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La vida, ese milagro

Posted by LA ARGENTINIDAD ...AL PALO en diciembre 24, 2006

Son mujeres que conviven con el virus del sida y pensaron que nunca serían mamás. Pero gracias a los médicos de un hospital público, hoy pueden pasar la Nochebuena con el mejor regalo que les pudo dar la vida: un hijo que nació sano.

Natalia, a minutos de su nacimiento, va camino a los  brazos de María, su mamá.

“Festejamos el índice cero de bebés nacidos con el virus, pero no olvidamos a los que sí se contagiaron y a las mamás que murieron.” SUSANA HERMOSID, TOCOGINECOLOGA DEL HOSPITAL DURAND

Natalia ya nació. La doctora Hermosid la sostiene en sus brazos.

La sala de partos se llena de pasos ansiosos. Ella, con la panza tan enorme que parece que un instante más y estalla; así de grande, así de hermosa, así de redonda. Está desnuda sobre la camilla. Sus pechos gigantes revientan de tanta leche. Este es el día y la hora fijados para que nazca su beba. Es una nena, ya lo sabe.

Sus brazos están conectados a un líquido incoloro que le recorre las venas. Es AZT, el retroviral más conocido por aquellos que tienen el virus del sida, como María. Afuera, en el pasillo del Hospital Durand, su marido, Fabián S., está inquieto. Se sienta, se para, se apoya contra la pared vidriada, mira a través de los ventanales. Allá afuera, sobre la avenida, todo sigue igual; la vida cotidiana no se detiene. Sin embargo, para él, el mundo parece haber entrado en otro plano. Verá la cesárea a través de una ventana, pero enseguida podrá tener a su hija en brazos.

Este sería un nacimiento más si no fuera por algunos preparativos especiales y por las maniobras que habrá que hacer cuando se le abra la panza a María de par en par, como las hojas de una puerta. Su beba saldrá a la luz de este día bajo lámparas blanquecinas de la sala que ahora apuntan sobre esa redondez de piel que todavía es su hogar. Tan sereno, tan líquido, tan
plácido. La médica repasa los últimos detalles. El instrumental descansa a un costado. Las enfermeras no dejan nada librado al azar. Llegó la hora. Entonces, manos a la obra.

Natalia da su primer berrinche a media mañana, mientras se termina el mes de noviembre. El vientre materno se va abriendo como una naranja que los profesionales van suturando, limpiando sangre, aspirando líquidos, hasta que la beba asoma como si acabaran de bañarla. “Límpienle bien los ojos, la boca y las manos”, repite la médica detrás de una máscara que le cubre toda la cara. Apenas si se adivinan las voces de los profesionales –unos 9 en total– escondidos tras el vestuario. La nurse y el neonatólogo limpian a la beba con rapidez; la pesan, trabajo de rutina. Entonces sí, el papá puede cargarla. Vendrán besos que apenas rozan esa piel nueva. Vendrán agradecimientos emocionados. Pero también, durante dos años, habrá análisis y controles a la beba. Y vendrán lágrimas de dolor para María porque esos pechos enormes que revientan de leche no podrán dar de mamar.

Desde 1993, en el Hospital Durand se realizan cesáreas hemostáticas o electivas, con mamás que tienen VIH. Se hacen mediante  una técnica que fue presentada en congresos especializados y adoptada por diversos centros de salud. Las estadísticas de los partos en estas condiciones que se realizaron en ese hospital durante los últimos tres años tienen un marcador alentador: ningún recién nacido se contagió la enfermedad de su mamá. La técnica usada parte básicamente de una cesárea. Pero es  sencilla, pretenciosa y bastante alentadora: evita que el bebé se contagie con el virus del sida en el momento de nacer. Y hasta ahora, parece ser eficiente.

Las estadísticas mundiales indican que de cada 100 partos de mamás portadoras del virus, 35 bebés nacen infectados si ellas no hacen ningún tipo de profilaxis. Esos números bajan al 1 ó 2 por ciento si la mujer toma drogas retrovirales durante el embarazo. La pregunta que se hicieron los obstetras del Durand fue cómo podría evitarse el contagio vertical –de madre a hijo– en el momento del parto. La respuesta era simple pero complicada de cumplir: evitando que el feto entrara en contacto con las principales vías de contagio. Esto es, la sangre, el canal de parto y el líquido amniótico. Y los números acompañaron la intuición médica. Se vio que si en vez de un parto normal, los chicos nacían por una cesárea común, el riesgo de contagio bajaba ostensiblemente. Si además, la madre era tratada con retrovirales, el margen se reducía todavía más.

La operación en sí incluye suturar los bordes del útero de la parturienta para que el bebé no tenga contacto con su sangre; después, se prepara un nuevo campo operatorio y se renueva el instrumental usado en el paso anterior, impregnado con sangre infectada de VIH. Luego, se saca el líquido amniótico con un aspirador. Sólo cuando se absorbió todo, se abre la bolsa y se saca a la criatura.

“Tenemos un promedio de 50 partos anuales de este tipo y en los últimos tres años no tuvimos ningún bebé seropositivo”, dice Susana Hermosid, médica tocoginecóloga del Hospital Durand, y alma mater de estas pacientes. No sólo por estar al frente de las cesáreas, sino también porque estas mamás confían en ella más que en sus propias fuerzas. Y Hermosid parece absorber esas expectativas. Pero es cauta. “Digamos que cambió la relación entre la maternidad y el sida. Son muy alentadores los resultados que estamos teniendo, pero estos embarazos siguen siendo de alto riesgo y así los tratamos. Festejamos este índice cero de bebés nacidos sin el virus, pero no olvidamos a los chicos que sí se contagiaron y a las mamás que murieron”, dice la médica. A pesar de la cautela de Hermosid, cuentan en el hospital que cuando llega el Día de la Madre, el celular de Susana –o Susy, como la llaman sus pacientes – no deja de sonar. Son saludos de mujeres y chicos, ya grandecitos, que pasaron por sus manos. La doctora sonríe como quien cumplió con su deber. Y en este caso es una manera de dar vida. Pero no deja de remarcar: “Nuestro aporte es una posibilidad para que las mamás tengan sus hijos sanos, pero no hacemos milagros”.

La cesárea hemostática o electiva se programa para la semana 38 del embarazo; cuando las futuras mamás llegan al quinto mes, se les da un triple esquema de retrovirales. Algunos infectólogos aconsejan empezar a las 14 semanas. Son criterios. “Porque si bien se avanzó mucho en disminuir el contagio vertical del bebé, también hay que tener en cuenta la toxicidad de las drogas que se utilizan”, comenta Hermosid. Para eso, se buscaron las que internacionalmente se consideran más inocuas para el bebé.

Y una vez que nace, el bebé no será amamantado (la leche materna es otra vía de contagio) y se le dará un jarabe de AZT durante seis semanas. Tendrá controles periódicos hasta que se lo considere libre del VIH e ingrese a la auspiciosa lista de los hijos de mamás seropositivas que nacieron sanos.

EMBARAZO, ¿SI O NO?

Arnaldo Casiró es jefe de Infectología del Hospital Alvarez y consultor de la Comunidad Internacional de Mujeres Viviendo con Sida para América Latina (ICW es su sigla en inglés). Casiró admite que no es recomendable que una mujer con VIH quede embarazada. “Pero yo no puedo indicarle a una paciente que no se embarace; sí tengo la obligación de hacerle conocer los riesgos. La decisión siempre es de la persona y mi deber será acompañarla para que su pareja –en caso de que no tenga el virus– y el bebé no se contagien”, explica.

Natalia y Ricardo V. están esperando su primer hijo. Ella es VIH positiva desde los 17 años. Y hoy, a los treinta y pico, la ilusión de ser mamá está por concretarse. Ricardo es seronegativo. Son lo que se conoce como una pareja discordante: cuando alguno de los dos tiene el virus del sida y el otro no. Siempre se cuidan en sus relaciones sexuales pero jugaron una especie de ruleta rusa cuando ella entraba en los días fértiles: ahí, él dejaba de tomar precauciones con la expresa intención de que Natalia quedara embarazada. Corrió –¿a conciencia?– un enorme riesgo de contagiarse el virus del sida. Los médicos se agarran la cabeza, pero dicen que no es un caso aislado. Hay muchas parejas que a la hora de buscar su bebé –o porque sí– dejan de cuidarse en sus relaciones sexuales. Hoy, ambos sólo quieren que su hijo –un varón– nazca sano.

“Fue un hijo buscado. Yo quería ser mamá”, cuenta Natalia, la cara llena de pecas, en una de las habitaciones del Durand, donde llegó con contracciones que están siendo controladas. Están ansiosos. Y la ansiedad aumenta cada vez que se acerca la fecha. Natalia quiere “un parto normal”. La médica responde que lo van a charlar cuando llegue el momento. Natalia le expone que su carga viral es indetectable desde hace mucho tiempo. “Teniendo una carga viral indetectable, se conversa con la Son ellos quienes deciden finalmente”, dice Hermosid. Hay médicos que sostienen que en esas condiciones se puede tener un parto normal sin riesgos. Otros no están muy de acuerdo. Son criterios profesionales.

Natalia cuenta que los médicos que la atendían antes de embarazarse le decían que sería conveniente no tener hijos. “Pero yo quería tener aunque sea uno. Por eso cuando me embaracé seguí al pie de la letra todo lo que los doctores me iban indicando para que el bebé pueda nacer limpito.” Ricardo espera en el pasillo por donde entra el sol del mediodía. Les avisan que aún no llegó el momento, y vuelven a casa, en el oeste del Gran Buenos Aires. La edad de las mamás VIH positivas va desde los 17 a los 49 años. El rostro de las nuevas víctimas del virus –según estadísticas mundiales – es cada vez más femenino y  cada vez más pobre, fruto de relaciones heterosexuales sin protección.

DERECHO DE FAMILIA

Celia F. tiene 40 años y dos hijos que tuvo cuando el virus del sida ya había entrado en su vida. Su ex marido es seronegativo y nunca quiso cuidarse. Su desaprensión puede servir de ejemplo de las reticencias que siguen existiendo a la hora de tener relaciones sexuales seguras. Reticencias que, generalmente, van de la mano de la desinformación o de una información errónea sobre vías de contagio. O vaya a saber qué otros vericuetos encuentra la pareja en su interior para coquetear con el peligro.

Celia supo que se había contagiado la enfermedad de casualidad, al hacerse los exámenes prequirúrgicos previos a una operación. Tenía 30 años: “Me tiré tres meses en la cama, totalmente deprimida, sin saber qué hacer con mi vida”. Recién comenzaba la relación con quien más tarde sería el papá de sus hijos. No sabía dónde ir ni qué hacer. Hija única de padres mayores que ya murieron, clase media, Celia practica una sonrisa melancólica: “Todavía no puedo explicar cómo se sigue después de una noticia así; uno la va pasando como puede”. Con el tiempo, quedó embarazada y su hijo mayor nació en una clínica privada de Capital, con una cesárea común. La pesadilla vino cuando uno de los controles del bebé dio un resultado inesperado: positivo. La desesperación se instaló en Celia: “No sabía si matarme o pedir ayuda. Me costó muchísimo remontar ese cachetazo, al que le siguieron dos años torturantes”.

Finalmente, recién cuando el nene cumplió 5 años los médicos concluyeron que estaba sano. Como sea, después de esa experiencia, Celia se juró no tener más hijos. Pero… un deseo oculto o un matrimonio que se tambaleaba conspiraron para que el Evatest anunciara que estaba embarazada de nuevo.

Esta vez, todo se complicó al final, cuando rompió bolsa rumbo al hospital, adonde llegó con el tiempo suficiente para comenzar a pasarle el AZT intravenoso, preparar el quirófano y acelerar la cesárea electiva que estaba programada para unos días después. Todo era contrarreloj y lleno de peligro.

Celia se quiebra. “La pregunta que siempre nos hacemos las mamás que tenemos sida es qué va a pasar con ellos, con nuestros hijos, cuando nosotras no estemos. ¿Por qué nos permitimos tener hijos? No sé, pero son lo mejor que me pasó en la vida, lo único que tengo”. Y su pregunta queda flotando en el aire.

Elena C. es otra mamá VIH positiva. También está pisando los 40 al igual que Celia, hace diez años supo que tenía el virus del sida. Era un análisis de rutina porque ya estaba embarazada de 3 meses de mi primera nena y terminó siendo una pesadilla”, recuerda Elena. Eso le trajo una fuerte crisis en su pareja. Y ella que siempre había soñado con una familia, sentía que todo se caía por un abismo. Llora Elena; en silencio, como se desliza por la casa de sus padres, en la zona de Claypole, al sur del conurbano. Flaca por demás, luce una expresión que no enmascara una profunda aflicción; carga una pena grande, tan grande que apenas si se disipa al hablar de sus hijos. Tuvo dos, nacidos por cesárea electiva, en el Durand.

Cada análisis de la nena, dice, le ponía el corazón en la boca. Y cada resultado negativo iniciaba un festejo familiar. Ahora esas sensaciones se repiten con el más chiquito. “Esos son momentos muy fuertes en la vida”, remarca Elena. Y su nena devuelve una sonrisa plena desde una foto que está en la repisa. “Yo quiero vivir mucho tiempo para ellos. Pero mi miedo es que algún día me vean mal… Eso es lo que no quiero.” Ahoga el llanto.

Desafían los riesgos. Y, por ahora, siguen batallando contra el sida. Del mejor modo, dando vida.

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