LA ARGENTINIDAD….. AL PALO

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El precio de la belleza

Posted by LA ARGENTINIDAD ...AL PALO en febrero 10, 2008

Es su cara y su cruz. Le ha abierto puertas, pero la ha encasillado. Elsa Pataky, la actriz más deseada, pide cancha. En ‘Santos’, su próximo estreno, exhibe poderes.

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Elsa Lafuente Medianu, de 31 años, ciudadana española residente en Los Ángeles (California), votará por correo en las elecciones. Podría usar la urna del consulado, pero ni ella sabe dónde estará el 9 de marzo. Viaja mucho. Por trabajo, por placer, porque sí. Un culo inquieto. Cuando le da la ventolera coge el petate y se va. Lafuente frecuenta la oficina diplomática. El cónsul es amigo. Colega, en cierto modo. “Me la presentó Garci y nos vemos bastante. Aparte de lo que se ve, una bomba de mujer, es una chica simpática, atenta y al día de lo que sucede en el mundo”. El excelentísimo Inocencio Arias, actor ocasional, cónsul general de España en Los Ángeles, no disimula su orgullo al otro lado del teléfono: “Neo, su golden retriever, y Copla, la mía, se gustan”, revela. “Ella lo deja en mi casa cuando rueda y tienen sus escarceos. A ver quién puede decir por ahí que es consuegro de la Pataky”.

El sesentón Arias no discrepa del grueso de los varones españoles. Elsa Pataky –su cuarto apellido, que adoptó en honor de su abuela– es la española más deseada según alguna encuesta. Si no se fía de la macroestadística, sondee a su entorno masculino. “Está buenísima”, “un cañonazo”, “menudo pi¬¬bón”, son respuestas frecuentes entre las reproducibles. Otras, mejor se las imaginan. Ahora pregunte a las mujeres. “¿La que está con Adrien Bro¬¬dy?”, “es mona, pero no para tanto”, “está operada de todo, ¿no?”. Cierto que algunos afinan el tiro: “Era la mala de Al salir de clase” o “estaba estupenda en Ninette, la película de Garci”, pero, francamente, son minoría. Aquí y ahora Elsa Pataky, actriz con casi 15 años de oficio y otras tantas películas a la espalda, es considerada más como un símbolo sexual o una celebridad de alfombra roja que como una experimentada intérprete capaz de rodar en inglés, francés o italiano y de labrarse una creciente y original carrera internacional aprovechando su hueco en el mercado a base de olfato, talento y una voluntad de hierro.

Se diría que la vida le sonríe. Instalada en Los Ángeles, desde donde ofrece su trabajo a quien quiera llamarla de cualquier esquina del planeta. Felizmente emparejada con el ganador de un Oscar Adrien Brody, que destila arrobas de miel por ella en cada foto. Recién llegada del festival de Sundance, donde ha presentado Máncora, un filme del director peruano Ricardo de Montreuil. Invitada de honor a la gala de los Goya. En vísperas, en fin, del estreno de Santos, una comedia futurista del chileno Nicolás López, la última sensación del cine alternativo latino, Elsa Pataky parece tenerlo todo. Pero lleva clavada una espina en el corazón. Y le duele.

Sí, es guapísima. Ojos mar, pómulos redondos, labios llenos, piel melocotón, una preciosidad. Cierto que llega maquillada de un acto de una de las marcas a las que vende cara su imagen. Pero la luz que emana de su rostro supera las prestaciones del mejor iluminador cosmético. Parece que se acaba de tragar, encendida, una bombilla de cien vatios. No puedes dejar de mirarla.

–¿Cuándo fue consciente del efecto que causaba en los demás?

–De niña. Tendría 12 años. Los chicos empezaron a dejarme notitas diciéndome que era muy mona, que estaban por mí. Y me lo creí, me puse chulita, me crecí. Pero mis amigas me pusieron en mi sitio. Me dejaron de lado, completamente sola. Fue muy duro, me di cuenta de que gustar es agradable, pero hay otras cosas mucho más importantes. Aprendí la lección.

–Hay quien le reprocha tener una carrera más basada en las portadas de las revistas que en su trabajo como actriz.

–Cuando acabé Al salir de clase, tenía dos opciones. O esperar sentada el papel de mi vida, ese drama que te permite mostrar tu talento sobre tu belleza, o aceptar lo que me ofrecían y aprender el oficio desde dentro. Lo que me llegaba eran papeles de niña mona y revistas que me querían por mi físico. Acepté, aproveché mis oportunidades. Pensé que ya tendría tiempo de demostrar de lo que soy capaz. Las portadas siempre han tenido un proyecto detrás. Muchos lo rechazan, pero en Estados Unidos es una parte del trabajo, y yo lo veo así. He sido modelo para pagarme los estudios, me he buscado la vida. Pero soy actriz, es lo que quiero y lo que me gusta.

–¿Sigue aguardando ese papel decisivo?

–Sí. Yo creo que todos los actores esperamos nuestro gran papel toda la vida. Dar el salto, que se te reconozca. Estoy deseando hacer algo para callar bocas. Lo tengo dentro del corazón y creo que llegará el día, porque la gente que lucha sin rendirse logra lo que quiere. Y eso es lo que he hecho toda mi vida.

–¿Se siente maltratada por su profesión?

–Un poco dada de lado, sí, porque como he usado esa vía y he explotado mi físico, hay quien cree que no voy más allá. Puedo ir mucho más lejos. Algunos directores me han confesado que me tenían catalogada como chica de revista. Sé que mucha gente lo piensa y eso me parte el corazón. Quizá no he tenido un gran papel para demostrarlo.

Pataky habla bajito, con un acento muy dulce en el que suenan notas dispersas de los idiomas que usa. Ha citado en el bar del gimnasio Metropolitan, en el centro de negocios de Madrid. El típico club donde van a sudar calorías los profesionales y la gente guapa de la zona.

Aquí entrena Elsa cuando está de paso en España, como ahora, después de cinco meses sin pisar el país. “¿Seguís sirviendo zumo de piña con zanahoria?”, susurra a la camarera. Son las dos de la tarde.

–¿Está a dieta?

–No exactamente, pero hago deporte y vigilo lo que como. No puedo descuidarme.

Vaya, parece que no todo es genética en el chasis de Lafuente Medianu. Semejante combinación de apellidos es hoy moneda corriente en cualquier clase. Pero en los primeros ochenta, una rubita con ese nombre era única en el colegio Las Damas Negras de Madrid. Elsita fue una niña “melancólica y solitaria”. Su infancia no fue “muy feliz”. El señor Lafuente y la señora Medianu se separaron cuando su hija tenía cuatro años. Se habían enamorado en Bucarest, donde Lafuente, químico, realizaba una estancia profesional y Medianu, una joven rumana, estudiaba publicidad. Tras la separación, Elsa vive con su padre en un piso del centro de Madrid. “Pasaba mucho tiempo sola. Echaba de menos a mi madre. Me fascinaban mis compañeras, tan peinaditas, con sus lazos y sus coletas. Mi padre no tenía maña para eso, así que aprendí a arreglarme sola”.

Tuvo que ser de esa guisa, con las trenzas y el uniforme, como brotaron los poderes de Elsa. Pero tras el compló de las niñas, Lafuente camufla sus armas. “En el instituto me convertí en un chicazo. Era la más bestia y no me quitaba el vaquero y la camiseta”. Daba igual. Todo seguía en su sitio cuando, a los 14 años, se muda con su madre. “Me dejaron elegir y me fui con ella. La necesitaba”.

Cristina Medianu, hija de un actor y una carismática mujer de origen húngaro, le abre a Elsa un mundo nuevo. “Me dio libertad y confianza. No tenía hora para llegar, mis amigas me envidiaban. Nos contábamos todo”. Mircea Medianu y Rosa Pataky pasan temporadas en Madrid. Elsa hace teatro con el abuelo –“siempre era la princesa”– y oye a la abuela –“me echaba las runas, unas piedras adivinatorias”– boquiabierta. El flechazo de la niña con la bohemia es fulminante.

Es hora de sacarle partido a sus atributos. “Empecé a dar clases de teatro y a presentarme a castings. Hice anuncios, comencé a ganar dinero. Como actriz siempre quedaba finalista, pero luego se lo daban a otra”. También echó mano de su “faceta chicazo”. “No tenía carné, pero le cogía el coche a mi madre para ir a las pruebas. Aprobé el práctico el día que cumplí 18 años”. Poco antes había debutado en el Teatro de Cámara de Madrid, con El maestro de danzar, de Lope de Vega. “Salí temblando. Mi abuelo había fallecido, pero quise que viniera mi abuela de Rumania a darme su aprobación”. Elsa Lafuente se convierte en Elsa Pataky para la escena.

Por si acaso, se ha matriculado en la Facultad de Periodismo del CEU. Un exclusivo centro donde coincide con los cachorros de la alta burguesía madrileña. Ella paga. “Mis pa¬¬dres me costeaban una universidad pública, pero aposté por ir allí. Quería ser actriz, no me veía de periodista de re¬¬¬dacción, si acaso de corresponsal, viajando por el mundo. Pero siempre me planteo un plan B por si lo demás falla”.

“Tenía coche, dinero, ¡ha¬¬cía la declaración de la renta! y, además, estaba buenísima. Era el cañón del CEU y encima no se lo tenía creído. Enamoraba a todos. Ir con ella era ser invisible”. Nacho Sinova fue algo más que el mejor amigo de Elsa en la universidad. “A ninguno nos sorprende su carrera”, confiesa. “Tiene una capacidad de trabajo brutal y no conoce el significado de las palabras miedo y no”. Así que a Nacho no le chocó que Elsita se convirtiera en una estrella de la noche a la mañana cuando estaba a punto de “tirar la toalla, harta de quedarse a las puertas” de todos los papeles a los que se presentaba.

En 1997, el director Antonio Cuadri busca chicas para una serie juvenil. Elsa era una de las miles de estudiantes que abarrotaban el piso de Arenal, 4, donde se hacían las audiciones. Cuadri lo vio claro. Elsa era Raquel, la robanovios de Al salir de clase, la teleserie que se iba a convertir en fenómeno social. “Si el cine es imagen, ella tiene poder”, dice Cuadri. “No es sólo esa belleza de animal joven, sino algo espiritual. Una desnudez sencilla, natural y profunda en la mirada. El cine necesita estas estrellas. El talento de una actriz no se mide sólo en premios y prestigio. Cada una tiene su maduración, y puede que Elsa explote a los 35. Pero estoy seguro de que le va a llegar el papel en el que se una el glamour físico con la intensidad dramática. Las futuras Elsas nos van a dar mucha satisfacciones”, opina el cineasta que la vio primero y que, anuncia, tiene un rol pensado sólo para ella.

De los sucesivos elencos de Al salir de clase salió buena parte de la generación de actores y actrices treintañeros. Alejo Sauras, Mariano Alameda o Sergio Peris Mencheta, entre ellos. Pilar López de Ayala, Lucía Jiménez y Elsa Pataky, entre ellas. Peris Mencheta llegó cuando Elsa se iba. “Después rodamos varias películas –El arte de morir, Menos es más– y nos hicimos amigos”, dice Sergio, que acredita ser “el novio oficial de la Pataky” en pantalla: “El dato más impresionante de mi currículo para los tíos mayores de 12 años”.

“Elsa se ha hecho a sí misma, en todos los sentidos”, dice Sergio desde Alburquerque (Nuevo México), donde rueda Love Ranch, un filme junto a Helen Mirren. “Ni da el perfil de actriz española, ni su camino ha sido el habitual en este país. Es valiente y lista, sabe qué hacer y cómo. Ha hecho una apuesta arriesgada y le ha salido bien. Es verdad que no es musa de nadie ni ha hecho cine de autor, como Pilar López de Ayala, pero no hay otra como ella en España. Cuando nos olvidemos de la Pataky despampanante y un director apueste por ella, nos vamos a enterar. Es una corredora de fondo, y además ha hecho de su nombre una marca registrada”.

“Cualquier firma estaría encantada de contar con una imagen tan potente”, estima el hoy realizador Nacho Sinova. Pataky vende. Helados, por ejemplo. O relojes. O revistas. Que se lo digan a Interviú, que agotó su tirada y vio colgarse su web durante horas cuando en marzo de 2007 publicó en portada un desnudo robado a Elsa durante una sesión de moda concedida a la revista Elle. La noticia abrió boletines de radio, periódicos y telediarios. La titulada en Periodismo Elsa Lafuente no daba crédito. “Me dio mucha pena y mucha vergüenza que con todo lo que pasa en el mundo se le concediera tanta importancia a un asunto tan banal y tan desagradable en el que, además, se violó mi intimidad”.

Para entonces, la chica de portada era una celebridad internacional. Tras bajarse en marcha del tren de Al salir de clase, Elsa se pone el mundo por montera. “Siempre he querido trabajar fuera, en otros idiomas, ampliar el círculo”. Dejaba atrás años de popularidad local como la chica de la tele y la novia del motociclista Fonsi Nieto –“era más atrevida que él. Tenía una Ducati Monster y la exprimía. Fonsi decía que estaba loca”, sopla Peris–. Con los ingresos de la serie, Elsa se planta en Los Ángeles para otear el territorio pensando, “ilusa”, que podría trabajar sin papeles. Escaldada, “y pensando en volver”, contrata un curso de cine en Nueva York.

Anita Suárez de Lezo y sus compañeras de la Markle Evangeline Residence, un albergue del Ejército de Salvación del West Village, están revolucionadas. ¡Viene la Pataky! “Po¬¬día pagar un apartamento, pero me fui de okupa con unas amigas, así no estaba sola”, dice Elsa sobre su verano de 2003. Dos meses locos. Cuatro chicas en dos camas de 90, modelitos por los suelos, todo es de todas. “Nos puso a hacer deporte y comer sano. La llamábamos Sargento Pataky. Eso sí, estaba tan guapa al levantarse como al acostarse. Yo estudiaba moda y la llamaba mi Barbie, todo le quedaba bien”, recuerda Suárez de Lezo.

La decisión está tomada. Después de protagonizar Ninette y un señor de Murcia, de José Luis Garci, la película que mejores críticas le ha reportado, Madrid se le queda pequeño. Planta su cuartel general en Los Ángeles, con Neo como única compañía. Las fotos de Elsa y su perro retozando en la playa son exactamente lo que parecen. “La vida en Los Ángeles es dura. Estudiaba inglés como loca, me presentaba a todos los castings, hacía deporte sola, iba todas las noches al cine. Fue como empezar de cero”.

Bianca, su agente americana, mueve su book por las productoras. Tiene órdenes de estudiar cualquier oferta, de quien sea, donde sea. Su belleza internacional y su determinación sin fronteras –“si tiene que cruzar el país para una prueba, es capaz de quemar un coche para llegar a tiempo”, dice Peris Mencheta– empiezan a rendir frutos. Hace incursiones en el cine francés –Iznogoud, donde conoce a su siguiente novio, el cómico Michael Youn–, americano –Serpientes en el avión, pura acción–, italiano –Ma¬¬nuale d’amore 2, con Monica Bellucci–, peruano –Máncora–, lo que caiga.

Sus paseos por las alfombras rojas del mundo causan sensación. Su belleza se ha refinado. Las grandes firmas prestan encantadas sus vestidos a una modelo que no levanta más de 1,60 del suelo. “Antes quizá se la encontraba ordinaria, rotunda”, estiman en una marca de lujo. “Pero, seamos justos, ¿cómo era Penélope hace 10 años? Hace tiempo que Elsa derrocha glamour”.

Además, ya no está sola. Su don de lenguas puso en su camino a Adrien Brody. El americano estudiaba español para interpretar a Manolete. Su profesora era la misma de Elsa. Los presentó. El flechazo, mutuo, continúa. “Conectamos enseguida. Tenemos la misma concepción de la vida. El trabajo es importante, pero también saber disfrutar. Se nota la cultura europea de Adrien, no es como otros americanos que sólo piensan en trabajar”. La madre de Adrien, la fotógrafa húngara Sylvia Palachy, y la abuela de Elsa, Rosa Pataky, se conocen. Las runas sonríen.

Ahora, Elsa es la “chica-viento”, una heroína con superpoderes, en Santos, la película que estrena esta primavera. La cinta, producida por José Manuel Lorenzo y Eduardo Campoy, está dirigida por el chileno Nicolás López. “Desde que vi un cartel de Ninette la quise. Es un dibujo manga hecho persona. Cada centímetro de su cuerpo fue creado para que la cámara la ame”, dice sobre Pataky este nuevo niño terrible del cine latino. ¿Será éste su gran papel? “Si no, ya llegará. No tengo prisa. Quien me quiera, sabe dónde encontrarme”.

–¿Qué le diría a quien le echa en cara su apuesta por el star-system de Hollywood?

–Que eso es no conocerme. Me encanta el cine español, ojalá mi gran papel sea aquí. Vivo en Los Ángeles porque creo que puedo tener más opciones de trabajo y necesito trabajar el inglés para tener oportunidades.

–Siempre la hemos visto con un novio al lado, ¿soporta mal la soledad?

–(Silencio). Sí, me afecta muchísimo. No es que no pueda estar sola, sino que necesito sentirme querida, tener alguien al lado, sentir su respeto, su amor. Siempre he intentado tener pareja estable, quizá porque vengo de una rota. Mis relaciones han sido muy largas porque he luchado por ellas hasta el final.

–¿En eso no tiene un plan B?

–No, ahí estoy vendida.

Al salir del Metropolitan, una bandada de fotógrafos del corazón la fusila. Ella sonríe y espera turno. Ya lo dicen las dos cruces tatuadas en su brazo derecho: “Querer es poder”.

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