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ENTREVISTA : César Isella: «No soy un tipo fácil»

Posted by LA ARGENTINIDAD ...AL PALO en enero 2, 2007

Está celebrando los 50 años con la música. Y habla de todo: de su pasado, de política y de sus colegas. Se refiere duramente a Soledad («sin mí todavía andaría con el poncho con olor a choripán») y es lapidario con Mercedes Sosa.

MEDIO SIGLO. Para conmemorar sus 50 años con la música, Isella editó un disco evocativo que cuenta con la participación de invitados especiales, como Joan Manuel Serrat, León Gieco, Chaqueño Palavecino, Teresa Parodi, Juan Carlos Saravia y Adriana Varela, entre otros artista

No hace falta presionar el rec del grabador y César Isella ya está hablando sin parar de sus «amistades del vino», de lugares que conoció, de tiempos idos. Está exultante y en tren de recuerdos: para festejar medio siglo de trayectoria acaba de editar un disco y un libro que llevan el mismo título, 50 años de simples cosas. Isella abre la puerta de su departamento de Barrio Norte y, luego de disculparse por estar en medias —parece que una puerta malintencionada le estrujó el meñique izquierdo—, se acomoda en un sillón y por el living, entre pinturas de Berni y Guayasamín, empiezan a desfilar Evita («a los 10 años, el mismo día que conocí el mar, la conocí a ella, y le canté Mamá vieja«), Hamlet Lima Quintana («tratamos de hacer una película juntos, y nos estafaron»), el Cuchi Leguizamón («te lo querías llevar a la mesa de luz; claro que te la iba a dejar llena de coca»), Salvador Allende («yo quería hacer una revolución como la suya; quizás no me animaba a la del Che Guevara»).

A sus evocaciones se suman, diseminados por la casa, los rastros tangibles de su vida artística. Sobre todo, de los siete años que pasó como padrino y productor de Soledad. De las paredes cuelgan las plaquetas por los récords de discos vendidos; en un cuarto hay un mini-estudio con una consola escrita de puño y letra por la cantante de Arequito (Gracias a esta mesa conocí cómo se grababa un disco, al que llamamos Poncho al viento!!! Qué emoción!!! Abril del 96-Abril del 99). Ella fue uno de los «antes y después» que Isella reconoce en su carrera.

Alguna vez, usted dijo que su vida artística se dividía en tres etapas: Los Fronterizos, el movimiento Nuevo Cancionero y Soledad.

Es así. Yo era un chango de provincias que, como todos entonces, frente al estallido de Los Chalchaleros intentábamos emularlos. Y en 1956 empecé con Los Fronterizos. Fueron diez años de mucha felicidad, sin premeditación ni alevosía con respecto a lo comercial: cantábamos porque nos gustaba cantar. Recién a los cinco años nos dimos cuenta de que podíamos vivir de esto: fue un día en que fuimos a la grabadora Philips y cobramos 111 mil pesos. Nos compramos cuatro camionetas, una para cada uno, y todavía nos quedó plata. Entendimos que esto era un oficio, porque hasta entonces nosotros estudiábamos y trabajábamos, y agarrábamos la guitarra cuando nos invitaban.

¿Había rivalidad con Los Chalchaleros?

La misma gente creaba discordia entre un conjunto y otro, y nada de eso ocurría. Han sido conjuntos que han marcado una época muy bella, de un sentimiento provinciano que no estaba identificado con lo que pasaba en la Capital. Pero a la vez, los dos grupos se arraigaron aquí gracias a los provincianos que habían llegado en la época de Perón para industrializar Buenos Aires, que no se identificaban con el tango y menos con la música yanqui. Lo mismo que sucedió con el sanjuanino Antonio Tormo, cuyos primeros éxitos fueron El rancho ‘e la cambicha y Amémonos.

¿Por qué se fue de Los Fronterizos?

Ya a los 27 tenía algo de sentido común, y me pareció que ya estaba bien haber estado diez años con un conjunto. No me fui enojado con nadie, aunque ya estábamos todos casados y empezaban las obvias rencillas de comunidad. Lo mismo que, por ejemplo, les pasaba a Les Luthiers, que tenían su propio psicólogo. Nosotros éramos muy provincianos como para andar con psicólogo: solucionábamos todo en reuniones de amigos, o nos poníamos multas si llegábamos tarde a los ensayos. Cuando me fui del conjunto no sabía qué iba a hacer. Todo el mundo me decía que era un gil, porque La misa criolla, de Ariel Ramírez y Félix Luna, interpretada por nosotros, se estaba vendiendo en todo el mundo. Ha sido lo más impresionante a nivel de representatividad de la música folclórica. Yo sigo cobrando regalías: quiere decir que se sigue vendiendo.

¿Qué hizo entonces?

Empecé a recorrer el continente: anduve por Chile, Bolivia, Perú… En 1963, con Los Fronterizos, habíamos ido a Mendoza y habíamos conocido en un mismo día a Atahualpa Yupanqui y a Armando Tejada Gómez, Oscar Mathus, el pintor Carlos Alonso, Tito Francia, y a una flaquita tucumana, la mujer de Mathus, Mercedes Sosa. Me sorprendió mucho el repertorio que ellos cantaban, era diferente a lo que conocía, tanto melódica como poéticamente. Le agregaban contenido a una música que hasta entonces era sólo descriptiva. Ese sonido nuevo me maravilló, y me agarré un metejón con ellos. Los Fronterizos grabamos los primeros temas del Nuevo Cancionero, y después con Armando me metí más en el tema. Una de las maravillas de mi vida ha sido haber aprovechado las oportunidades: yo me pegué a Yupanqui, a Armando, a Manuel J. Castilla, el Cuchi Leguizamón, una raza de gente muy clarita y generosa. Yo aprendí de esa gente: los padrinos de Los Fronterizos fueron Eduardo Falú y Ariel Ramírez.

Falta la tercera etapa: Soledad. Usted dijo que con Los Fronterizos no tenía una visión comercial del tema. Y que apadrinó a mucha gente por amor al arte, pero con ella…

Te puedo nombrar a un montón de artistas que apoyé ad honorem, excepto Soledad. Eso lo hice en función del pedido de la familia. Mirá, en 1994 Cosquín era un sello de goma: no iban ni los organizadores. En 1995 un núcleo de gente (Landriscina, Juan Carlos Saravia y otros) fuimos a poner el hombro para que se revirtiera esa situación. La municipalidad me dio a mí la peña oficial, y yo sólo puse como condición que priorizáramos a los jóvenes. Por ahí pasaron Luciano Pereyra, Los Tekis, Soledad… Cuando apareció la revoleadora de ponchos fue un escándalo: se alborotó todo Cosquín. En 1996 la subí al escenario principal, y cuando vuelvo a Buenos Aires el padre de Soledad me dice «Por favor, Don Isella, venga, lo estamos esperando que nos están llamando de todas las grabadoras». No era mi oficio el de productor. Yo era secretario de Sadaic, cargo que me sacó mi vida de compositor e intérprete. Y lo de Soledad fue oxígeno para Cosquín. Bah, fue un despelote.

¿Tuvo consecuencias esa revolución?

Sí, y buenísimas, tanto para los históricos como para los nuevos. Cuando ella apareció, Los Nocheros venían trabajando desde hacía mucho tiempo, pero a partir de ahí despegaron. Y veteranos como Los Chalchaleros, por ejemplo, empezaron a laburar como en los mejores tiempos, porque lo folclórico se había agitado nuevamente: las familias llevaban a sus nenitos porque querían ver a Soledad, y a los abuelos porque querían ver a Los Chalchaleros. Los festivales y la producción discográfica se incrementaron de modo espectacular.

¿Eso persistió en el tiempo?

Sí, fijate lo que es hoy el Chaqueño Palavecino. Y no sólo se llena Cosquín, sino muchos festivales. El folclore tiene la magia participativa de la peñita, el asadito, lo humilde. No es la jarana del rock. El Cosquín Rock me parece nefasto: le afanaron el nombre a Cosquín para hacer un festival donde se les canta el tujes.

¿Entonces habría que decir que el renacer del folclore ocurrió gracias a usted?

No diría eso. Aunque me arrogo un papel muy importante: no quiero caer en la falsa modestia. Si Soledad no hubiera recurrido a mi experiencia de más de 40 años en esto, todavía andaría con el poncho con olor a choripán. Soledad no era nadie cuando la conocí. Yo la traje a Buenos Aires y la llevé con los mejores para que la prepararan: Susana Naidich, Aníbal Pachano, médicos… Entre 1997 y 1998 hizo casi 30 funciones en el Gran Rex, porque yo hice un estudio sobre lo que pasaba con Soledad en Buenos Aires. Y vendió millones de discos. Y eso que era una changuita a la que todo el mundo se le tiró en contra, porque gritaba, revoleaba el poncho… Y ahora a esos artistas los veo comiendo empanadas con ella. Soledad es una gran artista y tiene una larga vida por delante, como la que tuvo Mercedes Sosa.

Justamente, en ese período usted se peleó con Mercedes Sosa. Y después con Soledad. ¿No lo desprestigiaron esas polémicas?

A Mercedes Sosa la respeto como cantante, pero está enojada con la vida y es muy intolerante: tiene una actitud stalinista y acaparadora. La gente que trabaja con ella dice que es un infierno; yo ese infierno lo conozco, porque también trabajé con ella. Cuando uno no puede formar una bella familia, como la tengo yo, se enoja con el mundo. Y Soledad no terminó el contrato conmigo y no tuve otra alternativa que iniciar un juicio. Pero es un asunto del pasado.

¿No quedó mal parado en el ambiente musical con todo esto?

Esta es una sociedad enferma: acá nadie perdona al que le va mal, y al que le va bien tampoco. El problema fue que yo primero fui gaucho, después comunista y luego un capitalista con suerte. Vieron que con Soledad nos fue fantástico, que firmamos contratos exclusivos, filmamos películas, vendimos millones de discos, y dijeron ¿cómo a este le va a ir tan bien?. Pero yo no pudo perder tiempo explicando qué clase de tipo soy, si me quedé con la plata de éste o de aquél… Tengo defectos a patadas, no soy un tipo fácil. Pero si llevo 50 años con esta vitalidad creativa, no debo ser ningún hijo de puta. ¿O no?

Cómo un artista puede crear un tema tan bello como Canción de las simples cosas y esgrimir comentarios tan lacerantes como los que hace en esta entrevista? César Isella se ha deslizado siempre por un borde en el que no cabe la diplomacia. Explosivo, descarnado y hasta autocrítico, sus merecimientos habrá que buscarlos en la faz musical. Isella fue un compositor destacado en los años 60 y 70 y un emblema en los primeros años de democracia recuperada en los 80. El resto habrá que relativizarlo. Apenas puntualizar que el olor a choripán en el poncho no es tan grave. Hay olores peores.

Información


El disco «Cincuenta años de simples cosas» está repleto de invitados: prestaron su voz, entre otros, músicos como Serrat, Gieco, el Chaqueño Palavecino o Teresa Parodi. Durante este mes, Isella compartirá también escenario: actuará en Mar del Plata, en el teatro Re-fa-si, junto al ex chalchalero Polo Román, en un espectáculo que mezclará música y anécdotas.

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