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Los imprecisos límites del universo

Posted by LA ARGENTINIDAD ...AL PALO en noviembre 25, 2006

Ornamento y color en Graciela Hasper; Clorindo Testa en la jungla de cerámica y las criaturas melancólicas de Pablo Suárez conviven en el circuito porteño de galerías

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En las culturas premodernas el arte tenía un sentido pedagógico: trasmitía los relatos sociales, religiosos y políticos que conformaban el universo espiritual de esas comunidades. Ese fue el origen de los vitrales y frescos de las iglesias medievales. En aquellas épocas hubiera resultado incomprensible la idea moderna del arte como construcción de universos inestables y precarios; los únicos que la mente contemporánea tolera.

En un mundo tradicionalista, creyente en la existencia de una verdad única y definitiva, la muestra que está presentando Graciela Hasper (1966) no hubiera tenido lugar. Si bien esta obra resulta agradable de ver (a su manera, es ornamental), por otro lado pone en evidencia que tras la superficie de las imágenes no hay nada: no tiene intersticios que le permitan a ningún dios manifestarse.

A la vez que elegantes, los cuadros y fotografías de Hasper son de una economía extrema. Formas puras y colores. Eso es todo. Formas y colores que pasan de un soporte a otro: murales de vidrio, fotos, cuadros, videos. En esas imágenes es central la tensión entre lo público (el aspecto arquitectónico, que sueña iluminar las calles y las paredes de la ciudad) con lo privado (la vibración íntima y subjetiva de la experiencia del color).

La obra de Hasper dialoga con una ya larga y consistente tradición del arte moderno: la que va de las veredas cariocas, diseñadas por Burle Marx, a los poetas del minimalismo serial, pasando por los maestros de la primera abstracción y por la arquitectura moderna de las ciudades latinoamericanas. Vibrando en la misma frecuencia que ellos, esta obra manifiesta una conmoción profunda y serena.

(Ruth Benzacar, Florida 1000, hasta el 25 de noviembre)

El muralismo suele ser visto como un arte eminentemente propagandístico: en la Bizancio del siglo V sostuvo el ideal teocrático de la elite imperial y en el México del siglo XX narró la gesta nacionalista y revolucionaria. Sin embargo, muchos artistas han realizado murales que son profundamente personales; libres de todo mensaje adoctrinador. El mural cerámico que está exhibiendo Clorindo Testa (1923) es una prueba contundente en este sentido.

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El mural representa una jungla ondulante, como si un viento suave moviera las plantas. Desproporcionada en tamaño se ve una manzana. Ocupa el lugar central y remite al paraíso bíblico. Sin embargo, el paraíso de Testa es una imagen del mundo antes de que el hombre hollara su suelo. No hay, entre sus plantas de vibrantes colores, ni siquiera huellas de animales.

Por su tamaño (más de dos metros de alto y más de diez de largo) y por la compleja elaboración artesanal que requirió (realizado en cerámica por el Taller 3), este mural es una obra excepcional dentro de la extensa producción de Testa. La sutil interrelación entre la forma voluptuosa y la calidez del color remite a una producción tan sofisticada como la de Henri Matisse.

(Lila Mitre, Guido 1568, hasta el 20 de noviembre).

A comienzos de año murió Pablo Suárez (1937-2006). Desde entonces, diversas muestras de homenaje rescatan aspectos parciales de una obra multifacética. A la espera de la gran retrospectiva que semejante producción merece, Fundación Elía- Robirosa presenta obra suya poco o nada conocida de 1975 a 2000.

Se exhiben varios dibujos, algunos cuadros y también esas esculturas-instalaciones tan propias de Suárez que se han convertido casi en una marca de estilo. Paisajes pampeanos, de cielos inmensos. Retratos de muchachos melancólicos o pícaros, dibujados con maestría. Objetos cotidianos que se rebelan (como una milanesa que se escapa del fuego), quizá por aburrimiento de insistir en el absurdo de ser.

Como en todo gran artista, hay amor en la ironía con que Suárez enfrenta el mundo. La sensualidad de sus muchachos y la soledad estrafalaria de los objetos que resignifica definen los límites imprecisos de un universo, que parece tan caótico como entrañable.

( Fundación Elía-Robirosa, Azcuénaga 1739, cierra el 24)

 

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