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Antártida: la marcha de los cruceros

Posted by LA ARGENTINIDAD ...AL PALO en noviembre 26, 2006

Después de las Malvinas y las Georgias, el crucero Nordnorge finalmente llega al continente más frío; hielo, pingüinos y silencio en un ambiente impactante y conmovedor

A BORDO DEL MV NORDNORGE.- Luego de perder su barco en los hielos del mar de Weddell y sobrevivir catorce meses en el frío antártico, el 24 de abril de 1916 Ernest Shackleton dejó a 22 hombres de su fallida expedición polar en la isla Elefante. Navegó 17 días y 1280 tormentosos kilómetros en un bote salvavidas para conseguir ayuda en Georgia del Sur. Fue un intento casi suicida por la fragilidad de la nave y la legendaria furia de esas aguas, que exigieron luego cinco sucesivos intentos para conseguir regresar a Elefante y finalmente rescatar a todos con vida.

Fastfoward hasta 2006: precisamente por las mismas coordenadas en las que Shackleton se convirtió en un héroe, el crucero noruego Nordnorge se sacude más que nunca. En su ruta a la Antártida, a diez días de zarpar de Buenos Aires y después de pasar por las islas Malvinas y Georgias del Sur, la corriente es tan adversa que el primer objetivo antártico, la mismísima isla Elefante, debe ser dejado de lado porque no se alcanzaría con luz de día suficiente para un desembarco. El descenso de los 260 pasajeros en botes de ocho exige un mínimo de cuatro horas. Imposible.

Y ésa es una de las claves de los cruceros antárticos con descensos a tierra (a diferencia de los que sólo navegan): no pueden prometer itinerarios exactos debido a las cambiantes condiciones meteorológicas, previsibles sólo hasta cierto punto, con determinada anticipación. Muy lejos de correr los riegos de aquellos temerarios pioneros, las compañías consideran una cantidad de posibilidades y optan sobre la marcha, siempre con la premisa de cubrir ciertas expectativas.

Pero en la Antártida, el continente salvaje, sin fronteras, gobierno ni moneda, lo único ciento por ciento anticipable es que todo se puede transformar de un momento a otro. En cuestión de horas se experimentan las cuatro estaciones. Y eso es algo que sus aguas, vientos e islas enseñan rápidamente, y no siempre de buena manera; lo entendió Shackleton y lo sabe ahora cualquier turista desde la comodidad y el abrigo de su camarote. Y ésa es también una de las cosas que dan a este viaje un carácter mítico.

Mate en polaco

En lugar de Elefante, entonces, la entrada a este continente será la isla 25 de Mayo o King George, según el origen del mapa consultado, la mayor de las Shetlands del Sur. Justo sobre la gran península blanca, es algo así como la capital antártica, un downtown helado con la mayor concentración de bases. Incluyendo la científica Henryk Arctowski que, resguardada en bahía Lasserre o Admiralty Bay, de nuevo según el mapa que se mire, es una parada clásica en este tipo de viajes, por posición y accesibilidad.

Como primera imagen de la Antártida, dos cosas resultan de lo más llamativas el domingo por la mañana. Primero, el sol que brilla sobre mar y hielo, el cielo celeste, el suelo verde de musgo y las montañas descubiertas. Sólo falta un par de turistas dándose un baño en la playa de piedras. La otra curiosidad es el personal de Arctowski, de bajo promedio de edad y actitud relajada. Mikjael, por ejemplo, parece el baterista de una banda grunge , pero es el cocinero y disfruta en bermudas y remera negra este cálido día de su segundo verano antártico. Saluda a las visitas tomando mate. “Colegas de la base argentina Jubany nos regalaron este mate y veinte kilos de yerba. Está bueno, nos gusta más que el café”, cuenta, mostrando una sonrisa en la que se extraña algún diente clave. No casualmente la primera palabra que ensaya en castellano es tranquilo y vuelve a reírse con ánimo de día de sol en la Antártida.

Mikjael no es la excepción. Los demás polacos también saludan divertidos el fugaz desfile de cruceristas, al que aceptan estar habituados, pero que tampoco les cambia mucho la vida. Venden remeras con el escudo de Arctowski a 25 dólares y dan la posibilidad de una foto imprescindible en cualquier álbum antártico, junto al cartel con las distancias entre este lugar y Varsovia (14.473 kilómetros), Buenos Aires ( sólo 4083) y otras ciudades.

Merienda en Medialuna

El mismo día a la tarde el Nordnorge llega a la isla Medialuna, una de las más pequeñas Shetlands, de autodescriptivo nombre. Se acerca a la vacía estación argentina Teniente Camara que, como lo recuerda su impreso diario en inglés y en alemán, ha estado “esporádicamente ocupada en los últimos años debido a la economía de su país”.

El descenso se produce justamente a medio kilómetro de la Teniente Camara, donde tiene hogar una colonia de pingüinos de barbijo, que se caracterizan por la línea negra en su plumaje que parece ajustarle algo en la cabeza. Más allá de esta excusa de observar de cerca los pingüinos, que no temen la presencia humana, la verdadera recompensa está en los 360° de paisaje indescriptiblemente virgen, la caminata sobre esta nieve franca, el aire frío y puro. Por alguna razón, en cada uno de los pasajeros se nota una sonrisa serena. A pesar del cansancio, el viento y la baja temperatura, algo anda muy bien.

Algo sale mal

Hay un pasajero brasileño que no baja del Nordnorge sin una mochila de emergencia que incluye abrigo, alimento concentrado y dispositivos para señales luminosas. Por supuesto, el día de la excursión a la isla Couverville, este prevenido hombre ya regresó tranquilamente al barco cuando el viento cambia de tal forma que el operativo de vuelta debe interrumpirse, dejando a unas cincuenta personas en tierra.

Esta mañana, al correr las cortinas los pasajeros se encontraron con un barco cubierto de blanco y con varios centímetros de nieve en cubierta. Con el festivo espíritu de la primera nevada, los botes se abrieron paso entre pedazos de hielo hasta Couverville para conocer a los pingüinos papúa, algo parecidos al de Magallanes. El tiempo para permanecer en el lugar era de una hora, pero después de los primeros grupos los botes dejaron de venir a buscar gente.

A medida que el tiempo pasa se hace más evidente que hay problemas. Cuando el staff de la expedición ofrece trajes térmicos a quienes sienten demasiado frío, algunos sospechan que quizás haya que pasar un buen rato en Couverville. Pero cuando el equipo comienza a armar varias carpas en la isla, ya hay razones para temer en serio que estas vacaciones se parezcan más de lo conveniente a la serie de televisión Lost .

Entonces ocurre algo tan inevitable como interesante: la situación turística “controlada” que se genera en cada sitio cuando llega un crucero empieza a desarmarse. Los guías se transforman en un equipo de manejo de crisis. Los pasajeros adoptan distintos roles: desde víctimas hasta colaboradores activos en las tareas de supervivencia. Los senderos marcados con banderines rojos quedan totalmente ignorados. Un grupo, por ejemplo, sigue al geólogo alemán Stefan Kredel en un trekking fuera de programa que paradójicamente quizá sea la actividad más divertida del viaje. Otro camina hacia puntos de la isla con colonias de pingüinos más numerosas de las que se verían según el plan original.

Y lo más raro es que la incertidumbre, el temor y el frío iniciales dan paso a una de las tardes más entretenidas y lúdicas. Los sesenta minutos previstos para Couverville y sus plumíferos se transforman en cinco horas con varios de los condimentos del cine catástrofe, aunque en formato más bien de comedia Así que cuando eventualmente son rescatados, reanimados con chocolate caliente y depositados en el barco, los sobrevivientes reciben una ovación de parte del resto. No hay víctimas que lamentar.

Al contrario. A partir de lo de Couverville se percibe en general un aire de día después , de mayor integración. Ideal para la próxima bajada, especialmente importante por tratarse de la única en la península del continente, no en una isla.

Para algunos, la península es más Antártida que cualquier isla. No para Stefan, el guía alemán que trabaja en este tipo de cruceros alrededor del Polo Sur y el Polo Norte, aunque su casa está en Buenos Aires, donde tiene una hija. Llegó a la Argentina y una de las primeras palabras que aprendió fue corralito , así que optó por quedarse, pero ganándose la vida afuera. “Hay pocos sitios donde desembarcar en la península. Y la verdad es que suele haber más para ver en algunas islas”, explica en inglés con acento alemán y alguna palabra en porteño.

Es cierto: en puerto Neko (no imaginar nada parecido a un puerto), dentro de la espectacular bahía Andvord, sólo hay más pingüinos y una combinación de viento y nieve que por momentos disminuye la visibilidad a unos 20 centímetros. En tres minutos la tormenta para, el cielo se despeja y los pingüinos reaparecen de abajo de la nieve. Y en dos minutos más, todo vuelve a empezar. En Buenos Aires, los transeúntes se disputan el refugio de los balcones ante la mínima llovizna. Acá, cada sacudida meteorológica es celebrada como una bendición. Y está bien, hay que estar agradecido porque ese viento es la más explícita bienvenida que la Antártida puede dar.

Hola, chau

Ya pasaron más de dos semanas de navegación. Y justo en el mejor momento comienzan las despedidas. En la isla Wiencke se baja, cual pasajero de taxi antártico, Rick Atkinson para abrir la base inglesa de Port Lockroy (ver nota en página siguiente). Y llega el día del último descenso en Decepción, una de las Shetland del Sur que, al menos en esta oportunidad, no hace honor a su nombre. Es una isla insólita, muy antártica: se trata, en realidad, de la cima de un cráter volcánico por lo cual el paisaje incluye los siguientes elementos: nieve, tierra negra, ruinas de una estación ballenera volada durante la última erupción, agua de mar a 1°C y… lagunas termales a casi 40°C.

Pocos viajeros nórdicos se resisten a la tentación de un buen baño en… la Antártida. Así que la tripulación del Nordnorge ofrece un certificado firmado por el capitán a quienes se zambullan primero en el mar (“deben mojarse el cabello”, aclaran) y después en estas rarísimas piletas antárticas a las que incluso hay que enfriar con baldazos helados. Noruegos y finlandeses encabezan el ranking de los bañistas más australes del mundo. Aunque también algunos brasileños se animan, como Marina Bandeira, una paulista que aprovecha el vacío legal y cumple con el rito, pero protegida con un traje de neoprene, tipo surfer.

Demasiado frío y demasiado calor. La Antártida es un continente excesivo. Cualquiera lo puede imaginar así, pero igual se sorprende al vivirlo. Y, por lo que aseguran Stefan y otros pasajeros frecuentes, el efecto no pasa con el tiempo. Por el contrario, siempre se quiere volver. “Todos tienen su Antártida”, dijo Thomas Pynchon. Así que el que puede permitirse ir a conocer sus excesos no debería postergar el viaje un segundo. Difícil pensar en otra cosa mientras el Nordnorge, a 18 días de salir de Buenos Aires, cruza un inusualmente calmo estrecho de Drake rumbo a Ushuaia. 

Cómo llegar

El barco Nordnorge, de la compañía noruega Hurtigruten, realiza cruceros con distintos itinerarios entre Buenos Aires y la Antártida hasta marzo. Viajes de 15 a 18 días, tarifas desde 5694 dólares más impuestos (pensión completa, aéreos complementarios, excursiones y propinas incluidos). En la Argentina, Hurtigruten es representada por Oremar. Julio A. Roca 636, Piso 13; 4346-7777.
oremar@oremar.com; www.oremar.com

No olvide…

La ropa térmica e impermeable, desde ya, incluyendo medias especiales y guantes. Y opciones livianas; el clima es cambiante y en el barco, más que agradable. Protector solar, imprescindible. Pastillas para el mareo, para algunos…

Código del buen visitante, por el impacto ambiental

Cien años atrás la Antártida era un misterio y un mito, el último lugar en el que nadie podía pensar como destino de vacaciones.

Hoy hay hasta turistas espaciales. Pero no hace mucho que los cruceros pasan los 60° de latitud sur. Desde que en 1958 llegó un primer barco, hasta fines de la década del ochenta sólo unos pocos turistas viajaban cada año al continente frío, especialmente a bordo del MS Lindblad Explorer.

No obstante, en los noventa el turismo se convirtió en la actividad humana de mayor escala en la Antártida. Actualmente llegan unos 140 barcos turísticos cada verano.

En 1991 se formó la Asociación Internacional de Operadores Turísticos Antárticos (Iaato, sus siglas en inglés) con el fin de regular la actividad, promover el turismo responsable y prevenir las indeseables consecuencias ecológicas del tránsito fuera de control por estas aguas.

Con voz en la reunión anual del Tratado Antártico (firmado en 1961, con la Argentina como miembro consultivo), la Iaato propugnó formalmente una Guía para los visitantes de la Antártida que insta a los viajeros a no dejar desechos en el continente, no llevarse ningún tipo de souvenir (esto incluye huesos de animales y también rocas) y no acercarse ni interferir con la vida animal. A su vez, la Iaato coordina los desembarcos antárticos para que en ningún lugar haya más de cien turistas al mismo tiempo, por razones de impacto ambiental.

En la Antártida operan unas cuarenta bases de veinte países. 

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