LA ARGENTINIDAD….. AL PALO

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Imágenes de lo bello, extractos

Posted by LA ARGENTINIDAD ...AL PALO en octubre 8, 2006

Antonia Robirosa (fotos) y María Martha Estrada (selección de textos) son las autoras del libro Mujeres imaginadas en Buenos Aires (Papers Editores), en el que a través de una lente se recrean personajes nacidos de la pluma de un puñado de escritores célebres. Aquí, algunos pasajes

Federico Peltzer

Sobre el relato A mí nunca me dejaban hablar

«(…) Le resultaba imposible reflexionar sobre su privilegio, porque no estaba al margen. Vivía con aquel hombre, novelista, dramaturgo; es decir, titiritero de criaturas de ficción. Nacían de su pluma y ella las conocía. Al principio les imaginaba una cara, especialmente a las mujeres. De ahí nacían los celos. Por lo demás, él era un hombre de escritorio y biblioteca, y jamás iba a lugares donde ella no pudiera acompañarlo. Con el tiempo dejó de ver las caras de sus personajes, aunque no de oírles la voz. Palabras (las de él), pero dichas con un énfasis (el que añadía ella); palabras insinuantes, comprometedoras y atractivas. …..

Manuel Mujica Lainez

«Mercedes Guevara se sentó en un banco de hierro frente al río. La hizo estremecerse la frescura de fines de abril. Friolenta, se arrebujó en el cuello de zorros azules y su rostro desapareció entre las pieles y el ala ancha del sombrero. Sobre la falda, sus manos se crisparon en la gran manta de skunks. Creía haber oído pasos en el jardín. El corazón le latió violentamente y, al alzar la cabeza, su cara, en la que la telaraña sutil de la cincuentena se posaba ya, surgió a la luz del atardecer. También atardecía en esa cara que había sido muy hermosa. Chispearon sus impertinentes en la extremidad del hilo de brillantes. No. No había nadie. No había nadie aún. ….

Isidoro Blaisten

Sobre el relato Casos extremos

«Nosotros, los domingos, nos reunimos en el patio de tierra en el fondo de mi primo el Chochi, debajo de la parra. Todos los domingos hacemos el asado. Después les voy a contar cómo son los asados. Sepan por ahora que mis tres primos son unos animales y siempre me tapan con la voz. Mis tres primos hablan a los gritos y de coches. Mis tres primos se denominan: el Chochi, como ya dije; el Beto y, por fin, Tito el millonario. Después voy a explicar bien por qué Tito el millonario es millonario. Por ahora voy a decir que ni bien yo quiero decir algo desde mi taburete, mis tres primos, como a propósito, gritan más todavía. Dije ya que son bestias sin educación y respeto. ….


Macedonio Fernández

«(…) Una tarde del último noviembre, cuando nuestro Palacio Judicial –de la Justicia le llaman algunos que sabrán por qué lo dicen, pues no parece que la humanidad se preocupó nunca de poner en palacio a la Justicia– hervía de candorosos afanes hube de recorrerlo acompañando sin asunto propio, sólo para terminar una conversación, a un amigo abogado, hasta la oficina bancaria.

«Cuando mi amigo me representaba el acto final y su labio sonriera mientras en evocación oía el próximo ¡23104 Diéguez Hnos.! cruzó la puerta internándose, casi rozándome, una joven alta, gallarda, cabello negro, traje café, me parece, acompañada de un caballero alto, rubio creo, traje claro. Caminaban vivamente, dirigiéndose a los pupitres pegados a la pared donde hay dispuestos útiles para escribir y formularios; allí se detuvieron y púsose él a anotar alguna cosa.

«Al instante llamó ella mi atención. Estudio mucho a la mujer desde años atrás y cada día desespero más de sentir alguna vez como ella siente, de sentir siquiera por un instante alguna de esas emociones de gracia con respecto a sí mismas o al vivir de otros o de desesperación absoluta, que el hombre no conoce. ¿Cómo será ser mujer? …

Eduardo Mallea

«Solves se fue por la noche sin decir nada. Era su modo: no decir nada.

«Cristiana Ruiz, al alba, se levantó. Vio la cama vacía en el cuarto de Solves; su corazón se contrajo. Esta desaparición, ¿durante cuánto tiempo la había esperado? Impuso a sus nervios un frío retenimiento, fue al office, preparó su desayuno; luego abrió a la luz matinal un poco brumosa todas las muselinas en las ventanas abiertas hacia la calle. Era una mujer alta y aristocrática: su rostro no se parecía a ningún otro por la voluntad dominante que sus rasgos marcaban; el sol del verano ardiente había quemado esa tez bella, cobriza, tersa.

«Invadió el departamento la luz gris de la húmeda mañana de octubre. Cerca, en la estación, gritaban los vendedores de reseda; el ruido de los vehículos era mate en el asfalto reluciente bajo el agua. Cristiana Ruiz reflexionó, ante el ventanal de batientes cerrados; luego abrió uno de los vidrios y siguió de pie, alta, atenta a su propio preocupado pensamiento, mirando, abajo, la extensa perspectiva empapada de vapor de agua: espectros, los árboles de la plaza de Retiro; espectros, las altas construcciones modernas; espectros, el edificio vasto y acostado de la estación, con su cúpula arqueada como el lomo de un gigantesco animal. Cristiana Ruiz miró todo eso: respiró el aire fresco y húmedo; su ceño estaba contraído. Mujer joven, llena de templado, firme carácter.  …

 

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