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Claudia Lapacó: «Me siento muy feliz con mi pequeña vida»

Posted by LA ARGENTINIDAD ...AL PALO en noviembre 4, 2006

Fue modelo publicitaria, vivió en París, pasó de la comedia al drama y no desesperó cuando no tuvo trabajo. A los 66 años reconoce que la clave estuvo en saber achicarse a tiempo y en celebrar las ceremonias cotidianas.

Podría tratarse de una memoria envidiable o, seriamente, de una escena imposible de olvidar para quien sabe que esa noche, cuando era así de chiquita, supo qué quería hacer cuando fuera grande. Lo cierto es que pasaron casi 60 años de aquel día en el que los padres de Claudia Lapacó la llevaron al Tronío a ver el show de Lolita Torres. «Ella recién empezaba, tenía sólo 10 años más que yo y quedé prendada de esa magia. Me acuerdo que cantaba El caramelero y que llevaba un canastito con caramelos de leche mu-mú que luego regalaba a la platea. Tenía un trajecito de torero en gris clarito y estaba preciosa. Salí de ahí y dije quiero hacer eso«, cuenta la mujer que, entre otras cosas y a pesar de algunos pesares, se pudo dar ese gusto en la vida.

Ese eso de sus sueños fue mucho más allá de aquel cuadro musical de Lolita. Fue teatro de revista, fue cine, fue TV, fue drama, fue comedia, fue canto, fue baile, fue en la Argentina, fue en París. «Todo lo que hice me ha servido para construir este camino… Y todo lo que no hice, también: que me hayan rechazado en la prueba del Colón para ser bailarina clásica, cuando tenía 13 años, terminó ayudándome para poner el foco en la actuación», se ufana de la decisión ajena.

¿Sufriste ese día?

No, de verdad que no. Nunca sufrí con esas cosas… prefiero leerlas como que no son para mí. En general, yo no me aferro al dolor. Y fijate que esa puerta que se cerró abrió otras.

Como las que se abrían, por ejemplo, en el preciso instante que en ella se encerraba en el cuarto de su madre para darle rienda suelta a la fantasía: «Era mi juego favorito cuando era niña. Me quedaba ahí, sola, dos horas, y me probaba sus vesidos y luego salía y desfilaba mis distintos personajes». Aquellos eran tiempos en los que vivía en Morón, en los que era capaz de pasarse ocho horas con su hermana en el cine del barrio viendo tres películas, «el acto vivo y el noticiero. Salíamos de noche con la panza llena». El ritual incluía un cuarto de masas secas que compraban justo antes de entrar en la confitería de enfrente.

Ahora, en un atardecer primaveral, mientras los recuerdos le acarician una sonrisa, Lapacó le pone palabras a «una infancia marcada por la libertad que me dieron mis padres. Ellos me mostraron el mundo del arte y luego me animaron con la actuación. Mi padre siempre me decía En lo que hagas te tenés que destacar. No era una presión, era un gran consejo. Por eso me formé y peleé por lo que quise, sin renegar ni de cuando trabajaba como modelo publicitaria ni de mi debut teatral».

Su primera vez, con la obra Somos nietos de una abuela, de Abel Santa Cruz, le dejó más dulzura que sinsabor, aunque confiesa que «luego del éxito arrollador que teníamos, le dije a Tincho Zabala algo que él siempre me recordó: Este no es el teatro que yo quiero hacer. Por eso no seguí en esa compañía y probé con el teatro independiente, pero no me arrepiento de ese comienzo».

A los 66 años, la mujer que ahora se luce en la obra Días contados (complejo La Plaza) y en Al límite (el unitario de Telefé), siente que a partir de Doble vida le encontró «una motivación a la tele. Antes no me sentía exigida por el medio, pero ahí pude bucear en otras zonas (un personaje con varias miserias a flor de piel). A mí lo que más me divierte es el riesgo. Si bien no hice mucha TV, estaba un poco cansada de hacer la madre buena, como la de Resistiré o la de Naranja y 1/2». Claro que la pantalla también la contó como la bailarina de los Sábados circulares de Pipo Mancera, en los que su cuerpo provocaba más de un suspiro.

«Mi momento más difícil fue cuando pasé de sólo lo exterior, de la belleza, a la composición, a buscar mirando hacia adentro», dice la mujer que no sólo habla del trabajo en este caso, la mujer que confiesa que «la estética ya no es un tema que me preocupe. Yo sabía que cuando la belleza aflojara no iba a pasar nada malo, que lo importante es tener herramientas. El paso del tiempo me hace sentir crecida. Tal vez esté un poco vagoneta y deba caminar más, bajar un poco de peso… Pero mi estado de plenitud pasa por otro lado: me siento muy feliz con mi pequeña vida. Hablo de lo cotidiano, de mi vida en mi monoambiente —en Colegiales—, de disfrutar las ceremonias diarias».

Madre de dos varones y abuela de cuatro nietos, sabe que su pronunciación en francés —sólo cuando es necesaria— se puede llevar de maravillas con frases del tipo de «no extraño lo que tuve. Para mí achicarse no es conformarse. Es ser realista».

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