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El largo galope de José Hernández

Posted by LA ARGENTINIDAD ...AL PALO en noviembre 4, 2006

A 120 años de la muerte de su autor, “Martín Fierro” sigue promoviendo nuevas lecturas críticas, admiraciones escolares, vapuleos moralistas y una cantera de obras creativas. Las disputas y reinterpretaciones tienen que ver con su riqueza inagotable y con la curiosidad de plantarse como modelo a pesar de sus notorias contradicciones.

Y sí: vistos en perspectiva, aupados por lecturas consagratorias y astillados por palizas moralistas, escolarizados pero también escarnecidos, el gaucho Martín Fierro, el libro Martín Fierro y su autor, José Hernández, pueden armar un Frankenstein de la cultura argentina que, curiosamente, es su más clamoroso emblema.

El calendario canta que el 21 de octubre se cumplieron 120 años de la muerte de José Rafael Hernández y que el próximo viernes 10 es otro aniversario de su nacimiento sucedido aquel día de 1834 y consagrado luego como Día de la Tradición por aquellos berridos ya acaso octosilábicos. Pero lo que sigue cantando “al compás de la vigüela” es un texto y un autor plantados como inaugurales de una literatura y de una cultura. Y, en tanto inaugurales, pretendidamente puros y modélicos algo que, en verdad, se da de bruces con una realidad textual compleja, harto viva y harto presente como para seguir deshilvanando una dinámica interpretativa que penetra aún en la actualidad.

El poema Martín Fierro (y su más problematizada y contradictoria Vuelta de…) es el intento de Hernández por darle una dimensión simbólica a la más representativa personalidad de la pampa en el recodo antefinal del siglo XIX, a saber, el gaucho caído en desgracia por las transformaciones técnicas y políticas. Lo dibuja literariamente como un prototipo que padece, diría Ezequiel Martínez Estrada, “la zarpas del Estado” y que no se somete a las arbitrariedades de la organización nacional que diseñaban y operaban Bartolomé Mitre y Domingo Faustino Sarmiento.

Y sepan cuantos escuchan
de mis penas el relato,
que nunca peleo ni mato
sinó por necesidá
y que a tanta alversidá
sólo me arrojó el mal trato.

Hernández fue funcionario, legislador, militar, periodista y poeta y todas sus actividades, y sobre todo la escritura que lo subió al podio, estuvieron traccionadas por la política y por una concepción que recién vaciló en sus últimos años. Pero su opción constante hasta esa fluctuación fue el federalismo autonomista, un criterio menos jerárquico y autoritario de las potestades políticas que lo descolocó aun ante su propia alcurnia ya que era pariente directo del patriciado como lo marca el nombre de su madre Isabel Pueyrredón, prima de Juan Martín. Hay quienes arriesgan una índole solitaria en los primeros años de Hernández, un solipsismo temprano, una íntima melancolía que lo acerca a los arrojados de Dios y una relación cercana con los hombres de campo producto de años de tareas rurales en las tierras de su familia como para pasarse del lado de quienes en la reformulación del país eran claramente alistados entre los “súbditos”. La vida de Hernández, andariega, desapegada y fogosa, tiene zonas oscuras, pero más allá de las razones personales para compartir las penurias del gauchaje, en lugar de abrazar los lugares y los oropeles de su clase, lo cierto es que desde edad temprana se asumió federal (“un partido que todos juzgaban moral e intelectualmente inferior”, según escupe Jorge Luis Borges en el libro que le dedica al poema y a su autor).

De ese federalismo, Hernández reputaba como valores a realzar la tensión autonómica, las elecciones para establecer los gobiernos y aun para bajar a los espacios de micropoder ya que el autor del Martín Fierro propugnaba el voto popular para encumbrar los jueces de paz, a los comandantes de regiones militares y a los consejeros escolares.

El ideario hernandiano ya se había manifestado en un opúsculo desde el que salió a defender al último caudillo federal, Chacho Peñaloza. Allí el autor busca la precisión periodística que en el siglo siguiente le daría fama a Rodolfo Walsh saliendo a disputar la versión oficial de la muerte del Chacho y culpando sin más a Sarmiento y a “los instintos sanguinarios de un partido de asesinos”.

Además de rastrear la historia del federalismo, de fechar el oscurantismo centralista en el fusilamiento de Manuel Dorrego, a manos de Juan Lavalle, advierte qué copiosas monedas tintinean en los sacos del progreso y anticipa, con certeza, la muerte de Justo José de Urquiza. El movimiento antisarmientista de Hernández se completa del todo con Martín Fierro, justamente calificado de “anti-Facundo”.

El Martín Fierro, que se da a imprenta en 1872 y se publica en 1873, fue gestado y abonado en los años posteriores a la Constitución Nacional, cuando la organización nacional se aleja del Estado contenedor que proclama y se convierte en un emprolijamiento forzado e inestable de las tensiones políticas irresueltas. El “orden” será el valor supremo de los triunfadores y es contra ese disciplinamiento y sus consecuencias en la vida cotidiana y en la circulación de la materialidad que el poeta hace galopar a su antológico personaje, armado de una altivez de la que más tarde se servirá Leopoldo Lugones para dotarlo de cualidades hercúleas e ingresarlo al Panteón.

Soy gaucho y entiendaló
como mi lengua lo esplica:
para mí la tierra es chica
y pudiera ser mayor.
Ni la víbora me pica
ni quema mi frente el sol.

La omnipotencia no le servirá a Fierro para doblegar a las fuerzas que se le oponen; debajo de las décimas altivas queda la confiscación de sus días en manos del ejército de frontera, su vida de matrero errabundo, en medio de una espacialidad infinita que paradójicamente lo arrincona y finalmente la marcha a las tolderías con Cruz, el sargento de la partida que va a darle caza y que termina peleando a su lado en un salto novelístico cualitativo que, de no haberse cruzado por la inventiva del poeta, hubiera cerrado la obra en una clave aun más realista. Borges acierta en este punto: más allá de la estructura poemática, las aventuras de Fierro están atravesadas por las claves del desarrollo del género novelístico.

El primer intento por dar un uso político a su poema es, por supuesto, el de su autor, en el mismo visaje de contaminar a la literatura de oralidad ya hay un movimiento de seducción amplia, ante la mayor platea posible. El rebelde, el perseguido, dice desde la infraestructura de la historia, que el Estado se está organizando mal y a costa de la vida de quienes en la letra se había propuesto contener y cruza la frontera hacia unas tolderías que primero imagina como espacio de libertad y de holganza pero que luego, en La Vuelta…, despreciará.

Es tenaz en su barbarie
no esperen verlo cambiar.
El deseo de mejorar
en su rudeza no cabe
el bárbaro sólo sabe
emborracharse y peliar.

Como lo asegura David Viñas en Indios, ejército y frontera en La Vuelta… Hernández participa del programa liberal triunfante como un integrado, el indio es presentado como “alteridad total del blanco” y se suma a la bestialización a los aborígenes que practica ese Estado liberal que no los integra a ninguna idea de país como ya no los había integrado Sarmiento. En La Vuelta… la conversión ética de Fierro suena forzada, aun sus consejos a los hijos carecen de la “autoridad moral” que respalda la experiencia. La idea de la redención por el trabajo y el subrayado del mandamiento cristiano “No Matarás” son esfuerzos verbales de adecuación.

Posado casi enfrente de esa bondad sospechosamente recobrada el Viejo Vizcacha hace otro ejercicio de sinceramiento y pone a la astucia como instrumento primordial para defender la vida ante la certeza de que bajo el cielo común los hombres no hacen otra cosa que sacarse los ojos.

Me parece que lo veo
con su poncho calamaco;
después de echar un buen taco
ansí principiaba a hablar;
“Jamás llegues a parar
ande veas perros flacos
.

Es que el Hernández que había peleado junto a los federales, el que le había advertido a Urquiza que sus pactos con los porteños lo iban a arrastrar aun a él, vira en los últimos años y se integra a la organización nacional que ha objetado. A esta operación se le notan mucho más las costuras que a la “ida” francamente rebelde. Cuando aparece La Vuelta…, el libro lo había elevado al atalaya de la fama y debe soportar aún que lo llamen “senador Fierro”. En La Vuelta… dos resquicios críticos se mantienen: hacia las elecciones amañadas y hacia los representantes del Poder Judicial como personeros discrecionales de los peores embustes que se pueden pergeñar en los poblados pampeanos.

Pero Hernández está inflado:

No se ha de llover el rancho
en donde esté libro esté

La fama de su obra recitada hasta por analfabetos, la empatía que provoca en los sectores populares por la certeza de las penetraciones psicológicas, la impecable capacidad de observación del paisaje y el repertorio de padecimientos lo establece como escritor nacional y la crítica lo empina a una cualidad moral aunque tanta belleza no esté respaldada por la peripecia del personaje.

Ese es su propio uso, pero luego vendrán los otros. El de Leopoldo Lugones que en El payador le da al poema la estatura de una epopeya y a su personaje la dimensión de un prototipo nacional dotado de la fuerza libertaria de sus antepasados indígenas y de la prosapia caballeresca de los ancestros españoles. Se trataba de armar una imagen nacional que se complementa con la que ensaya Ricardo Rojas, para anteponer una figura a la “plebe ultramarina”, es decir a la presencia del inmigrante y su poder reivindicativo con las ideologías de izquierda que traían de Europa.

Borges desdeña ese gesto lugoniano en El Martín Fierro, se crispa ante la posibilidad de que ese “matrero” se convierta en estatua pero rescata, al menos en una primera época, las ambigüedades con que Hernández dota a su personaje como una cualidad literaria que lo pone a salvo de posar de héroe para convertirlo en una criatura que vive en los libros. Así lo exorna en el final: “Expresar hombres que las futuras generaciones no querrán olvidar es uno de los fines del arte; José Hernández lo ha logrado con plenitud”.

Entre las interpretaciones-apropiaciones pesa la de Martínez Estrada en Muerte y transfiguración de Martín Fierro, tremendo esfuerzo intelectual que hasta intenta un psicoanálisis del autor y que se propone explicar cierta “falla” constitutiva de la Argentina a través de la obra.

Pero las marcas de Fierro en la cultura nacional se extienden mucho más allá de quienes han querido endiosarlo o enterrarlo. Su “folklorización” lo ha distribuido como subtexto de todas las expresiones populares que conllevan un discurso crítico, desde la canción popular, tanto rural como urbana, hasta el grotesco y el sainete. En términos literarios consolidó la gauchesca que había comenzado con los cielitos y diálogos patrióticos del oriental Bartolomé Hidalgo, y la puso a salvo de que la estetización al estilo de Rafael Obligado fuera su única cuerda.

Como excluido, su figura se retrabaja aún. En estos días una versión teatral de Julián Howard, para el unipersonal de Carlos Durañona, ve a Fierro como una suerte de homeless y cartonero. En los 70, con su película Los hijos de Fierro Pino Solanas entremezcló el texto con los avatares del peronismo de la resistencia. Con un trasfondo de edificios recortados, cercanos o lejanos, el personaje multiuso salta la pedagogía primaria y emerge y seguirá emergiendo como reflexión activa sobre cualquier tramo de la vida nacional en el que se acentúe la marginalidad.

Fierro: en verdad material plástico tanto en su pose modélica como en sus zonas misteriosas como para habilitar aún esa reflexión de Martínez Estrada que quiso ver una conexión entre Hernández y Kafka a partir de los destinos marcados por una justicia tan omnipresente y determinante como elusiva.

Una respuesta para “El largo galope de José Hernández”

  1. Pancho said

    Quisiera saber quien firma pertenece tan interesante reseña.
    gracias
    Pancho

    ADMINISTRADOR: Gracias por participar y por el comentario PANCHO, ponelo a nombre de la ARGENTINIDAD… ESTÁ TODO PAGO.
    Saludos a todo Lomas.

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