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Cine canadiense con Guy Maddin

Posted by LA ARGENTINIDAD ...AL PALO en octubre 5, 2006

Hoy se estrenará esta película de ficción, en blanco y negro, con fragmentos de viejos y nuevos materiales

 El cine del canadiense Guy Maddin sigue siendo una rareza, para los argentinos y para buena parte de los cinéfilos del mundo. No sólo porque las películas de este realizador independiente han llegado con cuentagotas a través de muestras en la Sala Lugones o del Bafici, sino también por la originalidad de su cine casi artesanal en tiempos de remakes antirriesgos o de espectaculares efectos especiales. El singular y vanguardista Guy Maddin encara estilizadas fábulas del siglo XIX y XX apropiándose de las tecnologías del XXI y trabajando así de la mano del artificio y la puesta en escena, una estética y un tipo de ironía que no tienen parangón.

Ya lo ha hecho magistralmente con el film mudo Drácula: Pages from a Virgin s Diary , una versión coreográfica muy personal y a su vez fiel de la novela de Bram Stocker. Recientemente, su película muda Brand Upon the Brain!, que recoge aún más todas sus obsesiones y martirios, se mostró en el Festival de Toronto, musicalizada en vivo. Y mañana llegará a los cines con La canción más triste del mundo , un film de ficción en blanco y negro con un tratamiento visual y sonoro tipo «patchwork», hecho de a retazos de viejos y nuevos materiales fílmicos, que transcurre en la era de la Depresión. La protagonista es Isabella Rossellini, en el papel de una baronesa de la cerveza, sin piernas, capaz de lanzar en Winnipeg un campeonato en donde todos los tristes del mundo compitan con su canción.

Este excéntrico del cine nacido en Winnipeg está considerado «el David Lynch» de Canadá. El dice que le queda grande esa comparación, y que sus películas no se parecen aunque hayan interesado a los mismos distribuidores. Pero también admite que cuando vio Eraserhead sintió que era, sencillamente, su biografía, que Lynch se había metido en su cabeza y había sacado material para llevar a la pantalla. Maddin pronto se obsesionó por los clásicos y las técnicas del cine mudo, y así, con los claroscuros, el silencio y la música llegaron sus «grandes temas»: la miseria en todos sus posibles rangos, las tristezas y los tabúes sexuales. Maddin es un hombre que dice sufrir problemas neurológicos («es como sentir constantemente cinco dedos tocando tu cabeza o tus genitales»), y es capaz de decir con todo su cinismo «tengo tristeza de reserva» o que no necesita que le pase nada más en la vida, después de la muerte de su padre en su infancia y del suicidio de su hermano.

Como Maddin considera que los canadienses son los peores «automitologistas» del mundo, ya que no tienen héroes nacionales ni de fantasía, eligió a su ciudad natal, Winnipeg, como epicentro de La canción más triste del mundo , una ciudad con problemas de identidad a la que le dará en el film el viejo tratamiento de los años dorados de Hollywood. «Es típicamente canadiense. Muchos de nosotros no sólo queremos ser americanos sino que emigramos y nos transformamos completamente en americanos». Pero Maddin no es complaciente con ninguno. En esta farsa que transcurre en los años 30, el tema favorito de Maddin, la tristeza, sirve para mostrar con humor cómo los Estados Unidos lidiaron con ella a través del escapismo hollywoodense. «Poca gente tiene el nervio para ser realmente cruel con sus personajes, ser capaz de darles lo que se merecen y lo que la audiencia secretamente quiere, aún cuando no se dé cuenta», dijo Maddin.

La competencia

En la película, la despótica y también triste (ya se verá por qué) Lady Port-Huntley (Rossellini) enfrenta en el concurso a dos hermanos canadienses expatriados: un productor de Nueva York (Mark McKinney) y un cellista de Serbia (Ross Mc Millan) por el premio de los 25.000 dólares, quienes también compiten por el amor de Nacissa (María de Medeiros), que sufre de amnesia, pero que lleva su pena como una cortina musical. Hay además un hombre culposo, el padre de ambos, que también lucha por el amor de Lady Port-Huntley, y es capaz de crearle a esa mujer unas piernas de cerveza (sí, increíbles) para que finalmente no sea su propia tristeza la que triunfe.

Maddin premia a los tristes del mundo de su película con un chapuzón gigantesco en un tanque de cerveza. Y a sus cinéfilos, con una invitación canilla libre de sus ocurrencias, un cine que no quita la sed y que no se parece a ningún otro.

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