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Borges y Bioy, íntimos y letales

Posted by LA ARGENTINIDAD ...AL PALO en octubre 16, 2006

El sarcasmo y la ironía predominan en los cuadernos que Adolfo Bioy Casares dedicó a su relación con el autor de “El aleph”. Una tarde de 1931, uno de los escritores jóvenes de mayor renombre en la Argentina conoció a un muchacho envenenado de literatura. Hablaron de libros y se volvieron inseparables. El joven, de 32 años, se llamaba Jorge Luis Borges. El muchacho, de 17, Adolfo Bioy Casares. No había pasado un lustro cuando concibieron su primera obra a cuatro manos, un extravagante folleto comercial sobre las virtudes de «un alimento más o menos búlgaro»: la cuajada. Lejos de toda frivolidad, aquel legendario cuadernillo tuvo para Bioy un carácter iniciático: «Después de su redacción yo era otro escritor. Toda colaboración con Borges equivalía a años de trabajo».

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Aquella primera tentativa de literatura láctea desembocó en el nacimiento de Bustos Domecq, el nombre con el que los dos amigos firmaron varias colecciones de cuentos policiales en los que, según Borges, él ponía los argumentos y Bioy, «las frases».

Lo mismo cabría decir de las notas que el propio Bioy Casares dedicó en sus diarios al autor de El aleph. En efecto, aquél puso los argumentos y éste, las palabras a lo largo de centenares de encuentros consignados la mayoría de las veces con el mismo encabezamiento: «Come en casa Borges».

De las 20 mil páginas de cuadernos íntimos que Bioy escribió a lo largo de su vida, su relación con Borges ocupa 1.700. Son las que antes de morir, en 1999, preparó para su publicación con la ayuda de Daniel Martino, su albacea. El resultado es un vibrante adoquín lleno de nombres que, con el escueto título de Borges, la editorial Destino acaba de publicar.

Aunque el libro se extiende entre 1931 y 1989, la verdad es que Bioy resume los 15 primeros años en una decena de páginas. Eso sí, brillantes. Son los tiempos del primer encuentro, de la cuajada, la fundación de revistas y editoriales efímeras y de la boda, en 1940, entre Adolfo Bioy Casares y la también escritora Silvina Ocampo. El padrino fue, por supuesto, Borges. Como era de esperar, los diarios borgeanos de Bioy están llenos de literatura.

Cena tras cena, los dos escritores van alimentando lo que en una entrevista el propio Borges admitió como una profunda amistad «sin intimidad» cuya piedra angular eran los libros. Así, si Georgie se consideraba irónicamente «un viejo discípulo» de Adolfito, éste reconoce nada más abrir sus anotaciones que su amigo le hizo comprender la inutilidad de la libertad total, «la libertad idiota» que había defendido literariamente hasta entonces.

Queridos y no tanto. Por supuesto, donde hay literatura hay literatos. Así, por aquella mesa pasó también la admiración por los clásicos «queribles» –Stevenson, Kafka, Cervantes, Montaigne– y el desdén por contemporáneos como Ortega, Baroja, Juan Ramón Jiménez –los suecos del Nobel «son mejores para inventar la dinamita que para dar premios»–, Alberti –Marinero en tierra «es una porquería»–, Sábato –»su conversación es anecdótica, sin pensamiento»– o Augusto Roa Bastos –»un subalterno»–.

Con todo, en casi dos mil páginas cabe mucha literatura pero también mucha vida. Caben los temores de Borges a no ser reconocido por los porteros de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires cuando fue nombrado director en 1955 y caben los crecientes problemas de retina que terminarían en ceguera. Y cabe, con cuentagotas, la política, más la internacional que la doméstica pese al peronismo y al golpe militar de 1976. Así, durante la guerra de los Seis Días, el autor de El libro de arena arremete contra los que defienden la causa árabe frente a Israel: «Los fascina la bajeza (…) Si hubiera una guerra entre suizos y lapones todos serían partidarios de los lapones (…) Los árabes de hoy no son los que levantaron la Alhambra», decía Borges.

Reconocido seductor, Bioy relata menos sus propias aventuras que las tormentosas relaciones de su amigo, quien en 1967 se casa con Elsa Astete. «Pongo mi destino en manos de una desconocida», recuerda que dijo Borges. Una desconocida a la que Bioy encuentra ignorante pero respetuosa, «en actitud de sierva enamorada».

Cuando llega el turno de María Kodama –con la que Borges, divorciado de Astete, se casó en Ginebra poco antes de morir en 1986–, el tono de las anotaciones no ahorra acritud. Al principio Bioy evita azuzar las inquinas desatadas contra Kodama, a la que algunos consideraban responsable de que el escritor muriera lejos de sus amigos argentinos: «Borges me dijo que para morir da lo mismo un sitio que otro. Y qué lujo: tener un amor, y aun mal de amores a los ochenta y tantos». Pasado el tiempo, cambian las formas: «María es una mujer de idiosincrasia extraña; acusaba a Borges por cualquier motivo; lo castigaba con silencios –recuérdese que estaba ciego–; lo celaba –se ponía furiosa ante la devoción de los admiradores–. Junto a ella vivía temiendo enojarla».

El diario se cierra con un último recuerdo. Antes de morir, alguien grabó a Borges cantando tangos. Y Bioy apunta: «Dicen que en esa grabación Borges ríe con la risa de siempre».

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