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Ana Mariani :“Los derechos de la mujer son derechos humanos”

Posted by LA ARGENTINIDAD ...AL PALO en octubre 30, 2006

La intelectual estadounidense llegó a Córdoba para participar en las Octavas Jornadas Nacionales de Historia de las Mujeres y el Tercer Congreso Iberoamericano de Estudios de Género que finalizaron ayer en Villa Giardino. Dictará un seminario y la Universidad Nacional de Córdoba la distinguirá con el Doctor Honoris Causa.

Ana Mariani Una de las características de las investigaciones de Nancy Fraser es la variedad de temas que viene trabajando desde hace mucho tiempo y una de sus preocupaciones fundamentales es el proyecto de una teoría feminista-socialista.

Considera que “si bien durante muchos años las feministas tuvieron en los Estados Unidos el referente más avanzado de la teoría y la práctica, en la actualidad, el feminismo estadounidense se encuentra en un impasse, bloqueado por el clima político hostil, posterior al 11-S”. Y agrega: “Ante la duda de cómo plantear la justicia de género en las condiciones actuales, les estamos devolviendo el favor al buscar inspiración y guía en las feministas de otras partes. Hoy, en consecuencia, la punta de lanza de las luchas de género se ha trasladado desde Estados Unidos a espacios transnacionales, como Europa, donde las posibilidades de operatividad son mayores. El resultado es un gran desplazamiento en la geografía de las acciones feministas”.

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Derechos humanos y opinión pública. En una tranquila posada de La Cumbre, en las sierras de Córdoba, la catedrática nos esperaba para la entrevista. No habla castellano, pero contamos con la colaboración de Natalia Martínez, una conocedora de la teoría de Fraser.

Ante la primera pregunta sobre los derechos humanos a nivel internacional y el papel de la opinión pública, la filósofa piensa un momento y responde:

–En algunas instancias, se puede llegar a realizar la defensa de los derechos humanos a nivel internacional. En realidad, hoy la sociedad no tiene instituciones fuertes, con garra, que puedan tener peso en esa defensa, entonces se depende de la opinión pública. Y ésta puede llegar a ser muy fuerte. Cuando se logra y se obtiene visibilidad se gana un espacio muy importante para la defensa de los derechos humanos.

–¿Podría darnos un ejemplo?

–Podemos tomar el caso de Augusto Pinochet en Londres. Esto sucedió porque había víctimas españolas. La defensa de estas personas españolas influenció, incluso, en la opinión pública británica, que apoyó mucho esta causa. Hay que pensar que este fue un tema que en su momento fracturó a la sociedad chilena. Hubo insatisfacción. De hecho, la importancia de la opinión pública británica terminó produciendo un cambio en la opinión pública chilena y les brindó respaldo a todas las organizaciones que estaban a favor del procesamiento de Pinochet. Es un caso paradigmático, muy rico para ver cómo funciona la opinión pública, que tendría que ser transnacional, globalizada, pero siempre tiene un punto de apoyo en lo local. En este caso, tuvo que haber víctimas españolas para que el hecho sucediera.

–¿Los derechos reproductivos de la mujer son derechos humanos?

–En realidad, yo considero que los derechos de la mujer son derechos humanos. A nivel global, hubo una campaña muy importante y justamente con el lema: “Los derechos sexuales son derechos humanos”. Esta campaña posibilitó realizar un debate de las mujeres respecto de los derechos humanos, algo que parecía estar prohibido hasta hace poco tiempo. Sucede que las violaciones a estos derechos han estado concebidas como violaciones del Estado y no como violaciones a los derechos humanos de las personas, individuales, en los espacios privados. Se supone que la lógica de los derechos humanos debería ser global, pero sin embargo quienes han venido interpretando los derechos humanos han sido gente poderosa que ha tenido la capacidad de definirlos e interpretarlos de una manera restrictiva.

–En su teoría, las demandas de reconocimiento y de redistribución ocupan un lugar central. ¿Podría explicar en qué consisten?

–Hace más o menos 10 años, me preocupaba que los tópicos sobre la igualdad y la democracia se fueran debilitando, y, en cambio, tomaban fuerza las demandas de reconocimiento, que venían de la mano de las feministas, pero en detrimento de las demandas de distribución. Siempre pensé que todas estas demandas en busca del reconocimiento serían mucho más sólidas si se acompañaban de una lucha por la redistribución. Si las demandas de reconocimiento reemplazan a las demandas de redistribución equitativa o igualitaria sería una gran pérdida. No puede haber una concepción de justicia que no tenga en cuenta la redistribución tanto como el reconocimiento. Yo he tratado de argumentar, por un lado, con el sector marxista socialista, que tiene una demanda fuerte de redistribución, que el reconocimiento es importante, es necesario incluirlo. Pero, por otro lado, en aquel vasto sector que ha dado este giro cultural he intentado hacerle notar la importancia que tiene la redistribución económica.

–¿Cómo se resuelve la falta de reconocimiento que se plantea con la discriminación?

–Lo que suele entenderse por discriminación es la exclusión del otro. Por caso, sostener: “las personas de color no pueden hacer esto” o “las mujeres no pueden hacer aquello”. Pero se quedan en un concepto restrictivo relacionado con lo legal. El reconocimiento tiene que ir mucho más allá de eso y está más relacionado con una participación plena de la ciudadanía de los derechos estatales, de la integración a la sociedad. Y para esta plena participación hace falta mucho más que reformas legales, hace falta modificar y transformar las normas informales de discriminación, que subyacen a lo legal. Yo defiendo una forma particular del reconocimiento que no es la misma que la de muchos otros sectores, que lo entienden de otra manera. Estos sectores suelen entender el reconocimiento desde una política de la identidad que tiene que ver con la valorización de una identidad concreta.

No hay una sola forma de ser mujer
–¿Cuál es su crítica a la postura de una identidad concreta?

–No me gusta esta forma de entender la identidad porque, de alguna manera, viene a reforzar los estereotipos de ser mujer. Yo no entiendo que tenga que haber una sola manera de ser mujer o una identidad definida. Aunque esto se ha convertido en lo políticamente correcto pero termina desvirtuando las diferentes maneras de ser mujer. Muchos sectores conservadores, pero también algunos sectores marxistas, han dicho “nos olvidemos de hacer esto junto” (el reconocimiento y la redistribución). Yo considero que deben ir juntos, la justicia debe tomar los dos conceptos y al reconocimiento de otra manera, no reforzando identidades, sino desde otro lugar. Que no se remita exclusivamente a las identidades. Por lo que debemos luchar es por el reconocimiento por el lado del estatus y no tanto de la identidad, o sea, estatus equitativos. Si las mujeres luchamos por un reconocimiento implica que estamos defendiendo un reconocimiento de nuestra identidad femenina. En cambio, una manera mejor de comprender la demanda del reconocimiento es relacionarla con una demanda por un estatus pleno, equiparable al de los varones, en una misma participación y estatus en los recursos del Estado. Encaminar el reconocimiento por el lado de la identidad no es el mejor camino de lograr ese estatus, esa equiparación.

–Pero hay un feminismo que encamina el reconocimiento por el lado de la identidad.

–Sí, pero yo no estoy de acuerdo con esta postura. Y tengo dos grandes aportes que hacer a la cuestión de las identidades. Mi primera crítica a esta corriente, que demanda el reconocimiento por el lado de la identidad, sería que la demanda por el reconocimiento está reemplazando a la demanda por la redistribución. El segundo problema es que se está dando demasiada importancia a la cuestión de las identidades y se está dejando atrás la cuestión del estatus. La lucha por la redistribución hace énfasis en la clase y la lucha por el reconocimiento hace énfasis en el estatus. Las mujeres sufren ambos tipos de injusticia: la de la redistribución, en el sentido del mercado laboral, en la distribución de los recursos económicos, y también la injusticia del reconocimiento por el lado del estatus. De aquí mi preocupación por desarrollar un marco teórico que integre a ambas, la del reconocimiento y la redistribución, ya que el feminismo requiere ambas demandas.

La representación
–¿Cuál es la nueva dimensión sobre la que ha trabajado en los últimos años?

–Además de estas dos dimensiones que expliqué, últimamente he trabajado sobre la representación. Y esto tiene que ver con las luchas de los derechos humanos a nivel global. Reconocimiento, redistribución y representación; o sea, lo social, lo económico y lo político. No se puede negar la necesidad de disfrutar de las tres dimensiones. Es decir, no puede estar obstruida la participación en la toma de decisiones. De alguna manera, esta nueva dimensión política, la representación, nos debería posibilitar comprender la cuestión de las fronteras. Porque muchas de las cuestiones relacionadas con las luchas por los derechos humanos hoy están globalizadas. Y creo que en el pasado ha habido una tendencia a no sobrepasar las fronteras nacionales. Cuando las luchas de la pobreza en Argentina se limitan al caso de este país, se está cometiendo una injusticia con respecto a otras personas, por ejemplo con los pobres de Sudán, que no tienen posibilidades de demandar a sus estados para cambiar su situación.

–Las grandes protestas que se realizan en las cumbres de los países más poderosos han intentado explicitar las demandas inmediatas.

–A partir de los importantes sucesos de Davos, de Seattle, de Génova, de los zapatistas, que han articulado sus demandas, trato de plantear la cuestión de los encuadres de las demandas. No podemos dejar de tener en cuenta la cuestión de los encuadres. Todo esto fue puesto debajo de la alfombra y tiene que salir a la luz. Esta es una característica del momento actual. Hay que salir del encuadre local, nacional. Lo que estoy trabajando ahora a través de la dimensión de la representación es tratar las cuestiones de los encuadramientos, pero siempre ligada a la redistribución y al reconocimiento. Sobre todo, una política de este tipo nos permitiría plantear y, con optimismo, responder el interrogante político clave de nuestra época: ¿cómo podemos integrar todo el abanico de injusticias de género en un mundo globalizante?

Está oscureciendo en La Cumbre, y después de los cafés compartidos, Fraser nos despide con la amabilidad que mantuvo durante toda la entrevista. Con su adiós, nos dice que se siente sorprendida de que la prensa de Córdoba se interese por estos temas, ya que en Estados Unidos a ella no le sucede lo mismo.

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