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Cartagena de Indias viajes

Posted by LA ARGENTINIDAD ...AL PALO en diciembre 3, 2006

Gloriosa y eterna

Sus cinco siglos de historia lograron una alquimia atrapante entre lo mágico y lo real. Calles laberínticas, exuberante vegetación, recovecos misteriosos y colosales construcciones conviven en esta ciudad caribeña a la que siempre se quiere volver.

Tras el primer vistazo desde la avenida Santander, que comunica el aeropuerto con la ciudad, Cartagena parece pequeña, inmune al paso del tiempo y abarcable en unas pintorescas caminatas bajo el sol del Caribe. Sin embargo, las apariencias engañan y basta con penetrar en su riqueza histórica, sus calles laberínticas cargadas de flores -que la han hecho merecedora de un concurso anual de balcones- y la fascinante geografía para darse cuenta que su palpitar la convierte en una gran urbe, con atractivos que se multiplican paso a paso. Mágica, pero muy real, sus casi 500 años de existencia fueron prolíferos e impregnaron de misterio cada recoveco conservado intacto y que sólo puede ser descubierto sin prisa, con los ojos bien atentos y el espíritu dispuesto a la algarabía rumbera, propia de los colombianos.

Fundada en 1533 por Don Pedro Heredia, es la segunda ciudad más antigua de Colombia, después de Santa Marta. Sus habitantes, que hoy suman 1.200.000 en su mayoría mulatos, sostienen que la ciudad les ha quedado chica y para conocerla hay que tomar muy en serio esa opinión. Se la puede dividir en dos grandes polos: el casco histórico amurallado y la zona moderna donde están las tiendas de compras, los grandes hoteles, multiplicidad de restaurantes y las discos de la calle del Arsenal, alternados con la exuberante vegetación minada de almendros añosos. Tal vez los mismos que brindaban refugio a Florentino Ariza -mientras aguardaba el paso hacia el colegio de Fermina Daza- en las páginas de El amor en los tiempos del Cólera, la inolvidable novela de Gabriel García Márquez.

En los siglos XVI y XVII Cartagena fue el blanco predilecto de piratas y corsarios deseosos de arrebatar alguna de las tantas riquezas en oro y piedras preciosas que partían desde sus costas hacia el Viejo Mundo. Su vulnerabilidad impulsó a la corona del Nuevo Reino de Granada a construir una increíble muralla (aún en pie) de casi 11 km que encierra lo que hoy se denomina el Centro Histórico.

Frente a la colosal estructura de tres metros de espesor atrae la vista del viajero otro gigante de piedra: el Castillo de San Felipe de Barajas, la edificación militar española más grande en el Nuevo Mundo. Su construcción comenzó en 1536 y duró hasta 1657, y fue pensada para proteger a la ciudad del ataque de piratas porque permitía una estratégica vista de la bahía. Aún hoy están intactas sus torres y sus pasadizos donde los soldados se escondían para sorprender al enemigo. Otro atractivo es el Cerro de la Popa, a 186 m.s.n.m., que permite una vista panorámica de la ciudad y donde existe un convento construido por los frailes agustinos en honor a la Virgen de la Candelaria.

Quienes estén deseosos de más sol y playa, Cartagena también les brinda esa opción de esparcimiento. A sólo una hora de lancha y hacia el sur se encuentran las Islas del Rosario, donde se puede practicar snorkel y buceo en aguas increíblemente cálidas y transparentes, pasar un día en medio de una paz reparadora y deleitarse con algunos platos típicos de pescado, como el pargo rojo servido con arroz con coco y patacones (tortillas de plátano).

Ahora sí el paso siguiente, sin dudas, es acercarse a la muralla y zambullirse en la historia por alguno de los accesos. El más atractivo es la Torre del Reloj que fue en la colonia la única entrada al casco y actual lugar de encuentros y citas de enamorados. Al traspasar la arcada se encuentra la Plaza de Coches donde se practicaba el comercio de esclavos. Por ese espacio a cielo abierto desfilaron millones de negros traídos de lugares remotos como el Congo, Guinea, Angola en barcos llamados tumbeiros y apreciados por su altura y fuerza física con la que los españoles buscaban reemplazar a los caramarí, un grupo aborigen de la zona, muy guerrero y sin ninguna vocación de sumisión, que por su resistencia fue exterminado en poco tiempo.

El descomunal tráfico de carne humana generó la reacción de un jesuita llamado Pedro Claver, quien vivió en la iglesia que hoy lleva su nombre, hasta que el Parkinson le quitó el último aliento. Por su lucha humanitaria mereció el título de “esclavo de los esclavos” o “el apóstol de los negros”. A metros de la monumental edificación religiosa se encuentra la calle de la Amargura, llamada así porque era el último tramo que recorrían los condenados por la Inquisición. Los recuerdos de aquella época oscura aún se conservan en un museo dedicado al temido tribunal. Como el promedio de la temperatura anual ronda en los 32°C, antes de continuar el paseo conviene tomar un respiro y aprovechar para disfrutar algunas de las delicias locales que se ofrecen a viva voz en las calles. Alegrías de coco, tamarindo, papaya, mango y jugos de frutas tropicales son parte de las opciones, o bien tragos y cervezas servidos bajo las sombrillas de una de las tantas plazas como la de San Diego, San Pedro y Santo Domingo donde, a la vez, es imposible no toparse con vendedores ambulantes dispuestos a no dejar escapar a ningún comprador. Si uno se entrena rápido en la técnica del regateo, se pueden obtener lindísimos collares de piedras Tayrona y semillas de los lugares más remotos del país.

Más adelante, bordeando la muralla, se puede saciar la necesidad de comprar otros souvenires y objetos típicos. En lo que se llama Las Bóvedas, antiguo refugio militar y más tarde calabozos, funcionan pintorescos negocios donde hay desde camisas guayaberas, morrales tejidos y máscaras realizadas a mano, hasta esmeraldas cuyo brillo y belleza dejan sin habla -al igual que el precio- porque arrancan en los U$S2 y trepan hasta el valor de un O Km.

Como por suerte hay pocos autos que contaminen el paisaje, caminar por los adoquines de Cartagena es un placer inusual. Sin embargo, quienes no estén dispuestos a largas caminatas tienen la opción de recorrer el casco al trotecito, en uno de los tantos mateos que hay por la zona. Si se permite deambular libremente hay edificaciones que no conviene perderse: el Convento de San Agustín (sede de la universidad y con estilo florentino), la Plaza de la Aduana y el hotel Sofitel Santa Clara, reconocido como el más increíble de la ciudad y que ostenta el prestigio de haber sido en otra época convento, hospital y escuela.

En 1984, Cartagena fue nombrada por la UNESCO, Patrimonio Cultural de la Humanidad y este impulso le ha permitido conservar y restaurar aquellas casonas majestuosas que antes eran morada de condes y virreyes. Hoy las fachadas reviven las glorias del pasado en vibrantes violetas, amarillos, rosas y naranjas. Una postal que se imprime en la retina y se atesora en el corazón con la esperanza del regreso. Al despedirse del viajero con una sonrisa siempre bien dispuesta, los lugareños arrojan una certeza esperanzadora: “Hasta pronto, porque quien viene a Cartagena, siempre vuelve”, dicen. Que así sea.

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