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ENTREVISTA A ROBERTO “TITO” COSSA

Posted by LA ARGENTINIDAD ...AL PALO en noviembre 8, 2006

“Uno escribe y se cuestiona”


Después de un tiempo de silencio, su nombre volvió a las carteleras porteñas. Se están ofreciendo “Tute cabrero” y “Los compadritos” y su adaptación de “María Estuardo”. No cuestiona la escritura de escenario, pero asegura que el autor teatral no ha muerto. “La obra siempre está”, dice el dramaturgo que marcó a todos.

La casa de Roberto Cossa es un paréntesis en el trajinado barrio de Once. Un espacio antiguo, colmado de canteros floridos, de silencio y quietud. Casi un lugar de retiro. Con esta vista imperturbable Cossa escribe por las mañanas, acompañado de una pequeña radio Spika, una historia que lo circunda hace meses. “El enfrentamiento —dice— entre una hija y su padre, un militante y luchador social. Ella es una periodista prestigiosa y su padre le pide que escriba sus memorias. Pero hay algo entre el pasado y la relación padre-hija que es irreconciliable para ambos. Hace un año que trabajo esta obra de manera permanente. He pasado de la plena seguridad en el material a sentir que se deshace todo lo que construí. Estoy en esa etapa.”

Sus últimas obras fueron Pingüinos, estrenada en mayo de 2001, que surgió de un trabajo creado a partir de improvisaciones con un grupo de actores compuesto por Pablo Rago, Valentina Bassi y Claudio Da Passano que dirigió Daniel Marcove. Posteriormente hizo De putas, pirujas y suicidas. Pero Cossa, a los setenta y dos años, explica que tiene una necesidad de volver a un tipo de escritura vinculada a la soledad del autor. A modo de balance o de ajuste de cuentas con sus propias palabras. “Con la obra que escribo en este momento, retomo una dinámica tradicional sin el trabajo con actores que caracterizó mis últimos trabajos. Escribo a solas una pieza que no tiene el humor de las otras, por eso hay zonas intangibles que me paralizan.”

Pasó por otra crisis de escritura a mediados de la década del sesenta, ¿qué recuerda de aquello?

Que no fue sólo un estado crítico de escritura sino de identidad. Después de mi tercer obra, La pata de la sota, pasan casi diez años en los que no escribo prácticamente nada. Sólo Avión negro, en colaboración con Rozenmacher, Somigliana y Talesnik. Me habían cuestionado y uno no es impermeable a los cuestionamientos. Algo de razón tenían.

¿Piensa que la figura del autor ha perdido un lugar que ocupó el director?

Desligarse de la obra escrita es un fenómeno que empieza en la década del setenta, con las experiencias colectivas. Pero siempre hay alguien que decodifica. Acepto que un director tome un texto como pre-texto de un espectáculo que es otro fenómeno porque la obra puede ser sólo el punto de partida, la arcilla después el director crea otro fenómeno. Es natural y lo entiendo. Así surge lo que Jaime Kohan llamó la escritura del escenario. Pero de eso a la muerte del autor, es otra cosa. La obra es la obra, siempre está.

Sin embargo, hubo hubo puntos de fuga dentro de este parate. La reposición de dos clásicos suyos y una adaptación de Friedrich von Schiller. El 1ø de febrero se estrenó en el Teatro del Pueblo la versión, dirigida por Jorge Graciosi, de Tute cabrero. La obra seguirá hasta el 2 de diciembre y lleva más de noventa funciones. Luego, el plan Federal del Teatro Cervantes estrenó en el Teatro Independencia de Mendoza Los compadritos, con un elenco de actores cuyanos, y la dirección de Rubens Correa. La obra actualmente realiza una breve temporada en la sala María Guerrero del Cervantes hasta el 24 de noviembre. Además, con María Estuardo este año Tito Cossa retomó la adaptación de clásicos, labor que había realizado con Tartufo, de Moliére. La obra del dramaturgo alemán, versionada por Cossa, se presenta en Andamio 90 y también cuenta con la dirección de Rubens Correa. “El proyecto—explica — surgió a partir de una propuesta de Stella Maris Closas y Ruby Gattari. Es una obra desprolija y frondosa, que tiene varias sagas. Fue ideada para representarse en cinco horas aproximadamente. Algo imposible para cualquier público actual. La versión que hice de Tartufo me acercaba a un estilo más parecido al mío. Pero María Estuardo es una tragedia y esto es un desafío porque ni lo trágico ni la reconstrucción histórica me convoca como estilo”.

Pero en el trasfondo de sus obras hay una vinculación con lo trágico: exilio, fascismo, los vaivenes de un ideal…

Tiene que ver más con la personalidad de uno. Escribir es parte de una mirada, de un estilo. Hay gente que tiene humor y gente que no lo tiene. En general, mis obras tienen una marca y se liga a un determinado tipo de humor para hablar de los temas que me obsesionan.

¿Qué le da confianza para entregar una obra a un director?

En general, una mirada porque mis obras son partituras cerradas muy difíciles de ser modificadas. Eso lo da el oficio. Pero más allá de los resultados siempre he tenido una buena relación con los directores que trabajé. Para versionar, doy obras que ya han sido estrenadas. La nona se hizo en comedia musical y funcionó. En Yepetto, por ejemplo, Omar Grasso sumó un personaje. Costó pero finalmente quedó y fue un éxito. También recuerdo una versión de El viejo criado de Villanueva Cosse, que es un director imaginativo, de esos que se olvidan del autor y trabajan. Durante un ensayo eliminó unas líneas del texto y ni me preguntó. Eso que estaba al lado suyo. En general no escribo para los directores sino para el actor.

Su primer acercamiento al teatro fue como actor, ¿ por qué dejó ese rol?

Hice a los veintiún años, con un grupo de San Isidro, En familia, de Florencio Sánchez. Creo que dejé por cobardía porque el escenario es angustiante. Aparte me gustaba escribir, así que es una frustración a medias porque la escritura me dio un lugar en el teatro. Aún dentro mío tengo al actor que no fui.

La voz monocorde, en ralenti, de Tito Cossa se diluye mientras estaciona la memoria en su época de periodista. Comenzó en Clarín haciendo cosas que firmaban otros o que ni siquiera llevaban su nombre. Después vino Prensa Latina, la agencia de noticias cubana que fundó César Mascetti y Rodolfo Walsh, en la que trabajó alrededor de diez años como corresponsal. En el medio, terminó su primer obra, Nuestro fin de semana. Corría 1964 y también estrenaban, con pocos meses de diferencia, El Reñidero, de Sergio de Cecco; y Réquiem para un viernes a la noche, de Germán Rozenmacher. Fue un año clave de la dramaturgia argentina. “Mi primer intento de abandonar el periodismo fue en el 70 pero me fue mal económicamente. Así que volví a La Opinión y El Cronista hasta 1976, cuando dejé todo y me dediqué a escribir teatro”.

¿Qué lo lleva aún hoy a la escritura?

Tratar de explicarme el derrumbe de todo lo que creía y se cae día a día. Uno escribe y se cuestiona lo que creyó. Se cuestiona, también, no haber tenido más lucidez para mirar y comprender aquello que estaba en el aire y anticipaba muchas cosas. 

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