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EL CONFESIONARIO: ALEJANDRO AWADA

Posted by LA ARGENTINIDAD ...AL PALO en octubre 7, 2006

«Yo jugaba mucho en soledad»


El fútbol, la fantasía y los sueños que no pudieron ser matizaron la infancia del hombre que un día quiso recuperar, en parte, el espíritu lúdico de su niñez. Y comenzó a moldear al versátil actor que es hoy.

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Sostiene que con la camiseta no se juega, pero con los sueños tampoco. Sabe que la lealtad no se mancha porque el fanatismo haya hecho migas con la razón en sus tiempos de purrete. En tiempos en los que se ufanaba —como ahora— de ser hincha de Boca, pero se desvivía por la magia del capitán Beto. Confiesa que verlo jugar a Norberto Alonso, ídolo histórico de River, le encendía la ilusión. Y tanto, que cuando iba al potrero intentaba torcer su destino para que su zurda gambeteara como la del 10. Era un niño derecho, en los dos sentidos, Alejandro Awada.

Actor consagrado, de máscara elástica y risa franca, el futbolista que siempre quiso ser lo distrajo, tal vez, de la ruta que finalmente la vida le tenía preparado al costado del camino por el que él un día comenzó a andar, con el espíritu lúdico primero, con el mandato familiar después, con un fugaz paso por la facultad de Ciencias Económicas, con horas milla invertidas en la empresa textil de sus padres, sin definición en la vocación: «Pero el día, ya con más de 20 años, en que me subí a un escenario y descubrí que ahí arriba podía jugar ‘aquel juego’, dije de acá no me bajo nunca más«.

El «aquel juego» de Awada lo encontraba solo, en el parque de su barrio, en Villa Ballester, con la imaginación afilada como única compañía. «Me inventaba un mundo y ése era mi mejor plan. Me armaba historias románticas, o fantásticas, en las que yo, por ejemplo, era un tipo de caballo y espada que iba a rescatar a la mujer bonita… que probablemente fuera la nena que más me gustaba del colegio. Yo jugaba mucho en soledad y era fascinante», recuerda ahora, envidiable memoria mediante, en una noche que tarda en entrar, aunque el reloj marque casi las ocho. La función de Días contados —en el Complejo La plaza— lo espera y él apuesta al tiempo detenido para volver, al menos desde el decir, a los años en los que «soñaba con brillar en el fútbol. Jugaba de 7 o de 11».

Eran tiempos en los que había wines…

Claro, los que jugaban pegados a la raya, abriendo la cancha para que la pelota circulara y el fútbol se luciera. Como lo lucía el Beto, un tipo brillante con los pies y la cabeza. Mirá, cuando yo tenía 13 años, armábamos un dos contra dos, poníamos dos pulóveres a un metro de distancia para los arcos y yo le decía a mi amigo antes de empezar: «Hoy vas a ver jugar a Alonso». Me creía que era él.

Y terminaba el partido y el Beto no aparecía, ¿no?

No, no había con qué. Pero había sido lindo creerlo. Convengamos que siempre tuve una imaginación importante.

Quizás se acurruque en esa frase el disparador que lo llevó a tomar clases con Julio Ordano. Recuerda que un día el maestro le dijo «no hagas que barrés. Barré». Su medio tono, su humildad en el modo y su rigurosa autoexigencia lo llevan a decir que «cada tanto sigo haciendo que». No busca el piropo. Pero le cabe. Sus más de 20 años de carrera, transitados entre el cine, el teatro y la TV dan cuenta de que sabe llevar la escoba. En las tablas y en la vida. Y, además, no es de los que esconden lo que barre.

A los 44 años, el inolvidable «loco lindo» de Verdad consecuencia le susurra al grabador, como quien sabe confiar un secreto: «Como dice Woody Allen, yo también siempre quise ser otro. Pero ahora estoy empezando a llevarme mejor, a aceptarme. Por primera vez en mucho tiempo, siento que me relajé». Atrás quedó el secuestro de su padre (en el 2001), entre otros malos momentos que articularon, en un sentido, su crecimiento. Hijo de Pomi y Abraham, comparte que una mañana de esta semana se descubrió despertando a su hija Naiara, de 13 años, «de una manera muy dulce. Con besos suavecitos. Y no sólo fue un momento maravilloso, sino que luego, como al pasar, ella me dijo papi, hacía un montón que no me despertaba así. Y eso no tiene precio para mí. El afecto es el que me sostiene a diario».

El Alfredo de Sos mi vida asegura que entre su infancia y la de Naiara hay una diferencia categórica: «La mía también fue muy feliz, pero demasiado sujeta a la opinión de los mayores. Tenía que ser buen alumno, limpito, correcto, responsable… Y a mí me encantaba ser travieso. Pero eso ayudó a ser el que soy ahora».

Admirador de Carlitos Chaplin y de Buster Keaton, confiesa que no lo vive como una frustración «pero hubiera sido lindo ser un gran comediante». Se sabe, hay quien hace gracias. Y hay quien sabe darlas.

2 respuestas hasta “EL CONFESIONARIO: ALEJANDRO AWADA”

  1. Andrea said

    Estoy enamorada de Awada hace años. Aprovecho para decirlo acá, ya que andá a saber quién lo leerá.
    Cuando hace seis años nació mi nena y yo la paseaba en cochecito por las veredas de La Imprenta, lo veía a él desayunando y me daban ganas de decirle: «me enamoré de vos, el papá de mi hija no existe más en mi corazón, venite que te hacemos un lugarcito!»
    Claro, no sé si el amor es hacia él o hacia los personajes que le ví construir… ¡qué dilema!
    saludos Andrea

    ADMINISTRADOR: No te hagas problema nadie nos lee 🙂

  2. stellla said

    Yo soy fan de Sos Mi Vida y me encantaba su papel en esa telecomedia, era muy tierno!

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