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Los giros de un mundo vulnerable

Posted by LA ARGENTINIDAD ...AL PALO en enero 13, 2007

Se ha dicho que el ataque a las Torres Gemelas será visto como el verdadero comienzo de un nuevo siglo y de un nuevo milenio. Se concrete o no la presunción queda claro, transcurridos seis años desde el mítico 2000, que hay otros paradigmas que arrancan en el escenario internacional, sus guerras preventivas y su inestable sistema de seguridad. Las marcas de una era distinta hablan de la despedida de la organización laboral y administrativa del industrialismo con decisivos alcances en una subjetividad que paga el precio de la intemperie para reforzar su individualidad. Pero son la ciencia, la tecnología y las comunicaciones las que le dan a la época un rostro diferente que invade el arte y la vida diaria.

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En las esferas influyentes de Estados Unidos, tras la victoria seguida del aniquilamiento de la Unión Soviética, se comenzó a plantear que el conflicto sobreviniente consistía en vencer los obstáculos para que la pax americana fuese una realidad concreta y a escala global. Los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 operaron la transmutación. Que por primera vez el territorio de los Estados Unidos soportase un ataque devastador, aunque limitado en el territorio y en el daño físico, pero plenamente emblemático por los sitios elegidos, llevó a que se impusiera el postulado de que la libertad de los Estados Unidos dependía de que todos los países gozaran de esa libertad. Así, la Estrategia Nacional de Seguridad aprobada en el 2002 definió los intereses y los principios que los Estados Unidos sostendrían en el sistema internacional: entre ellos, la posibilidad de desarrollar guerras preventivas en cualquier lugar del mundo. Obviamente, resultó complejo dejar establecido que los intereses estratégicos de los Estados Unidos se identificaran con los del orden internacional. Hasta el presente, la determinación de objetivos y estrategias nacionales de los Estados Unidos ha precedido y prevalecido a la búsqueda de consenso internacional.

Las consecuencias de la invasión a Irak no acabarán siendo concebidas en términos de éxito o fracaso por los Estados Unidos, sino que llevarán, sobre la base de reafirmar las premisas que condujeron a adoptar tal decisión, a replantear las estrategias y tácticas a seguir tras esa experiencia. Los planteos de democratización política, de rediseño de las sociedades islámicas y hasta de sus bases culturales, tienen que ver con la ofensiva de Estados Unidos sobre el Islam. Tal ofensiva no puede dejar de ser apreciada en sus caracteres bifrontes: esto es, en cuánto tiene de oportunidad y cuánto de agresión. El Estado de Israel permanece como actor central en el conflicto. El interrogante decisivo a esta altura de los acontecimientos consiste en preguntarse hasta qué punto los Estados Unidos han dejado de ser una potencia influyente en el Oriente Medio para ser su potencia dominante.

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Desde el punto de vista estratégico general, la tendencia apunta a que los Estados Unidos alcanzarían la supremacía total: en consecuencia, no cabría la destrucción mutua asegurada. Sin embargo, el fracaso de la política de no-proliferación, condujo a que el sistema de seguridad internacional se haya tornado altamente vulnerable: resulta cada vez menos complejo causar daños de creciente intensidad con no extraordinarios recursos ni costos (es decir, en cantidad de personas, despliegue territorial, nivel tecnológico y capacidad financiera). En consecuencia, el primer objetivo estratégico implica frustrar la posibilidad de que nuevos estados nacionales accedan al cerrado club nuclear, remanente de los días de la «guerra fría». Asimismo, que estados nacionales y, mucho menos aun grupos paraestatales, accedan a la posibilidad de conseguir material fisionable. Por ende, las operaciones de inteligencia sobre la posesión y uso del uranio altamente enriquecido cobraron una relevancia crítica. No obstante, existe la convicción generalizada entre los analistas internacionales que en un plazo razonablemente previsible algún lugar del planeta sufrirá un ataque sucio (empleo de artefactos sucios o ataques sucios a instalaciones atómicas).

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La organización que se atribuyó los ataques contra las Torres Gemelas surgió como consecuencia de la coalición establecida para desestabilizar la presencia soviética en Afganistán. Ciertamente, una de las lecciones más útiles para sus intereses es haber percibido que uno de los puntos vulnerables de Estados Unidos es su opinión pública. Si la expresión «globalización», tanto en su estática como en su dinámica, conlleva una pluralidad de significados y, por ende, de intenciones, otro tanto puede decirse de la caracterización del terrorismo, como enemigo central a combatir y vencer. Ese tipo de lucha lleva a progresivas medidas de control trasnacional sobre las poblaciones. Control que incluye a los medios de comunicación y en virtud de los cuales se tiende a confundir lo real con lo virtual. De allí que, si un aviso publicitario dijese que, gracias a la computación, 1984 no pudo ser 1984 según lo predijo George Orwell, a esta altura del nuevo siglo resulta verosímil que gracias al sistema de Internet, cada uno de nosotros sea el personaje del año 2006 por la circunstancia de participar de una posible democracia global digital —que se extiende a los medios de prensa independientes— que nos abre la posibilidad de conservar nuestra libertad individual.

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Hasta los días finales de la «guerra fría», China continuaba predicando que siempre sería un país del Tercer Mundo, e India permanecía como el prototipo de la pobreza de las naciones. En los albores del nuevo milenio, apreciando las oportunidades de la nueva era internacional, consiguieron adoptar modelos de crecimiento gracias a los cuales suprimieron radicalmente aquellas caracterizaciones. La realidad determinará hasta qué punto se sobrepondrán a la perpetuación de su sistema político, para el caso chino, y de su sistema social, para el hindú.

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Lo verdaderamente novedoso para América latina ha sido el colapso del paradigma de los años noventa, que atribuía a simples recetas económicas basadas en la pura lógica del mercado, la panacea que permitiría a la región la salida del subdesarrollo. La reacción frente a esa moda no se convirtió automáticamente en su contrario y, salvo algunas excepciones como las nacionalizaciones en Bolivia, la tendencia parece ser que marcha hacia enfoques pragmáticos, en los que el poder político cuida más diligentemente evitar daños a los sectores más desfavorecidos, manteniendo en lo esencial la idea de que es el mercado el motor del desarrollo, pero combinado con medidas que atenúen sus efectos negativos, así como que recuperen el papel regulador que le cabe a la autoridad estatal. Hasta aquí, las cifras registran en general, un proceso de crecimiento continuo y una disminución del desempleo y la pobreza.

La expresión política de estas acciones ha sido tildada con ligereza de izquierda, pero en verdad se parece poco a lo que se conocía como tal en los años sesenta y setenta en Latinoamérica, cualquiera haya sido la historia personal de los dirigentes que hoy encarnan esa corriente. Existen, sin duda, expresiones más estentóreas, como la «Revolución bolivariana», a la que sus detractores se empeñan en atribuirle carácter autoritario, pero la realidad indica que el mecanismo democrático funciona en ese país y no puede sostenerse razonablemente que se registre un patrón de violaciones a los derechos humanos.

El trauma provocado por el terrorismo de Estado siguió latente, pese a los intentos de clausurarlo artificialmente a través de indultos y legislación ad hoc. Los hechos se siguen revisando y las sociedades consideran que la impunidad no es admisible, a tono con la corriente internacional que aprecia que la falta de sanciones incuba nuevos conflictos y habilita la posibilidad de reiteraciones. Son esos motivos los que llevaron a la constitución de la Corte Penal Internacional y le aseguraron un alto número de ratificaciones para que funcionara, a pesar de la oposición que aún persiste por parte de algunas grandes potencias, recelosas de someter a alguno de sus ciudadanos a una autoridad que no sea la propia.

La región latinoamericana ha consolidado la alternancia democrática, y el sistema ha permitido además que nuevos actores comenzaran a ser escuchados y que sus reivindicaciones, a menudo expresadas de manera tumultuosa, fueran tenidas en cuenta. Demasiados años de arrogancia ideológica e indiferencia hacia los movimientos sociales, las comunidades indígenas, las organizaciones de defensa de los derechos humanos o de defensa del medio ambiente, las asociaciones de víctimas de los excesos policiales o de la delincuencia, comienzan a cambiar hacia situaciones en las que los gobiernos desarrollan oídos más atentos para interpretar los elementos legítimos de esas luchas para integrarlos en sus programas de gobierno.

Tras la firma de la Carta Democrática Americana en Lima, en 2001, por parte de los países del hemisferio, quedó habilitado el mecanismo por el cual cualquier violación del orden democrático en la región conducirá al aislamiento de sus autores y a la suspensión de su membresía en la Organización de Estados Americanos (OEA). Concluye con una era de indiferencia mutua respecto a la suerte que corrieran las instituciones de la región. Deja atrás el paradigma de las soberanías cerradas y abre las puertas de la integración sobre la base de la democracia representativa. 

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