las camisas y que se comporte como una sierva eficaz y dócil. Generalmente, lo que las madres consideran un buen partido para su hijo es una mujer dócil y sometida a los mandatos del hombre.

–¿Su mamá lo educó para que le plancharan la camisa?

–Sí, por supuesto. Recuerdo que yo me enojaba con mi madre, porque ya era un muchacho de 18 años y ella seguía levantándose a las seis de la mañana para prepararnos la ropa y el desayuno a mi hermano mayor y a mí. ¡Mi madre lustraba nuestros zapatos cada día! Yo no podía aceptarlo. “Por favor, no hagas más esto”, le reclamaba. Pero para ella era incomprensible que su actitud me enojara.

–¿Y usted no podía interpretar la actitud de ella como un gesto de amor?

–Sí, pero me parecía excesivo. Además, no es que lo hiciera una vez por semana… Todos los días: ella lustraba los zapatos de sus hijos todos los días… Y, además, se ocupaba de cambiar y perfumar nuestros pañuelos, que eran de tela. Y claro, ¿con qué sueña una madre así? En su inconsciente, piensa: nadie lo va a atender como yo… Eso es algo que a los varones nos van inoculando desde que nacemos: tu esposa será buena si funciona como una madre que me sustituya a mí. Después, los hombres salen a buscar eso y así nos va, tanto a los hombres como a las mujeres.

–¿Cree que todavía los hombres salen a buscar “eso”?

–En parte sí. El cambio que se está produciendo es muy, muy gradual. Pero considero que las madres de los varones son responsables de la clase de hombres que terminan siendo en la adultez, es decir, hombres que piensan que como la mamá no cocina nadie, que nunca nadie los cuidará como ella. Y el error está en no darse cuenta de que cuando uno es adulto se tiene que cuidar solo. En todo caso, uno busca una compañera para asistir y ser asistido, para dar y para recibir, para que los roles no estén congelados. Comprendo a las mujeres cuando demandan que los hombres no se relacionen con ellas como niños a los que deben cuidar. Para que el cambio ocurra, las madres y los padres tienen que modificar el modo en que educan a sus hijos y a sus hijas. Yo nunca crié a mis hijas para que un hombre las mantuviera. Recuerdo haber hablado con ellas de estas cosas desde que eran chicas. Yo quiero que sean libres, que puedan elegir con autonomía y que no estén al lado de alguien porque es el amo que las mantiene. Yo no las eduqué para que terminen consiguiendo un buen partido, sino para que puedan desarrollarse en libertad y ser felices. Las eduqué para que sean personas autónomas.

–¿Lo logró?

–Yo creo que sí, y eso no implica que ellas dejen de ser mujeres ni que yo sea un militante feminista.

–Ni que esa actitud le haya evitado los conflictos propios de la relación padre-hija, supongo.

–Seguro; los conflictos son inherentes a todas las relaciones humanas. Para crecer es necesario el desprendimiento y, a veces, incluso el enfrentamiento.

–El reclamo de una nueva masculinidad, ¿es un invento del marketing o una necesidad real de la relación entre hombres y mujeres?

–Ambos elementos están en una enorme coctelera. Creo que el marketing utiliza el tema; eso es cierto. Pero el surgimiento de esta demanda es legítimo.

–¿Cuál es el gran desencuentro entre los hombres y las mujeres?

–No creo estar facultado para hablar de este tema: yo escribo obras de teatro y no ensayos.

–Pero en Ella en mi cabeza pinta muy bien el diálogo de sordos entre lo que el marido espera de su esposa y ella de él…

–Ocurre que la pareja es el ámbito de mayor subjetividad que existe; el otro es una construcción de uno mismo. Y eso es lo que intenté reflejar en la obra.

–El fastidio del personaje que interpreta Julio Chávez con la esposa que él tiene en su cabeza, ¿es fruto de su imaginación o de desencuentros que conoce por experiencia?

–La imaginación no es abstracta. Lo que hace la imaginación es organizar la información que uno tiene, sea por propios pensamientos, por observación de la vida, por la experiencia personal. En ese personaje hay experiencias personales y reflexión acerca del universo de la pareja,

–En ambas obras, la actitud del autor es la de no juzgar las conductas ajenas. ¿Así de tolerante es usted en la vida?

–No, ojalá fuera así. Eso viene de un criterio teatral: como actor sé que no puedo encarnar un personaje si al mismo tiempo lo juzgo, y como autor, más todavía. En lo personal, es algo que laboriosamente estoy tratando de aprender.

–En Días contados, Ana y su madre sólo se ponen a saldar las cuentas cuando aparece la posibilidad de la muerte. Es triste que debamos llegar al límite último para reaccionar…

–Y en el mejor de los casos, reaccionamos. A veces ni siquiera frente a la posibilidad de la muerte somos capaces de reaccionar. En ese sentido, Ana cita a Milan Kundera: “Atravesamos el presente con los ojos vendados”. Y enseguida agrega: “Es una frase que me encanta, pero que no me evita llevarme las cosas por delante”. Yo creo que la reflexión es siempre posterior a la experiencia. El aprendizaje se nutre de la experiencia y de la lectura que seamos capaces de hacer después.

–Cuando Ana necesita de la ayuda de su ex marido, él está ahí. ¿Cree que hay amores que aún después de una ruptura siguen siendo incondicionales?

–En las relaciones importantes, el otro siempre deja marcas de su paso por la vida de uno. Eso nos sigue acompañando siempre, y es bueno que así sea. En el caso de Ana y Agustín, el afecto perdura porque han estado juntos durante muchos años, son personas que están finalizando su juventud, y tienen una hija. La relación entre un hombre y una mujer se puede terminar, e incluso puede terminar mal, pero el hecho de tener una hija en común hace que siempre haya que hablar, establecer acuerdos o expresar desacuerdos, y encontrar algún modo de continuar… Además, Ana y Agustín se separaron después de los 40 años: han vivido juntos un tramo fundacional de sus vidas y ninguno de los dos tiene todavía hijos con otra persona.

–Bueno, y a diferencia de Agustín, ella ya no podrá tenerlos…

–¡Qué femenino es ese comentario!

–Es que en ese aspecto los varones son privilegiados: ustedes no corren contra el reloj biológico para poder procrear.

–A mí no me parece que seamos privilegiados, porque creo que no hay modo de compensar la maravilla biológica de que ustedes puedan engendrar vida en su propio cuerpo. En eso, la cosa está repartida…. Más aún: me parece que los que envidiamos somos nosotros, porque cuando una mujer engendra vemos en ella a una especie de semidiosa. Eso es algo que el varón observa como el fenómeno más misterioso y maravilloso de la existencia sobre la Tierra. El hecho de que el hombre pueda seguir procreando hasta edades muy avanzadas, como ventaja es muy relativa. ¿De qué te sirve tener la posibilidad de engendrar un hijo a los 70 años si después no vas a poder ser el padre de ese hijo?

–Tal vez le sirva a su narcisismo para seguir sintiéndose joven…

–No, eso no te devuelve juventud. La juventud se va y no vuelve con nada. Yo no me sentiría más joven si tuviera un hijo dentro de diez años.

–¿Sus hijas ya tienen hijos?

–Mi segunda hija, que tiene 28 años, tuvo una bebita, Violeta, hace cuatro meses.

–¿Se emocionó tanto como cuando parieron sus esposas?

–Es profundamente emocionante. Pero, para ser honesto, debo decir que me pegó en un lugar del narcisismo que hace que todavía esté tratando de acostumbrarme a que tengo una nieta. Soy un abuelo joven, pero soy un abuelo. Y, además, tengo 56 años; tampoco tengo veinte, me digo.

–”No saber amar no significa que no se ame”, escribió usted para la presentación de Días contados. ¿Qué es amar mal?

–Esa es una frase que escuché hace mucho y que me pegó hasta el punto de recordarla durante años. Tendemos a creer que el amor nos vuelve sabios, infalibles y capaces de hacer y ser siempre lo mejor para el otro. Pero no necesariamente es así. Muchas veces, el amor nos vuelve necios y posesivos: entonces somos perjudiciales para las personas a las que amamos. Eso pasa en todos los vínculos, no sólo en la pareja. También con un hijo hay que tener la grandeza del desprendimiento, de dejarlo ser lo que vino a ser y no lo que uno quiere que sea; de aceptarlo como él es.

–Michelle Bachelet, Angela Merkl, Condoleezza Rice, Felisa Miceli, Nilda Garré: cada vez hay más mujeres que ejercen el poder político. ¿Esto torna obsoletas las reivindicaciones del feminismo?

–Me parece que ésos son ejemplos de un cambio favorable. De a poco, la mujer ha ido ocupando lugares que antes tenía vedados. Pero también es cierto que muchas de ellas se parecen a los hombres que hacen la política. El ejemplo paradigmático es Margaret Thatcher. No sé si la lucha de la mujer debe darse necesariamente allí, pero es bueno que haya mujeres en altos cargos de poder político. Sin embargo, creo que esto no anula la necesidad de continuar con ciertas reivindicaciones que me parecen genuinas y legítimas.

–¿Por ejemplo?

–Las condiciones de trabajo, el hecho de que la mujer todavía no gane lo mismo que el hombre cuando ocupa el mismo puesto. Eso es inadmisible.

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