LA ARGENTINIDAD….. AL PALO

Política, Videos, Ciencia,Cultura, Espectáculos, Cine, Deportes, Tegnologías, Arte, Humor, Música, Reportajes. ETC

Un día como hoy, hace 43 años, moría el boxeador José María Gatica

Posted by LA ARGENTINIDAD ...AL PALO en noviembre 12, 2006

No se puede mostrar la imagen “https://i0.wp.com/www.oni.escuelas.edu.ar/olimpi98/CineArgentino/imagenes/Peliculas/GATICA3.JPG” porque contiene errores.

Monito, las pelotas!

-José María Gatica no aceptaba que cualquier pelafustán, so pretexto del carińo, le dijera Mono, o Monito. Ese rasgo de dignidad personal lo rescató con sobrada elocuencia Leonardo Favio en su magnífica biografía fílmica del boxeador puntano, morocho y emblemático ícono popular de la Argentina peronista. Estas cuestiones de dignidad personal suelen tener mucha más importancia que la que acostumbran concederle las clases acomodadas y dominantes. (Nestor Gorojovsky)

HOMENAJE AL MONO GATICA

DEL LIBRO HISTORIA POLITICA DEL DEPORTE ARGENTINO*

Capítulo LII

 

-Lo que no te perdonan son tus sucios pies de canillita…

(Alfredo Carlino, poeta argentino, en versos referidos a la muerte de Gatica)

Ańo 1963

JOSÉ MARÍA GATICA

Muere el Mono, un ícono del deporte peronista

Por Victor Lupo *

En la ciudad de Villa Mercedes, provincia de San Luis, en el Día de la Patria, 25 de mayo de 1925, nacía uno de los más grandes ídolos del boxeo argentino, José María Mono Gatica.

Sus padres lo llevaron a vivir en Buenos Aires cuando él era muy pequeńo. Allí no pudo concurrir a la escuela primaria ya que para llevar algunos centavos a su madre debía trabajar como lustrabotas o canillita en las cercanías de la estación Constitución.

 

Se subió muy joven a un ring para hacer guantes con un veterano de este deporte, el rusito Emilio Samuel Palanké, con quien luego de este combate entabló una gran amistad. Este sería a lo largo de su vida uno de sus amigos más fieles y quien más luchaba para que el Mono se cuidara en su vida privada.

-Cuando Gatica estuvo en las buenas llegó a regalarme 30 trajes, la misma cantidad de pares de zapatos y gracias a él conocí los mejores restaurantes de Buenos Aires. Cuando mi padre se enfermó, él le arrendó una habitación individual en el Hospital Israelita. Con el paso de los ańos pude devolverle en parte sus ayudas. Cuando no tenía ni para comer, entonces me lo llevaba la pizzería de Chalú, donde yo trabajaba, contaba muy apenado y a la vez agradecido el –rusito.

Como boxeador amateur, Gatica representó al Club Barracas Central, donde se entrenaba y realizó algunos de sus combates en el campo amateur. Su primer combate profesional lo realizó el 7 de diciembre de 1945 noqueando en el primer round a Leopoldo Mayorano.

Junto al campeón mundial Pascual Pérez, después de Justo Suárez, Gatica fue uno de los grandes ídolos de los argentinos, en el duro deporte de los puńos, durante casi dos décadas.

Pero, a diferencia de Pascual (campeón sudamericano, Olímpico y Mundial), el Mono Gatica, con aptitudes naturales fenomenales y muy agresivo, ni siquiera logró ser campeón argentino ni combatir por el título del mundo de la categoría livianos, pese a enfrentar al campeón mundial Ike Williams, en Estados Unidos, durante un combate en el que perdió en el 1ş round luego de tres caídas.

Su gran rival en el ring fue sin dudas el campeón argentino y sudamericano de la categoría, el rosarino Alfredo Prada,[2] con quien combatió dos veces como amateur (1 ganada y 1 perdida) y cuatro como profesional (2-2). En la primera pelea del campo rentado, el 31 de agosto de 1946 en el Luna, el Mono ganó por puntos en un combate tan desordenado y callejero, que Gatica sufrió el descuento de 5 puntos mientras que a Prada le descontaron 15 puntos.

Pero estos feroces rivales arriba del ring fueron muy amigos. A tal punto que cuando Gatica sin lugar donde vivir y sin dinero para mantener a sus dos pequeńas hijas, Prada le dio una mano. Le consiguió una entrevista con el gobernador de ese entonces de la provincia de Buenos Aires, el doctor Oscar Bisonte Alende, quien le cedió una vivienda en el Centro Deportivo Nş 2, de la ciudad de La Plata, más un puesto de trabajo en el área de Educación Física y un empleo para su seńora.

En su vida personal el Mono Gatica contó con la especial simpatía del matrimonio presidencial de ese entonces, Perón y Evita. Un afecto que estuvo a punto de quebrarse el día del bautismo de su hija María Eva, nombre puesto en homenaje a Evita, a quien el boxeador había comprometido como madrina. Evita llegó a la Iglesia, diez minutos antes de la ceremonia, entre una catarata de fotógrafos y cronistas, mientras que Gatica se hizo esperar más de media hora. Furiosa y a punto de retirarse de la iglesia, la Primera Dama, vio entrar apresurado al Mono con una larga noche dibujada en su cara, acompańado de su esposa y el bebé. Evita no se calló y le dijo: –ĄPero, Gatica, hace 30 minutos que te espero!

-Y bueno, żqué quiere? Usted será Evita, pero yo soy Gatica, contestó fastidioso el ídolo del deporte nacional. Cumplida la ceremonia con caras de disgusto de ambos, al otro día los diarios oficialistas no publicaron ni una línea del bautismo al cual habían concurrido todos los medios de prensa por orden de Evita, según dicen.

Pero el general Perón le perdonaba todo a Gatica, lo mismo que el doctor Rodolfo Valenzuela (presidente de la CAD) que siempre lo ayudaba. Ellos se hicieron cargo de todo lo necesario para que el boxeador y su equipo viajaran con mucha antelación a EE.UU. para aclimatarse antes de enfrentar al campeón mundial Ike Williams. Pero Gatica era incorregible y su entrenador Nicolás Preziosa, manager del Mono, 25 días antes del combate, cansado de las indisciplinas del ídolo, lo dejó solo, ante la poca adicción al gimnasio. Esta pelea, transmitida por Fioravanti por radio para nuestro país, se realizó el 5 de enero de 1951 y fue la única vez que un Gran Premio del Turismo Carretera (TC) debió demorar su largada por el interés que había despertado la pelea de Gatica.

Una muy famosa anécdota de Gatica relata que, tras una de sus grandes peleas, luego de un triunfo en el Luna Park, Perón se acercó a saludarlo al ring. Entonces, todo transpirado, Gatica le acercó su mano al general expresando para los periodistas y los fotógrafos que retrataban ese instante: –Dos potencias se saludan.

El 12 abril de 1947 y con un estadio Luna Park lleno, con los antiperonistas ubicados en la platea, que alentaban a Prada (un boxeador tan peronista como Gatica, pero quien por esas cosas del destino se encontró siendo alentado por los oligarcas del ring side), el Mono peleó durante cuatro rounds con la mandíbula fracturada y debió abandonar porque, según él, –me dolía la muela bárbaramente.

Un espectador de ese cruel combate, Jorge Montes cuenta: –El aspecto del rostro de Gatica al bajar del ring era espantoso. La mandíbula había perdido su horizontalidad y la sangre le manchaba toda la cara (…) Esos escasos metros hasta su camarín constituyeron un vía crucis espantoso. El pobre Mono fue abucheado por la enfurecida platea con insultos que jamás podré olvidar. Trepados sobre los asientos, o volcando sus cuerpos sobre la banda de la pullman, los ocupantes de las butacas privilegiadas le lanzaban agravios de la más baja calańa. Fue una especie de desborde histérico que me aterrorizó hasta enmudecer .

 

Ańos después, el escritor Pablo J. Hernández, compararía ese odio al del 15 de abril de 1953, cuando algunos asesinos hicieron estallar bombas en las puertas de los subterráneos de una plaza repleta de gente. O el del 16 de junio de 1955, cuando la aviación naval bombardeó una Plaza de Mayo colmada de ocasionales transeúntes. O el mismo odio que en junio de 1956 fusiló a patriotas argentinos en Campo de Mayo, en los Basurales de José León Suárez, en la Comisaría de Lanús, en el A.C.A. (Libertador y Tagle), en la Penitenciaría de Avenida Las Heras o en la Escuela de Mecánica del Ejército.

Gatica tuvo tres esposas. La primera fue Ema Fernández, madre de su primera hija, María Eva. La segunda fue Ema Guercio, a quien él llamaba Nora para distinguirla de la anterior. Con ella vivió su época de gloria, de autos descapotados, tapizados con piel de leopardo. A la última, Rita Armellino, la conoció cuando ya había retornado a la pobreza. Fue la madre de otras dos hijas, Viviana y Patricia.

Entre 1945 y 1956 realizó, para su gran campańa, 95 combates profesionales, de los cuales ganó 85 (81 de ellos por nocaut), perdió 7, empató 2 y 1 terminó sin decisión.

El último enfrentamiento frente a Prada fue en el Luna Park el 16 de setiembre de 1953, cayendo derrotado en la sexta vuelta por nocaut, comenzando entonces su decadencia como boxeador. En esta pelea hubo 25.000 personas en el estadio y cinco mil alrededor del mismo.

Cuentan los memoriosos del Luna Park que luego de ganar una pelea, ya en el final de su dilatada campańa, le dedicó por radio el triunfo al general Perón, que se encontraba en el exilio. Entonces rápidamente se le acercó un funcionario de la Revolución Libertadora, para recordarle que estaba prohibido hablar de política o nombrar a ese seńor por el Decreto 4161/56. El Mono, con su naturalidad habitual, le respondió: –Seńor yo no hago política; yo, nada más, soy peronista.

Su último combate fue frente a Jesús Andreoli, una fría noche del 6 de julio de 1956 en el Lomas Park, un ya desaparecido gimnasio de la calle Oliden, de la ciudad de Lomas de Zamora, en la provincia de Buenos Aires. Luego de vencer a su rival por nocaut técnico en el cuarto round, fue detenido inmediatamente por la Policía que lo estaba esperando, porque su sola presencia significaba un grito de resistencia peronista.

Ya con su decadencia deportiva a cuestas, participó de exhibiciones de catch con el famoso Martín Karadagian . y con el ex gran campeón mundial italiano de boxeo, Primo Carnera, en la cancha del Club Boca Juniors, siempre ante una multitud.

Un atardecer de domingo, luego de un partido de fútbol en la cancha de Independiente de Avellaneda, en el que –los diablos rojos vencieron a River por 2 a 1, al salir de la misma donde vendía muńequitos, con sólo 38 ańos, sufrió un accidente al querer ascender a un colectivo, cayendo bajo las ruedas que lo aplastaron. Estuvo dos días internado hasta que falleció el 12 de noviembre de 1963. Fue velado en la sede de la Federación Argentina de Box (FAB) porque en su Luna Park se estaba desarrollando un espectáculo de la Orquesta Sinfónica de Inglaterra, que no se podía suspender.

El día de su sepelio recibió un homenaje peculiar. El auto que llevaba su cuerpo tardó muchísimo en llegar al Cementerio de Avellaneda (localidad donde ahora hay un polideportivo con su nombre) porque tuvo que ser empujado tras romperse el motor. Jóvenes de una verdadera multitud empujaron el coche y, también, entonaron la Marcha Peronista, esa marcha que había inmortalizado Hugo Del Carril, en forma respetuosa y desafiante. Era el mejor tributo a quien siempre fue leal con su amiga muerta (Evita) y con el general derrocado (Perón).

El 15 de agosto de 1992, el entonces gobernador de la provincia de San Luis, doctor Adolfo Rodríguez Saá junto a otras autoridades inauguraron en Villa Mercedes, la remodelación de un Polideportivo con gimnasio cubierto que había sido bautizado con el nombre del ídolo nacido en esa ciudad, por la Ordenanza Municipal 1806 del 6 de junio de 1975.

Los poetas, quienes mejores saben pintar el alma de los pueblos, también homenajearon al puntano Gatica de la siguiente forma:

Alfredo Carlino le escribió: Cómo te iban a perdonar los bandoneones numerosos / trepados a tus gestos, / las historias de júbilo popular iluminadas de fervor y de distancias, / la Misión Inglesa, el nombre de tu hija, el estrellato. / Lo que no te perdonan son tus sucios pies de canillita, / el no haber ido a la escuela, / pero ardiendo siempre, como el viento. De protagonista, / y esa dramática alucinación de querer vivir tuteándote / con la vida.

Daniel Giribaldi en sus Sonetos mugres, con su filosofía tanguera, le escribió. Gatica se piantó, como Carlitos: / no hubiera estado bien que fuera abuelo / y sus nietos le dieran regalitos.

Leonardo Favio (uno de los mejores cineastas argentinos) sostenía: -Gatica es la apretada síntesis de nuestro pueblo. El emerge a la bullanguería, a la alegría, a sentirse acolchonado en una gloria que después sería efímera. Entonces está en todo su esplendor, en el amor, en su locura, en sus mentiras infantiles, en lo que en definitiva es nuestra gente, hasta que cae…

 

Y el mismo Favio lo hizo inmortal en todo el mundo con la premiada película Gatica, el mono, en la que el actor Edgardo Nieva interpreta magistralmente al boxeador

 

https://i1.wp.com/educared.org.ar/aua/2004/fotosfc/f2_32pAnqLk.jpg

José María Gatica: Un odio que no conviene olvidar
Osvaldo Soriano


“No me dejés solo, hermano”. Tirado en el pavimento, el cuerpo sacudido por los espasmos, Gatica se aferraba al pedazo de vida que se le iba. Lo rodeaba una multitud de extraños que lo habían visto caer bajo las ruedas de un colectivo, a la salida de la cancha de Independiente. Pocos ojos entre los que miraban esa piltafa cercana a la muerte habrán reconocido el cuerpo de José María Gatica, uno de los mayores ídolos que tuvo el boxeo argentino.
Tenía 38 años y parecía un viejo. Hasta ese día en que la borrachera no le dejó hacer pie en el estribo del ómnibus, había sobrevivido en una villa miseria como tantos otros; algún rasgo lo distinguía: la nariz aplastada, la sonrisa provocadora, un cierto desdén por el futuro. Era uno de esos hombres obligados a soñar con el pasado, porque el suyo estaba teñido de sangre y ovaciones.
El 7 de diciembre de 1945 subió por primera vez a un ring como semifondista profesional. Esa noche, su triunfo por nocaut en la primera vuelta frente a Leopoldo Mayorano no puso al público de pie, ni lo irritó. Comenzaba su carrera un hombre de rabia larga, de ambición fresca.
Había sufrido la violencia desde su nacimiento, en Villa Mercedes, San Luis, el 25 de Mayo de 1925. A los siete años llegó a Buenos Aires en un tren de carga, con su madre y un hermano mayor.
A los diez había ganado un lugar en Plaza Constitución, donde lustró miles de zapatos. De rodillas, miraba desde abajo la cara de la gente, pero hasta ese privilegio tuvo que defender a golpes frente a competidores tan desesperados como él. Un peluquero que vivía por allí lo vio pelear varias veces y quedó impresionado por su agresividad. Era Lázaro Koczi, un hombre relacionado con el boxeo profesional. Pronto le propuso cambiar de oficio.
The Sailor’s Home era la casa de la misión inglesa para marineros. Estaba en Paseo Colón y San Juan, un barrio con tradición de compadritos. Allí paraban los hombres que habían perdido sus barcos en los extravíos de una borrachera, los desertores, los enfermos, los malandras sin cuchillo. Todo se resolvía a puñetazos. Un hombre de agallas podía ganarse allí veinte pesos si era capaz de vencer en tres rounds al marinero más fuerte.
Lázaro Koczi apareció una noche con Gatica, le mostró el ring y le habló de los veinte pesos. El lustrabotas subió. Se sabe que ganó varias peleas, que agachó a corpulentos marineros y luego dejó su parada de Constitución. Había ganado el derecho a más.
El 7 de diciembre de 1945 –ese año singular en la historia argentina– debutó en el Luna Park. Sus ojos verdes habrán visto la multitud con el brillo del desafío. Bastó un golpe para que Mayorano, su rival, fuera a la lona. En poco tiempo ganaba dos peleas más y los empresarios pusieron sus ojos en él. Al año siguiente ganó las siete peleas que hizo, una de ellas con Alfredo Prada, quien sería su más rival encarnizado.
Por entonces el público se había dividido: el ring-side abucheada a Gatica, quería verlo en el piso; la popular rugía alentando a ese morocho que miraba con odio a sus rivales y cuando los tenía a sus pies levantaba los brazos tan abiertos como para abrazar al mundo. Los apodos de la tribuna eran diversos, según de dónde provenían: Tigre, para la popular, Mono para el ring-side. A los periodistas le gustaba más Mono y así lo recuerdan aún.
Mientras duró su grandeza tuvo un rival irreconciliable sobre el ring: Alfredo Prada. Ya se habían enfrentado antes, cuando no suponían que la vida los iba a unir en el triunfo y el fracaso. Combatieron seis veces y ganó tres cada uno. La última pelea, en 1953, significó la derrota de Gatica y el comienzo de su patética decadencia. Los enfrentamientos entre Gatica y Prada dividieron al público como nunca; se estaba con Gatica o contra él. Prada era campeón argentino, una satisfacción que el Mono nunca alcanzó. Cuando el pleito terminó, las carreras de ambos llegaraban al ocaso. Prada dejó el boxeo con algún dinero en el banco. Afrontó la vida como un ciudadano recompensado. El Mono volvió a su origen, como si toda su pelea con la vida hubiera sido una parábola restallante, una explosión de luces que lo iluminaron hasta, de pronto, dejarlo nuevamente en la oscuridad.
Volvió a una villa miseria. Vivió de la caridad junto a su segunda mujer y dos hijas. Fue una fiesta para los periodistas encontrarlo sentado a la puerta de su casilla de latas, tomando mate, sucio y harapiento.
Entonces Prada tuvo un gesto que los diarios elogiaron: abrió un restaurante
en calle Paraná y llevó al Mono con él. Le pagó quince mil pesos por mes y lo puso en la puerta del negocio para exhibirlo. El gesto compasivo de Prada era otra humillación que Gatica soportó porque no podía sino aceptar su derrota.

Había vivido como un esclavo y pocos le perdonaron su grotesca revancha: como un Robin Hood de barrio, iba con los suyos –los lustradores– y les destrozaba los cajones a patadas a cambio de billetes de mil. Pagaba con una fragata los diarios que quitaba a las viejas que rodeaban el Luna Park. Unos pocos lo miraban con respeto, otros ser reían de él.
Desde que Alfredo Prada lo venció en 1953, en la última pelea, no dejó de caer. Siguió tres años más, pero estaba acabado como boxeador. Como hombre le faltaba recorrer la pendiente más dura: el desprecio, el odio, el revanchismo de las buenas conciencias.
Era, para ellas, un analfabeto despreciable, un “lumpen”. Perdió todo lo que tenía pero jamás se lamentó. Fue noticia para los diarios el día que una inundación se llevó lo poco que le quedaba. Entonces, fue fotografiado en camiseta, lleno de mugre y mereció crónicas colmadas de aleccionadora compasión. Curiosamente, el Mono sonreía.
Adhirió fervorosamente al peronismo y, curiosamente, su esplendor y caída desplegó la misma parábola en el almanaque: levantó su brazos en 1945 y lo bajó, vencidos, en 1956. Había sido el preferido de Perón mientras brillaba. Aficionado al boxeo, el Presidente apoyó el viaje de Gatica a Estados Unidos para buscar una pelea con el campeón de los livianos. En cuatro rounds venció a Terence Young y esta victoria le abrió las puertas a la pelea con Ike Williams, dueño de la corona mundial, en 1951. Medio país estuvo pendiente de la suerte del Mono que iba a batirse en el Madison Square Garden de Nueva York. Subió a la lona sobrador, fanfarrón. Cuando empezó el combate bajó las manos y puso la cara, como lo haría luego Nicolino Locche. Pero Gatica no sabía de esas sutilezas. Bastaron tres golpes de Williams y a los tres minutos de pelea el Mono se derrumbó. Desde entonces perdió los favores oficiales y dejó de ser el hombre que se fotografiaba junto a Perón. Entre 1952 y 1953 ganó trece combates luego de ser vencido por Luis Federico Thompson, pero la última derrota ante Prada lo puso en la pendiente definitiva; caualmente, esa derrota sucedió un 16 de setiembre, dos años antes del día que estalló el pronunciamiento militar contra el peronismo.
No sólo Prada usó al Mono para exaltar la beneficencia. Martín Karadagián, un empresario del espectáculo que había montado una troupe de luchadores, lo llevó a parodiar una final. También allí tenía que perder. En “sensacional encuentro” Karadagián, dueño del poder, benefactor de hospitales, lo sometió por unos pocos pesos.
La última derrota ocurrió el 10 de noviembre de 1963, bajo las ruedas de aquel colectivo. Había terminado su vida en una parábola perfecta de humillación; “una bala perdida”, como solía decir él.
No tuvo amigos. Apenas dos o tres compañeros de aventuras en los momentos en que regalaba su pequeña fortuna. Contestaba con monosílabos, recuerdan algunos, para escapar de los adulones y los ambiciosos; otros dicen que no hablaba para ocultar su escasa educación. Tirado en la calle Herrera, de Avellaneda, manchado de sangre, con los ojos abiertos puestos en otro vendedor de muñecos, repitió: “No me dejés solo, hermano; levantáme, no quiero estar tirado”.
Cuando murió, La Prensa dijo: “La popularidad que adquirió Gatica por sus éxitos y por su característico estilo de infatigable peleador, fue utilizada por el régimen de la dicatdura, que lo adoptó como en el caso de otros campeones deportivos como instrumento de propaganda. Y esta publicidad extradeportiva y el aplauso obsecuente de personajes encumbrados no fueron ajenos por cierto a que él cayera en actos de inconducta dentro y fuera del ring”. Fué un recuerdo político, cargado de desprecio. Al comentarista, como a tantos otros hombres de traje gris, le hubiera gustado ver a Gatica domado. Pero no; aún muerto sería molesto: nunca llegó tanta gente a la Federación Argentina de Box como para su velatorio. Hombres y mujeres hicieron una colecta y compraron una corona que decía: “El pueblo a su ídolo”. El féretro tardó siete horas en llegar al cementerio de Avellaneda. Cuando la última palada de tierra cubrió el modesto cajón, los cronistas anotaron esta frase de Jesús Gatica: “La única miseria qe vivió mi hermano fue consecuencia de su desesperado afán de querer vivir la vida”.
Se cumplen tres décadas de la que fue, quizá, su primera alegría, cuando tenía veinte años. Gatica es, todavía, un símbolo contradictorio, arbitrario; la vida le fue quitada poco a poco, con un odio que conviene no olvidar.

 

https://i1.wp.com/www.acceder.buenosaires.gov.ar/acceder/images/do/5/2d849c52d11d4fe98923485079a655bc.jpg

El 12 de noviembre de 1963, Gatica murió en el barrio de Barracas, atropellado por un colectivo. Había nacido en Villa Mercedes, San Luis, y vivió una infancia de ausencias. Pasó de la nada a la gloria y por su particular forma de ser se ganó el amor incondicional de muchos y el desprecio de otros. Forjó una estrecha amistad con el presidente Juan Perón quien iba a verlo boxear al Luna Park. De esos encuentros nació la histórica frase del deportista: “Mi general, dos potencias se saludan”

José María Gatica , apodado “el Mono”, nació en Villa Mercedes, San Luis, el 25 de mayo de 1925. Con una infancia dura, se crió lustrando zapatos en las calles de Constitución, en la Capital Federal. Entre su debut profesional en 1945 hasta su último combate en 1956, realizó 95 peleas de las cuales ganó 85 (72 de ellas antes del límite-, perdió 7, empató 2, y una sin decisión) Conocido es el duelo histórico que instauró con su gran rival Alfredo Prada, con el que se enfrentó 6 veces, 2 como aficionados -una victoria para cada uno- y 4 como profesionales -dos triunfos cada uno-, y que dividió al país en dos bandas claramente marcadas y enfrentadas. De hecho, en una de las peleas encarnizadas que protagonizaron Gatica y Prada, este último, con un zurdazo espectacular y fulminante, fracturó el maxilar inferior de Gatica en el lado derecho en el primer round y Gatica continuó peleando semiconsciente hasta el quinto round hasta que un médico lo obligó a dejar la pelea y la ganó Prada por abandono.
Por su modo de ser se ganó con su particular forma de ser el amor incondicional de muchos y el desprecio de otros
Aunque nunca se consagró campeón argentino ni peleó por el título mundial, en 1956, en pelea que no puso en juego la corona, se enfrentó al campeón del mundo Ike Williams, y perdió en el primer round-. El “Mono” Gatica, que pasó de la nada a la gloria y de la gloria a la trágica muerte, murió el 12 de noviembre de 1963, a los 38 años, en un hospital de Buenos Aires, luego que las ruedas de un colectivo lo pasaron por encima. Debido a un problema en una de sus caderas resbaló cuando intentaba subirse al vehículo y sufrió el accidente, que le provocó la muerte
Entre sus anécdotas sobresale la que protagonizó con el general Perón, entonces presidente, -al cual lo unía una estrecha amistad- en el Luna Park. Una de las tantas veces que Perón y Evita fueron a verlo boxear y se sentaron en la primera fila, Gatica, al reconocerlos se acercó a ellos, estrechó la mano de Perón y le dijo: “Mi general, dos potencias se saludan”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: