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Aquel Gordo tan querido

Posted by LA ARGENTINIDAD ...AL PALO en enero 30, 2007

Adorado por unos y menospreciado por otros, es ya un ícono de la literatura popular argentina. Fontanarrosa, Osvaldo Bayer, Juan Forn y su novia de la infancia retratan al hombre y a su obra.

Osvaldo Soriano murió joven. Tenía 54 años. Una vez había estado junto con Gabriel García Márquez y Fidel Castro en el Palacio de Convenciones de La Habana, y en un momento de la conversación el líder cubano habló de la vejez. “Un hombre de 70 años que se cuide en las comidas, haga gimnasia todos los días y no fume tendrá la fortaleza de uno de 40”, dijo. Y agregó, mirando a Soriano:

—La gente que vive en tensión muere joven.
—Yo estoy tensionado pero por la sorpresa y la emoción de estar acá —respondió el argentino. Fidel sonrió.

Quizá Soriano no haya vivido en tensión. Pero no hacía gimnasia, no se cuidó en las comidas y fumó hasta que fue demasiado tarde. Un día como hoy, diez años atrás, el Gordo se iba. Dejó siete novelas publicadas, decenas de artículos diseminadas en diarios y revistas de todo el mundo, una esposa y un hijo y cantidades de amigos y personas que lo admiraban y lo querían. Mucho.

Entrañable, encantador y más

Sus amigos lo recuerdan con cariño y emoción. “Era un tipo realmente entrañable, muy encantador”, le dijo Roberto Fontanarrosa a Clarín.com. “Un tipo ideal para sentarse a una mesa de café o compartir una sobremesa y hablar de un montón de temas, especialmente el fútbol, el cine, la literatura”.

“Fue tremendamente gaucho conmigo”, recuerda Juan Forn, quien ingresó a Página/12 en 1995, por recomendación, entre otras personas, de Osvaldo Soriano. “Siempre mostró una calidad humana extraordinaria conmigo, yo era un pibe cuando lo conocí y él no tenía por qué ayudarme”, agrega Forn, también consultado para este artículo.

Camilo Sánchez, actualmente editor de la sección Teatro de Clarín, cuenta que a mediados de los ’80 se había quedado sin trabajo y conocía a Soriano sólo por haberlo entrevistado un tiempo atrás. “Lo llamé y a los dos días estaba en la redacción de un diario del que por entonces sólo tenía la certeza de su título: Página/12. Fue un tipo de una generosidad enorme”, admite.

¿Cómo lo recuerda a Soriano?, fue la pregunta para Osvaldo Bayer. “Como el amigo”, fue la respuesta. “Me trataba como si yo fuera un personaje de su novela. Por eso me provocaba para estudiar mis reacciones: quería verme exaltado. Una vez le pregunté por qué siempre, en medio de conversaciones pacíficas y calmas, me sacaba de quicio con alguna opinión que podría pertenecer hoy a un Patti o un Blumberg. Me respondió, muy suelto de cuerpo: porque si no vos no existís, lo bueno es verte cabrero. Ahí te sale todo lo que tenés adentro.”

Ese tipo lleno de anécdotas tiernas y desopilantes fue Osvaldo Soriano. Había nacido en Mar del Plata el 6 de enero de 1943, pero fue uno de esos chicos “despatriados” a los que el trabajo de sus padres no les permite aquerenciarse en ninguna ciudad. “Nunca era del lugar donde vivía y eso se parecía mucho a no ser de ninguna parte”, escribió. Vivió en San Luis, Río Cuarto (Córdoba), Cipolleti (Río Negro) y Tandil, hasta que se instaló en la Capital, a fines de los 60.

El mejor alumno de lo porteño

Sus detractores opinan que fue un escritor menor y que sus libros no tendrán vigencia. El análisis más simple dice que la academia nunca lo aceptó porque vendía mucho, pero algunas críticas más elaboradas le achacan la falta de matices de sus personajes, que sus obras son previsibles y abusan de los lugares comunes, e incluso que ha empleado cierta “estrategia del resentido” para edificar su fama.

En cambio, quienes lo admiran dicen que Soriano será un clásico en la literatura argentina. Fue “un auténtico escritor argentino”, dice Bayer. “Con mayúscula. Un Arlt pero sin trastos alemanes. Menos filosofía y más presencia. Hombre del interior que aprendió muy pronto a ser el mejor alumno de lo porteño”.

Fontanarrosa apunta que “el aporte del Gordo ha sido algo formidable para la literatura popular argentina”. “Nos dejó una obra con un corte muy argentino, en cuanto a gustos y complicidades, y una narración absolutamente atrapante”, agrega.

Su obra “recorrió muchas de las paradojas nacionales”, explica Cristian Vaccarini, profesor de Literatura de la Universidad Nacional de La Plata. “Sin necesidad de apelar a lo maravilloso, le bastó con apenas exacerbar las inverosimilitudes, con frecuencia trágicas, de una comarca que las generaba sin cesar”. Sus personajes, agrega el especialista, “se mueven entre el empecinamiento del deseo y el desencanto de la derrota, en un mundo de palizas, cigarrillos, solidaridades de apuro pero sinceras, invitaciones a beber, planes alocados”.

“Para mí fue un maestro del periodismo y uno de los escritores de lejos más interesantes de la generación del ’60 y ’70”, sentencia Forn. “Fue un viento fresco en el terreno del estilo, de la fluidez, del ojo crítico para ver el país y para retratar todo aquello que nos fueron sacando. Nadie pintó mejor que Soriano a las víctimas de esa enfermedad llamada Argentina.”

“Por ahí exagero, pero no encuentro quien hoy resuelva con oficio, profundidad y belleza, una amplitud temática como la que manejaba Soriano”, señala Sánchez. Dice que el Gordo “podía ir como si nada de un perfil de Truman Capote a una nota sobre la muerte de Olmedo. ¿Qué hubiera pensado del arribo de Ramón Díaz a San Lorenzo? Aunque hayan pasado diez años, esto me pasa muchas veces: aparece la hija de Perón, o la quieren meter presa a Isabelita, y me descubro pensando ¿qué hubiera escrito Osvaldo sobre esto?”.

Tres escenas de cementerio

Un cáncer de pulmón terminó con su vida prematuramente. No pudieron salvarlo ni los miles de dólares que la editorial Norma había pagado por los derechos de sus libros dos años antes, ni los gatos en los que tanta fe depositaba.

¿Qué quedó de Soriano? Tal vez una clave para entender qué quedó, y sobre todo cómo quedó y cómo queda, está en escenas de cementerios. A la famosa anécdota del ejemplar de Triste, solitario y final que el Gordo dejó en la tumba de Stan Laurel, uno de los protagonistas de su novela, se la puede confrontar con tres escenas del cementerio de la Chacarita.

La primera escena es de la agobiante tarde del jueves 30 de enero de 1997: el funeral del Gordo. El hijo de Soriano, Manuel, que por entonces tenía seis años y, dicen, era igual a él, llevó al entierro una carta. Era para su lagartija, que se había muerto muy poco antes. Quería que su papá le entregara la carta a la lagartija cuando llegase al cielo.

La tercera y última escena es de hoy lunes, diez años menos un día después. Los restos de Osvaldo Soriano son trasladados a su lugar de descanso definitivo: una parcela triangular de nueve metros cuadrados, entre la calle 6 y las diagonales 103 y 115 de la necrópolis. Ahora, el gobierno de la ciudad convocará a un concurso para la construcción de un monumento “que honre su memoria y que ocupará un tercio del lote”, según el texto del decreto 1.201/06.

La segunda escena, en tanto, es reiterada y múltiple: cualquier día de cualquier año de estos diez transcurridos, cada vez que un lector anónimo se acercó y vio el descuidado sepulcro de Soriano. Y se entristeció y quizá le dejó un libro, como hizo él ante el sepulcro del flaco Laurel. O tal vez una carta para algún muerto querido, como su hijo Manuel.

Sólo los buenos libros resisten el paso del tiempo. La única respuesta sobre la calidad de su obra la tendrán los lectores del mañana. ¿Consumirán Soriano los lectores de 2050, de 2100? Lo cierto es que hoy se lo recuerda. Artista, loco, criminal, rebelde, soñador, fugitivo, pirata, fantasma, dinosaurio: un poco de todo eso tuvo Osvaldo Soriano. Como sus novelas y sus crónicas. Como todo lo que él contó. Y como todo eso que cuentan de él.


Balada de la primera novia


“Rosebud”, dice el personaje. Es la última palabra que alguien le escucha al Ciudadano Kane, que deriva en un misterio enorme y cuya clave está en un pequeño trineo que el hombre perdió en su niñez. Soriano, amante del cine, tomó esa idea para escribir un cuento en el que habla de su “Rosebud” personal, un árbol al que se trepaba para evadirse del mundo cuando vivía en San Luis. Tenía 8 ó 9 años.

“De ese tiempo sobreviven un limonero en el jardín y mi novia de la infancia”, escribió Soriano en un cuento que se llama, precisamente, “Rosebud”. “Creo que no usábamos esos lazos comprometedores: se llamaba Marta y ahora suele escribirme desde Bahía Blanca para reprocharme mis recuerdos desencontrados. Era la hija mayor de una boticaria que me curó una verruga en el pie…”.

Esa misma Marta Nassif, más de medio siglo después y desde Bahía Blanca, convirtió sus recuerdos en algunos párrafos especiales para Clarín.com.

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Fui amiga entrañable del niño y, más tarde, del hombre. Su muerte me dejó sin la infancia que él sabía recrear periodística y literariamente de vez en cuando, y sin ese primer amigo, sentimiento que descubrimos juntos en los primeros años de nuestras vidas y recuperamos con fuerza tras su exilio.

Tuvimos la suerte de que la vida y sus circunstancias nos dieran la oportunidad –con un feliz encuentro en Bahía Blanca, por carta “como las de antes” o por teléfono– de sentirnos otra vez niños acordándonos de lo que fuimos, aunque nuestros recuerdos se “desencontraran” a menudo, como él lo reconoce en su cuento “Rosebud”. Puede que ese relato sea el más cronológicamente autobiográfico de Osvaldo, por mucho que en otros se encuentren, siempre, retazos de su corto pero fructífero paso por esta tierra.

No pude imaginar cuando niña que ese rubiecito con el que jugaba todos los días, casi siempre a lo mismo, sería el colosal escritor que fue. Mucho después nos dimos cuenta de que ya entonces se perfilaba su destino de “contador de historias”. Bastaba que terminara el episodio radial diario de Tarzanito, que religiosamente escuchábamos juntos tomando Toddy, para que nos mimetizáramos en esos personajes y nos lanzáramos a vivir, en el patio de casa, notables y “peligrosísimas aventuras” que él inventaba, protagonizaba y, a la vez, relataba. Esas imágenes las tengo grabadas a fuego y no sólo yo, también una de mis hermanas, que era una “extra” infaltable en nuestros juegos, mi madre -hoy de 87 años- y hasta mi tío. No por nada la portada de su libro “Cuentos de los años felices” reproduce al Rey de los Monos.

Puede que, como él mismo lo afirma para arrancar “Rosebud”, “la memoria lo agiganta todo”. Aún corriendo semejante riesgo creo que él, que se lamentaba de “no ser de ninguna parte” y hasta haya fijado su Rosebud personal -ese que llevamos a cuestas- en un añoso limonero de su casa de Neuquén, fue en realidad puntano. Esa etapa lo selló. Yo solía porfiarle que “allí donde está tu infancia está tu patria”, como sentenció alguien. En San Luis Soriano vivió los primeros y fundantes 8 años de su vida y en todos sus libros se “cuela” algo de los desiertos puntanos y de aquellos años felices.

Ahora, que se cumplen ya diez años de su imprevista partida, suelo refugiarme en sus libros cada vez que la adultez se me hace difícil de sostener con dignidad. Y pienso que Osvaldo se “salvó” de muchas cosas que le daban miedo. Se salvó de “la vejez que nos iguala en la humillación”. Se salvó de que “las personas que están más cerca de uno sean las que menos conocemos” y también de “lo verdadero que a veces no es verosímil”. Pero, por sobre todo y mirando lo que ocurre en nuestro país y con el diario que él cofundó, se salvó de “estar metido en un calvario de lealtades traicionadas”.
 

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