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ENTREVISTA AL MUSICO URUGUAYO

Posted by LA ARGENTINIDAD ...AL PALO en diciembre 5, 2006

«Sigo en las canchas»

 

A diez años de su último disco con canciones propias, y a treinta del primero, «Candombe del 31», el músico uruguayo vuelve al ruedo con «Fuera de ambiente», un CD con temas de su historia personal reciente, como la muerte de su madre o su primer casamiento con papeles. Y dice que volvió al «under».

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Hace cuatro años, antes de los últimos conciertos que daría en el Luna Park, Jaime Roos hizo un anuncio que sonaba a apocalipsis, a exageración: había que olvidarse de verlo en vivo hasta el 2007, porque se recluiría para dedicarse a crear un disco nuevo. Hoy que el tiempo ya pasó, queda demostrado que en aquellas palabras no había grandilocuencia de estrella, sino puntillosidad de obsesivo: ahí está el flamante Fuera de ambiente, y en unos meses tendremos al mejor músico uruguayo de la actualidad recorriendo escenarios otra vez. Es, en rigor, su primer disco de canciones nuevas en diez años (desde Si me voy antes que vos, de 1996), un período que llevó a algunos a preguntarse si a Roos se le había «acabado el agua del pozo», para usar sus propios términos. El explica que si pasó tanto tiempo fue por estar abocado a proyectos pendientes (el disco en vivo Concierto aniversario; el de versiones de canciones de otros músicos uruguayos, Contraseña; la producción de Cuando el río suena, de Adriana Varela; la musicalización de obras de teatro y películas; giras de 300 recitales), y jura que nunca padeció el temor al pentagrama en blanco: «El día en que no se me ocurran más canciones, no me voy a hacer ningún problema: dejo de hacer discos, y listo. Si ya grabé como quince. El único temor que tengo al hacer un álbum es mi propio sentimiento acerca de él. El disco lo hago para mí; como dijo Piazzolla, con la esperanza de que les guste a los demás. Pero si le gustara a todo el mundo y a mí no, lo consideraría un fracaso».

¿Y te gusta?

Me gusta.

Para componerlo, Roos se encerró en «La Cucha», su casa en La Floresta, un balneario cercano a Montevideo. «Me agarraba de las solapas y me obligaba a estar solo. El año pasado me convertí en un monje budista criollo: prácticamente no vi amigos. El único tiempo libre que he tenido he intentado dárselo a mi familia. Ahora espero volver a ser un terráqueo. Uno tiene que sacrificarse mucho cuando quiere hace una obra. De teatro, de cine, un libro, una casa, lo que fuere. Hay que tener en cuenta que yo soy el letrista y el compositor, pero además soy el arreglador, el productor artístico y el cantante, y además soy el guitarrista, el bajista y el productor ejecutivo. A esta altura del partido, yo no le puedo dar un arreglo mío a nadie. Encima soy lento, me tomo mi tiempo. Y en mi vida hubo una serie de contratiempos, algunos muy buenos y otros muy malos, que atrasaron el material. Tendría que haber sido publicado hace un año. Pero bueno, ya pasó. El disco se terminó. El disco sale».

Un porteño estudioso del ser oriental dijo que si Jaime Roos fuera aun más uruguayo, sería un mate. Cálido y formal a la vez, su voz grave, tan característica de la otra orilla del Río de la Plata, va armando las frases pausadamente, como si estuviera redactándolas. Alto, atlético, los 53 años sólo se notan en la madurez de sus palabras. Esboza una queja hacia el bramar de los colectivos que inunda el bar de San Telmo, da un mordisco a un mixto tostado y, sin esperar pregunta alguna, aclara cuáles fueron aquellos «contratiempos» que demoraron el disco. «Mi madre se enfermó y después falleció: fueron seis meses durísimos, en los que no abrí el estuche de la guitarra. Aun así, logré componerle una canción. Se la dejé escrita en su mesa de luz, y llegó a leerla una semana antes de morir. Quedó feliz. Como tengo la suerte de no ser depresivo, no he perdido la alegría, pero todavía no me recuperé de su muerte. Soy hijo único, estaba muy apegado a ella». Los ojos nublados se despejan cuando se refiere al otro motivo de demora: «Me casé, y tuve que hacer una casa: se me fueron tres meses entre sillones y latas de pintura».

¿El «Fuera de ambiente» está relacionado con algo de todo esto?

Es una frase comodín, que puede ser entendida por la positiva o la negativa, y la extraje del Tema del hombre solo. En terminología médica, sacar de ambiente a un paciente es anestesiarlo, darle morfina cuando está teniendo mucho dolor. Mi forma de estar fuera de ambiente es haciendo música: a mí me es muy duro el mundo visible, y con la música trasciendo, entro en un mundo mucho más grato. Por otra parte, el disco está fuera de ambiente. Y aquí viene el lado negativo de la expresión. En este mundo musical y artístico en que vivimos, tengo la curisosa y gratísima sensación de mis comienzos: ¡soy under, nuevamente! Aunque venda muchos discos, me siento un sapo de otro pozo haciendo estas canciones en el mundo musical del que estoy rodeado y que me bombardea cotidianamente.

¿Demasiado regaettón?

Yo no estoy en contra de ningún estilo nuevo. A mí, lo que me hace sentir fuera de ambiente es la óptica con que se encara la música, las prioridades, los ideales. Siempre existió la música de marketing, pero es grave la forma en que este concepto ha impregnado a la música sincera. Antes, si uno se parecía a alguien, era muy mal visto. Hoy uno tiene que parecerse a alguien para ser aceptado.

El disco sale a 30 años del primero que grabaste, «Candombe del 31». ¿Qué evaluación hacés de tu carrera?

Como todavía estoy en esto, no puedo hacer evaluaciones, porque nunca paré. Yo qué sé qué pasó. Sí tengo recuerdos muy fuertes de lo que fue entrar al estudio a grabar mi primera canción, en París. Yo toqué todos los instrumentos, porque no había nadie que pudiera tocar ese estilo de música y además no podía pagarle a ningún músico. Ahora tengo casi (porque nada se compara al primer disco) las mismas ganas y el mismo entusiasmo de mostrar un nuevo trabajo. Treinta años después, sigo jugando en las canchas.

¿Es cierto que cargaste aquel primer disco por toda Latinoamérica?

Sí. En el 77 me vine a dedo desde México hasta Montevideo: con la cinta atravesé desiertos, selvas, los Andes, me subí a cinco mil metros de altura. La perdí en el aeropuerto de México, la recuperé… La tenía en el medio de la mochila, rodeada por ropa. Lo único que me importó en ese viaje fue que no se me arruinara la cinta, que era la única que existía, con las cuatro canciones que había grabado en París. En Montevideo grabé y mezclé los otros seis temas en trece horas, lo mismo que hoy me lleva grabar la batería de un tema. Ahí están Cometa de la farola, Carta (a Poste Restante), Tu vestido blanco, que después fueron importantes en mi repertorio futuro. Después volví a Europa.

En «Postales para Mario» decís que «frescura no rima con sabiduría». ¿Envejecer es volverse sabio?

Uno cuando envejece se pone sabio o se pone gagá: no hay término medio. Lo de frescura no rima con sabiduría, lo sabe sólo una persona que pasó los 40, cuando siente que empezó a perder la frescura de asombrarse con una puesta de sol, sentir el olorcito mañanero, pero puede comprender una serie de cosas mejor que antes. Cuando tenía veintipico de años, yo vivía angustiado, confuso, pero al mismo tiempo era muy fresco. Ahora, el 12 de noviembre, acabo de cumplir 53 y trato de mantener mi frescura. Creo que en muchos casos lo consigo, pero no es lo mismo. Hay una frase de esa canción que dice Dios nos tenga en la gloria, y el diablo en su memoria, acaso no es la buena oración. Porque tan buenitos no fuimos, algunos excesos cometimos.

¿Tuviste varias vidas, como la última canción del disco, «Vida número dos»?

Mirá, yo ya ando entre la diez y la quince (risas). Mi vida número dos fue cuando me fui a Europa a los 22 años, dejando detrás a mi familia, mis estudios, mi novia, mi país. Luego me ha tocado tener dos o tres separaciones muy dolorosas, donde se puede hablar de una nueva vida. También cuando me volví a Uruguay: después de diez años en Europa, llegué sólo con una valija, una guitarra, un bajo y sin amplificador. Esa canción se adapta a cualquier tipo de situación de vida número dos. Y termina con la frase Camino lento/ Candombe y viento/ Camino largo/ Camino amargo. Eso es la vida

 

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El disco: algo muy personal

«Este disco es muy sugestivo. Hablo mucho de mí, del mundo que me rodea, de la gente a la que quiero. Hay otros discos en los que miro más hacia afuera. Acá miro más hacia adentro», define Jaime Roos a Fuera de ambiente, que aparece el domingo próximo. Allí conviven ritmos clásicos de Roos (candombe beat, marcha camión, murga). Dedicado «a la presencia de Verónica Pott», su mujer, y «a la memoria de Catalina Alejandro de Roos», su madre, está impregnado de sentimientos íntimos. Abre con Postales para Mario, dedicada a su mejor amigo, el fotógrafo Mario Marotta. Sigue con Catalina, un homenaje a su madre: «Fue hecha por el shock que sentí al ver que estaba enferma y se iba a morir».

Hay tres temas de amor, compuestos bajo el influjo de su romance con Verónica, con quien hace dos años constituyó, por primera vez en su vida, un matrimonio con papeles. Son Sólo contigo, la bellísima Te quería decir y Esquela. «Sólo contigo -explica— es lo opuesto a mi viejo tema Nadie me dijo nada. Cuántas veces se dio/ cuántos trenes se fueron/Fue casi nunca y esta vez no me duermo. Te quería decir no podría haber sido compuesta por un adolescente: Ambos nos asombramos/ De saber que es acá/ De saber que va en serio/ De dejarnos llevar no podría decirlo una persona muy joven; ellos se enamoran y listo, no se asombran de saber que va en serio. Esquela es típica del inicio del romance, cuando deja papelitos con mensajes de amor. Es un signo del amor con burbujitas». De la canilla es una versión candombe del tema —con letra de Raúl Castro— que Adriana Varela grabó como tango. Lo completan Por la mirada (habla de guiarse por la intuición, algo que yo aprendí a hacer»), Por amor al arte («un himno a los artistas»), Tema del hombre solo («es escéptica, a veces uno se siente así»), y Vida número dos. Lo presentará del 17 al 25 de febrero en la costa uruguaya, y aquí, el 27 y 28 de abril en el Luna Park. 

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1976-2006: Claves de un artista obsesivo


A 30 años de aquel Candombe del 31, Jaime Roos definió lo que todo artista aspira y pocos alcanzan: una obra. Desde aquellas canciones con frescura casi adolescente hasta este Fuera de ambiente (de un hombre maduro que se volvió a casar, que se quedó sin su madre y que observa cómo sus amigos se van quedando pelados como él) hay un abismo, sí, pero también recurrencias que son las que impregnan su arte.

Hay elementos de esa obra que ya se transformaron en un lugar común. Ya se dijo: musicalmente Roos mezcló ritmos como la murga y el rock, el candombe y la milonga, el tango y el folclore sudamericano; líricamente, tomó el fútbol y el Carnaval como emblemas de una tradición y como metáfora. Sin embargo, una escucha atenta de sus discos permite encontrar detalles que, justamente, marcan la diferencia y lo erigen como uno de los músicos más grandes de América del Sur.

Esos detalles tienen que ver con una búsqueda poética intensa, que esquiva todo estereotipo. En un país conservador como Uruguay, Roos esquivó hábilmente la protesta y el costumbrismo obvio. Su preocupación fue retratar los conflictos del ser humano de un modo sencillo y elegante a la vez. El paso del tiempo, la soledad, la carretera, la amistad, son temas que lo persiguen desde siempre.

Los detalles tienen que ver también con el sonido. Roos es un extraordinario productor artístico (de hecho, bajo su batuta brillaron artistas que sin él se perdieron en la nada; ahí está el Canario Luna) y trata cada uno de sus discos como artesanías y con una obsesión que lo deja de cama, o aislado por meses, peleado con medio mundo, incluso consigo mismo.

Quizás por eso demoró diez años en sacar un disco nuevo de canciones y estuvo distraído volviendo una y otra vez a viejas canciones para mejorar mezclas originales. Este Fuera de ambiente ratifica el camino, subraya la obra. Tal vez haya perdido la sorpresa (lo dice en Postales para Mario: «frescura no rima con sabiduría») , quizás haya perdido cierto afán experimental, cierto riesgo. Pero no perdió la raíz beatle: sigue buscando la belleza por la belleza misma, sigue molestando, sigue escribiendo canciones demoledoras y sigue buscando la canción perfecta. Tal vez la encontró y no lo sabe. Tal vez, simplemente, se hizo cargo de su edad. Una muestra de sabiduría.

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