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A 10 años de la muerte de Osvaldo Soriano

Posted by LA ARGENTINIDAD ...AL PALO en enero 30, 2007

Entre nubes de humo y ángeles felinos

Diez años atrás un cáncer galopante acabó con Osvaldo Soriano, el periodista y escritor argentino más leído desde la reinstalación de la democracia en 1983. Nacido en Mar del Plata, criado en Argentina, madurado en el exilio y en Buenos Aires, aparentemente muerto.

 Osvaldo Soriano hace 10 años que se murió y a la gente, los números redondos la pone nostálgica. Le da la necesidad de consumir una conmemoración, un recuerdo, una biografía. Y hay que satisfacerla. ¿Pero justo una biografía de Soriano? Antes de morirse lo dijo y ahora en la relectura lo dice de nuevo, insiste: “yo no tengo biografía, me la inventarán, un día, los gatos que vendrán cuando yo esté, muy orondo, sentado en los bordes de la luna”. El arte felino de caer siempre parado es para unos pocos y no precisamente para quien ose meterse con algo ya condenado antes de nacer: la hoja de ruta Soriano.
A este hombre gordo, aficionado a los gatos, y al fútbol jugado con la inteligencia, destreza y plasticidad de los gatos, al tabaco, a la noche como refugio, a las letras como desafío y bálsamo, al buen humor, al cine italiano de medio siglo atrás, a la verdad en tanto motor y destino del periodismo, a la izquierda, digo que a este hombre gordo, le pasaron unas cuantas cosas interesantes en su vida.
A los dos meses José Vicente Soriano llegó a Argentina desde Cataluña, y años después estaba trabajando en Mar del Plata para Obras Sanitarias haciendo la primera red cloacal en serio. Se le ocurrió al amor indicarle que para formar la familia nadie mejor que doña Eugenia, una tandilense a la que conoció en los acantilados del sur de la ciudad. Y de ellos dos surgió Osvaldo, un verano de 1943. El gurrumín apenas disfrutó de La Feliz y de muy pequeño se fue para la tierra de su madre, en donde creció y vivió sus años formativos. Pero Mar del Plata fue su lugar durante sus últimos años, en especial cuando quería aislarse. Alguna vez Jorge Lanata le prestó una casa que tenía en Punta Mogotes, donde se recluyó para terminar El Ojo de la Patria. Fue allá por el ’91 y tan a gusto se sintió en el barrio que decidió comprarse una vivienda, tarea para la cual confió a su contacto editorial aquí Marcelo Franganillo.
La cotización de las fincas era muy alta, entonces Franganillo fue a Catastro a ver si podía sacar algún dato de dueños directos, sin intermediarios que incrementaran los precios. El actual titular de Inspección General, Claudio Gómez, trabajaba en esa repartición y según se comenta, algún tiempo después en el ya desaparecido Fidelio se sacó el gusto de compartir una mesa de café con su escritor favorito, quien le agradeció las gestiones que, de todos modos, no sirvieron para concretar la operación. Unos meses más tarde la casa soñada en Punta Mogotes pasó a ser patrimonio de Soriano, esta vez merced a la intervención de Marcelo Gáspari un martillero público amigo de Franganillo (ver aparte).
El Gordo Soriano empleó esa casa para escribir, por supuesto, y al margen de las oscilaciones propias que le cabían por las generales de la ley, siempre lo hacía con buen humor. Acaso la facilidad para la ironía y la observación precisa que da lugar a la comicidad le haya quedado para siempre como un sedimento, como una precipitación química, de su época junto a su amigo tandilense Jorge Campagnolle. Epocas gloriosas en las que las letras todavía no lo habían modificado ni siquiera como lector y se le animaba al Teatro Experimental de la mano de otro amigo, Víctor Laplace.
El buen humor para afuera del Gordo. Hasta sus elecciones tenían algo de ironía y comicidad. Por ejemplo, no quería a Walt Disney porque tardó más de 40 años en incorporar un gato a su galería de dibujos animados. Cuando lo explicaba entre amigos la carcajada aparecía inexorablemente, no como una burla sino como consecuencia natural del asombro por la genialidad amplia y solidaria. La misma carcajada con estatus de ataque asmático que provocaba cuando reconstruía aquella llamada telefónica recibida desde el Uruguay:
-Hola, ¿il signore Soriano? Aquí parla Marcello Mastroianni.
-Dejate de joder… yo soy Bo Derek.
-Perdón signore Soriano, Io sonno Marcello Mastroianni y quería parlare dil mio filme.
Es que Soriano amó al cine de joven y puede ser que su carácter de socio fundador del Cine Club de Tandil, que proyectaba en el Avenida una película por semana, le haya incorporado esa facilidad para las imágenes al momento de escribir. A tal punto puede concluirse en que subyace un vínculo entre su afición a los filmes y su escritura que todas sus novelas, cuentos y hasta algunas crónicas periodísticas son absolutamente cinematográficas. De hecho las novelas “No habrá más penas ni olvidos”, “Cuarteles de invierno” o “Una sombra ya pronto serás”, se convirtieron en memorables éxitos de crítica y taquilla.

Escenas

El mito urbano, alimentado por la cinematografía y en menor medida por la literatura, asegura que en el estertor, en el suspiro rasposo y final, la vida pasa por delante como una película. De ser cierto, Soriano habrá experimentado ese milagro de sanación (del que hablaba Almafuerte) al ver escenas de su recorrido por este mundo, algunas más tristes y otras menos. Como sus años alejado del país por culpa de la intolerancia militar entre el ’76 y el ’83, o los vaivenes anímicos a los que lo arrojaba San Lorenzo de Almagro o las dudas eternas por el peronismo, que terminaron decantándose en favor de la izquierda socialista. O sus interminables sesiones frente a la máquina de escribir, ya sea inventando historias o analizando realidades.
Sus primeros textos profesionales se publicaron en el diario El Eco de Tandil, en los comienzos de los ’60, pero sin dudas su ingreso grande al periodismo fue poco después de la Semana Santa de 1965, cuando escribió un artículo sobre el comercio de la festividad católica en la ciudad serrana. La nota es paradigmática. Tiene un comienzo estándar, luego un desarrollo demoledor y un final con la dolorosa resignación de una novela negra bien escrita. El primer párrafo dice: “El Monte Calvario se erige como centro de atención de la grey católica argentina. Cada año convergen sobre Tandil rebaños de peregrinos para celebrar el Viernes Santo. Sólo en 1955, cuando las relaciones en Iglesia-Perón tambaleaban, la procesión pareció frustrarse (…)”. Ciento cincuenta líneas más allá, el cierre comenta: “(…)el Concilio ordenó un regreso a la verdad evangélica. No será fácil: se oponen la costumbre, los intereses creados. Tampoco es posible ofender a los creyentes sencillos, arráncandoles violentamente esas burdas creencias, esa predilección por los espectáculos más o menos carnavalescos. Pero nada es más injurioso que la demagógica ‘comprensión’ de algunos, para quienes ‘el pueblo es así’ y ‘hay que dejarlo'”. Hasta el año ’73 en que publicó su primer libro, podría decirse que su vida fue estándar para los parámetros usuales con los que se miden las vidas de los creativos. Pero sus últimos 24 años fueron arrolladores.
A los 30 su novela épica “Triste, solitario y final” le abrió el sendero que su obra posterior ensanchó, pavimentó y hasta ornamentó, dándole la posibilidad de disfrutar el resto de su vida con la vigencia de un grande. De vivo vigente, de muerto perdurable. Su recuerdo son sus textos: ficción, crítica, crónicas, entrevistas. Es la vida después de la muerte. En el Ojo de la Patria, Soriano habla de eso. El personaje Carré, observa de lejos su propio entierro. “(…) Mientras bajaban el ataúd, Carré no consiguió disimular su tristeza. Se dijo que al menos podrían haber contratado a las lloronas del barrio para mostrarle un poco de afecto. Su entierro era tan insignificante y desgraciado como el de Oscar Wilde, que tenía una estatua desnuda y tiesa al fondo del sendero. Por lo menos al escritor lo había acompañado un perro callejero y los confidenciales británicos le sembraron un cantero de petunias que utilizaban para entregar sus mensajes a los enlaces de la Security.
Al ver que los peones echaban las primeras paladas de tierra, Carré sintió un desfallecimiento y tuvo que apoyarse en el ala de un querubín para no perder la compostura. Ni siquiera advirtió que su sombrero rodaba por el suelo y abría un delgado surco sobre la nieve. Parado allí, con el corazón apretujado, sin saber lo que haría al volver a la calle, se preguntó quién ocuparía su lugar. Quizá habían puesto un montón de piedras o el cuerpo de un perro reventado por el frío, como solían hacer los polacos y los búlgaros (…)”.
Soriano levita, flota. Atraviesa por arriba y por abajo. Se lo venera a partir de haber entendido de qué se trataba eso de observar. Si eso no es estar vivo…Y no necesita de lloronas mercenarias, ni de estatuas “en pelotas”, como él lo escribiría haciendo un cruce con su fútbol tan querido, para obtener retribuciones. El 30 de enero de 1997 lo sepultaron en la Chacarita en el que podría haberse tratado de “El entierro más largo del mundo” pero para su fortuna (nada peor para un espíritu felino que lo molesten en su lecho) no tomaron la palabra los que hubieran querido hacerlo. Esos que vieron en él al hombre que se le animó a la literatura, que se hizo fuerte entre los otros intelectuales, pero que prefirió que lo velaran en la Unión de Trabajadores de Prensa.
La biografía mal hecha debe terminar aquí, con su muerte.

Una respuesta to “A 10 años de la muerte de Osvaldo Soriano”

  1. La evocación del inolvidable Osvaldo Soriano es hermosa, hay allí conocimiento y cariño. Felicitaciones para el autor.
    La nota me hizo acordar de la increíble entrevista que el Gordo le hizo a Mastroianni, creo que para Página 12. Pocas veces uno puede acercarse a esa cómplice intimidad a través de un papel escrito.La guardé y la leí un montón de veces, maravillándome cada vez, hasta que en una mudanza perdí mi carpeta de recortes. ¿Alguien sabe ´dónde la puedo conseguir?? Agradeceré cualquier dato.
    Cordiales saludos
    Orfeo (Rosario)

    UN CORDIAL SALUDO DE TODA LA ARGENTINIDAD ROSARIO CUNA DE GRNADES!!!

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