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BERTRAND TAVERNIER HOMENAJEA A PHILIPPE NOIRET

Posted by LA ARGENTINIDAD ...AL PALO en diciembre 2, 2006

Carta de un amigo

 

El premiado realizador lo dirigió en ocho películas, entre ellas «Más allá de la justicia» y «El juez y el asesino». Con emoción y cariño, aquí recuerda al actor.

LA VIDA Y NADA MAS. El filme que Noiret eligió cuando le dieron un premio a su carrera en Canne

Fue un amigo, un hermano, un padre. Le debo todo. Y ahora, abrumado por el dolor, no sé cómo hablar de él. Debo llorar mi recuerdo. Fue su fidelidad a la palabra dada, su sentido del honor, lo que me permitió hacer El relojero de Saint Paul (1974), pese a que el guión había sido rechazado prácticamente por todos los productores y distribuidores en París. Durante más de dieciocho meses, mientras me rechazaban y humillaban, él me apoyó, estuvo en mi rincón, sin renegar de su compromiso. Yo, sin embargo, nunca había hecho antes una película, y si él hubiera abandonado el barco, hoy no estaría aquí.

Y a los pocos meses, cuando pude hacer la película y estábamos filmando en Lyon, me dijo: «Es gracioso, estoy en muchas primeras películas pero nunca en las segundas.» Y yo respondí, «¿Cuánto querés apostar, Philippe, a que estarás en mi segunda película?» Fue Que empiece la fiesta.

Nunca nos separamos. Compartimos todo —nuestras pasiones, nuestra risa descontrolada, nuestra bronca, nuestros gustos y nuestras aversiones. Eramos dos provincianos emocionalmente torpes (yo mucho más que él), curiosos, abiertos. Nos comunicábamos oblicuamente, por alusiones, anécdotas y miradas de complicidad. Cuando, al final de una toma, yo decía, «Corten», él miraba hacia donde yo estaba y antes de que pudiera dar una opinión, decía, «Vamos, hagámosla de nuevo.» Hasta tal punto era parte de mi vida que le mostraba los guiones y los primeros montajes de películas en las que él ni siquiera actuaba. Necesitaba de su consejo, de su amistad, como la de Claude Sautet.

Era un actor muy generoso que quería mucho a sus coprotagonistas. Lo vi expresar su admiración por Michel Calabru en El juez y el asesino, por Isabelle Huppert y Eddy Mitchell en Más allá de la justicia. Por Fran»cois Perrot y Sabine Azema en La vida y nada más. Por Jean Rochefort ya en La Porteuse de Pain. Y por Claude Rich y Jean Vilar y Gérard Philippe.

Oírlo hablar de los viejos tiempos, de Alfred Hitchcock y Gary Cooper, me invadía de ternura. Era feliz cuando algo le gustaba y sus admiraciones eran contagiosas. Daba la sensación de que lo fortalecían. Siempre hablábamos de la amplitud de nuestras admiraciones: por Gary Cooper, que a los dos nos habría encantado poder conocer, por Hitchcock, por Fred Astaire, Mario Monicelli, Marcello Mastroianni y Marco Ferreri.

Me enseñó mucho, me hizo descubrir escritores, pintores y también me transmitió cierto arte de vivir, con elegancia y discreción. Me transmitió una manera de percibir a los actores y me mostró que se podía ser exigente y apasionado sin dejar de ser agradable y gentil.

Tenía esa politesse extraordinaria gracias a la cual todo parecía salirle muy fácilmente. A veces fingía que no sabía qué escena íbamos a filmar, que debía ir a leer el guión aunque ya lo sabía de memoria. Esa modestia. Nada de gente a su servicio, nada de tiempo para meterse en el personaje.

Como su amigo, Marcello Mastroianni, era una persona que nunca necesitaba nada en el set de filmación. Lo nutría toda la calidez del rodaje de una película y del elenco, de mezclarse con los técnicos, observando, aprendiendo de lo que veía.

Mi productora, Little Bear, hizo dos de sus últimas películas, Padre e Hijos y Edy, y mi socio Frédéric Bourboulon cuenta que durante la filmación de la primera película, en una callecita apartada, en una pausa entre escenas, creyendo estar solo, Philippe alzó los brazos al cielo y gritó: «¡Esto es lo que me gusta de hacer películas!» Se sorprendió al ver que Fred estaba mirándolo y sonrió un poco incómodo.

Compartí con él sus compromisos, sus búsquedas. Estuve a su lado en Verdun durante la filmación de La vida y nada más, cuando trataba de comprender cuál había sido la verdadera experiencia de su propio padre yendo tras sus pasos. Se alió a mi lucha por hacer la película aceptando (junto con Sabine Azema) ceder la mitad de su cachet habitual. Y es la película que eligió proyectar cuando, en el año 2000, el Festival de Cannes le rindió un homenaje.

Parecía totalmente asimilado a la ira, el sentido del deber y las sutiles fisuras del Mayor Delaplane, ese oficial profundamente republicano («El Senador de Courteil tiene una idea siniestra de la República» —esa línea, escrita por Jean Cosmos, me da escalofríos cada vez que la escucho), ese hombre de otro tiempo (como se describe a sí mismo, agregando «1913» porque, en cuatro años, todo un mundo había desaparecido). Un hombre que escribe a la mujer que ama: «Te esperaré, pero no más de cien años, 101 quizá.»

Ahora soy yo a quien le toca esperar. ¿Podré esperar cien años?

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