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ENTREVISTA A DARIO GRANDINETTI

Posted by LA ARGENTINIDAD ...AL PALO en enero 12, 2007

“No descarto la idea de dirigir”

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Volvió al teatro reemplazando a Julio Chávez en “Ella en mi cabeza”. Habla de Almodóvar y de sus ganas de realizar, en cine, una historia de Fontanarrosa.

Calentamiento global o lo que sea, la brisa que llega desde el océano, frente a Cabo Corrientes, viene saturada de agobios tropicales. Darío Grandinetti —dispuesto a la charla, asentado en la muy buena función de anoche de Ella en mi cabeza— llega al bar y pide una cerveza importada y un platito de queso para apaciguar la ansiedad del mediodía.

Desde El cartero de Neruda, en marzo de 2001 —tiempos en que se maceraba el estallido— que no hacía teatro. El cine, después de Hable con ella de Pedro Almodóvar, lo llevó lejos de los escenarios. “Hubo algunas propuestas que rechacé y otras que ni llegué a leer por temor a tentarme: tenía compromisos de cine y cuando se hace teatro, hay que intentar el éxito, llegar a la temporada completa. No me gusta dejar en banda a los compañeros”, dice.

En la obra, tu personaje acusa a su mujer de exterminarle la espontaneidad. Ese lugar común de que las mujeres se casan con el Che Guevara y a los tres meses le dicen: “¿no te quedaría mejor la barba recortada?”.

Sí, pero ojo que no creo que sea sólo una cuestión femenina. El problema —más allá de que la lupa de Ella en mi cabeza está puesto en la relación de pareja— es la aceptación del otro como es. La obra es muy intensa y es una de las cosas que me entusiasma de este trabajo.

¿Cuáles son las otras?

Me gustó la posibilidad de que me dirija un actor (Oscar Martínez), que además es el autor de la obra. Volver a trabajar con Juan (Leyrado). Estar en Mar del Plata donde tengo amigos. Me entusiasma que mis tres hijos —Daia, Juan y Laura— puedan verme haciendo teatro. Trabajar con el productor Pablo Kompel, con quien no hace falta firmar contrato. Y también la idea de salir a girar por el interior con Juan y Natalia Lobo, buena gente. La obra es muy inteligente, pero con un tono de comedia que me interesaba especialmente.

¿Por qué?

Tengo fama de tipo hosco, dramático: fama por la que alguna responsabilidad tendré. Pero me gusta transitar el territorio del humor. Lo disfruto y desde Los Mosqueteros que no hacía comedia.

Manuel González Gil dice que nunca fue más feliz, trabajando, que durante esa experiencia teatral.

Nunca nos divertimos tanto. Creo que si hablás con cualquiera del grupo (Miguel Angel Solá, Juan Leyrado, Hugo Arana y Jorge Marrale) te puede llegar a decir lo mismo. Llegábamos una hora antes al teatro para el truco y ese era un espacio sagrado. Y salíamos, después, con esa energía a hacer la función que era, más que nada, un estado de ánimo.

A veces los actores recurren a la memoria emotiva para trabajar un personaje. ¿Funciona eso al revés también? Lo que dice un personaje en el set o un escenario, ¿sirve para la vida?

Está todo muy relacionado. En principio, la verdad es que yo no uso la memoria emotiva, mi propia experiencia, para trabajar. No me funciona. En cambio, al revés me pasa muchas veces. Aprendo mucho de la vida con los personajes. Por además, en mi caso, me ha tocado hacer muchos personajes históricos: Fangio, Neruda, Gardel, Sarmiento. Eso te envía a mundos desconocidos, te resuena una vida de otra manera.

Tu personaje lo hacía Julio Chávez. ¿Cuánto cambia una obra cuando se reemplaza un actor?

Cada caso es único. Creo que el personaje de Julio era más versado en el psicoanálisis, yo tengo poca experiencia en ese terreno, y el mío está muy centrado en su debilidad: el tipo está muerto de amor.

Es raro. Actor y viviendo en Buenos Aires desde los 20 años que no hayas tenido experiencias en el diván…

Yo sé que probablemente debí haberme psicoanalizado más. Porque cuando empecé a hacer —incluso después de los 40— lamentaba no haber comenzado antes. Es más, cuando era un estudiante, en Rosario, Psicología era una de las carreras que me despertaban más curiosidad. Era lo que hubiera estudiado. Es curioso, sin embargo: en mi entorno ocupo el lugar del anti-psicoanálisis. Algo que mi propio terapeuta me decía que no era cierto y que yo, después, comentaba orgulloso. Se que voy a volver a hacer psicoanálisis: me ha ayudado mucho.

Actores de tu generación, como Oscar Martínez o Julio Chávez, han incursionado en la dramaturgia o la dirección. ¿Pensás en esas cuestiones?

Hace unos años te hubiera dicho que no, rotundamente. Ahora, desde hace un tiempo, no descarto de plano la idea de dirigir. Sí creo que necesito tener un grado de seguridad y de confianza en mí que tengo con la actuación y que no tengo con otra cosa. He trabajado con directores que saben menos que yo: pero no podría hacerlo de esa manera. Necesito saber más de lo que sé. Hay cosas que no sé, que no conozco. Pero podría llamar a un director de fotografía que es amigo, al iluminador que ya conozco, y ponerme a trabajar. Pero si pienso en todo esto la culpa la tiene Fontanarrosa.

¿Por qué?

Porque leí un cuento del Negro, El asombrado, que me dieron muchas ganas de actuarlo y dirigirlo. Es impresionante: un cuento de un tipo que no tiene sombra. Hay un tratamiento de guión, incluso, de Alberto Lecchi. Es necesario engordar la historia. Lo que pasa es que todavía quiero actuar.

¿Por qué decías que algo habías hecho para tener imagen de hosco?

Alguna cosa debo haber hecho. La que sí hice, a conciencia, y de la que no me arrepiento ni me arrepentiré nunca, es de no ser cómplice de este pelotudeo general. Puede que quienes manejan eso hayan creado de mí una imagen de amargo. ¿Qué van a decir? Si todos hacen notas con nosotros, ¿por qué este pelado no agarra viaje? Es que es un amargo. Lo que sucede, como probablemente me pasa en la vida, a mí no me da todo igual. He hecho de todo, he hecho trabajos de los que me arrepiento, pero eso no me nubla. Para decirlo en criollo: he hecho boludeces, pero no soy un boludo.

He hecho boludeces, pero no soy un boludo, podría ser un buen título”, escucha Grandinetti y sonríe. Después, cuenta sobre Quiéreme, la película que filmó dirigido por Beda Docampo Feijóo: un hombre casado con una mujer más joven y que descubre que tiene una nieta en España. Y la charla deriva, por último, en los excesos de suspicacias del medio, en deslealtades de críticos y fantasmas sobre corrupciones inciertas. El porrón de cerveza ya fue, el platito de quesos sigue casi intacto. El aire que arriba desde el mar se ha despejado de nubarrones. 

_______

Rosario siempre estuvo cerca

“Con ambos trabajé muy cómodos y no es que las hice porque son rosarinos, las hice porque fueron proyectos muy interesantes”, dice Darío Grandinetti, que viene de filmar dos películas, ¿De quién es el portaligas?, de Fito Páez; y La peli, de Gustavo Postiglione. “De todas formas, lo cierto es que hay una memoria en común, el otro día lo hablaba con Mónica Gutierrez, que también es de Rosario. Nosotros nos juntamos y decimos: Che, vamos a comer un dorado y sabemos de qué estamos hablando. Hay mucha información en común en el disco rígido”, explica.

“La de Fito, ¿De quién es el portaligas?, es una comedia disparatada —sigue Grandinetti— que tiene un cuentito detrás que me gustó mucho: esta posibilidad de defender y juntar familias no convencionales: los mios, los tuyos, los nuestros y pegándole todo para adelante. La Peli es el final de la trilogía que Gustavo empezó con El asadito y El cumple. Es curioso porque el mismo personaje lo hacemos tres actores: Norman Briski, Carlos Resta y yo. No por una cuestión cronológica sino por una mutación que hace el personaje, que Gustavo quiso acentuarla con el hecho de que la hagamos tres actores distintos. Es un director de cine que cambia su película de acuerdo a las circunstancias de su vida y que termina atendiendo un bar en un playa”. 

Las frases del personaje



Son algunas de los argumentos de Adrián, el protagonista de “Ella en mi cabeza”. Y aquí, las analiza el actor que las dice.

 
 

No tenés que trabajar para ser un Dios

Tiene que ver con esta soberbia implícita que tenemos, este mandato pretencioso —que no es sólo masculino— de la completud del amor. La fantasía de que uno sea capaz de dar todo lo que una mujer necesite.


En la vida no se puede rebobinar

Es así. No hay cuaderno borrador, todo lo que sucede es en vivo. Todo el tiempo. Y sin ensayos y el ensayo de ayer no sirve para hoy. A mí, y lo digo como una falencia, todavía me cuesta la sorpresa cotidiana.


El miedo cumple sus promesas

Siempre pasa lo que tenés miedo de que te pase. No tengo fantasmas pesimistas, no me auguro una vida de sufrimiento, pero las tragedias aparecen. Y ese miedo, más de una vez, cumplió su promesa.

Hay preguntas que no se pueden responder porque hay respuestas que no se pueden decir.

Está relacionada con los miedos y se intenta que una respuesta ajena los barra del mapa. La pregunta “¿Me pusiste los cuernos?”, ya es una cagada, está convocada por la sospecha.
 
 

Hay que tener corazón, con las piernas solas no se va tan lejos

La obra es una historia de amor, la vida de un tipo enamorado. El ha usado todo para correr detrás de alcanzar la totalidad que ella necesita. Y para eso hay que meter piernas, cabeza, corazón, el cuerpo entero.

Antes y después de Pedro Almodóvar


“Después de Almodóvar, fue como decir abracadabra: cambió todo. Los directores me empezaron a escuchar más. “Hable con ella” es la única película en la que trabajé en que te sentás a verla con el guión en la mano y está hecha, cuadro por cuadro, igual a como está escrita”

 

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