LA ARGENTINIDAD….. AL PALO

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Eramos tan ricos

Posted by LA ARGENTINIDAD ...AL PALO en febrero 10, 2008

Pasaron 20 años desde que Olmedo dejó abruptamente el mundo y las pantallas.  Pero en los relatos y en los corazones, su recuerdo se agiganta. Como la nostalgia.

Rúcula : tipo de hortaliza considerada para fines culinarios; un tipo de lechuga. Rucúcula: verdura para ensalada que Alberto Olmedo le enseñó a comer a Juan Carlos Casas, según Casas. No se sabe si r ucúcula es el milagroso punto de llegada de esa porfiada práctica de los tipos grandes que consiste en mencionar lo novedoso alterándole el nombre para marcar cierta prescindencia generacional (lo hacen siempre con los apellidos de los jugadores de fútbol). Si es eso o si rucúcula es un deliberado y precioso juego de palabras logrado alguna vez o en este momento por el propio Casas, con fondo sonoro de la radio colgada del tirante de la carpa más el ruido del viento que hace bailar la radio sintonizada donde venga y el golpe de las olas, hoy bastante iracundas al pie del Torreón del Monje. Gran postal a la que nada le hace falta, ni esa leyenda subsidiaria del caballero heroico que se tiró al agua con caballo y todo. ¡El Torreón! Inmejorable escenario de na de las más evocadas “noches
Olmedo” en la Feliz.

Agotada la sobremesa, una noche arrancó con troupe para este castillete, arribando a la 1.30 de la madrugada. Aquí coincidieron, por ejemplo, un joven Guillermo Francella y, también, un inspirado Alberto Cortez que se sentó al piano y tocó y tocó; y su amigo Olmedo cantó unas canciones asturianas, y de todo. Resulta que esa noche, el dueño de la confitería del Torreón aceptó invitar. Y los convidados honraron su desprendimiento: en los cálculos de los testigos, las botellas de champán sumaron veinticuatro. En champán con medialunas consistió el desayuno que promedió una larga noche que duró exactas doce horas. Cuentan que al momento de la despedida, uno de los participantes, extenuado y con un poco de líquido en el estómago, formuló la siguiente pregunta: ¿Qué hace toda esta gente desnuda por acá?” Y que alguien con algún digno reflejo remanente le respondió: “Vienen a la playa. Es la una y media de la tarde.

Es normal”. Por supuesto que en las doce horas del Torreón estuvo Juan Carlos Casas, sombra querida de Olmedo; su secretario privado, único con permiso para abrirle la billetera; confidente, hermano casi. Las fotos lo muestran feliz, como lo fue durante esa Mar del Plata “de la época de Olmedo”. Esa que terminó de golpe aquella madrugada del 5 de marzo de 1988 –se cumplirán 20 años– cuando el cómico, que atravesaba su mayor pico de popularidad, cayó desde un balcón del piso 11 del edificio Maral 39, en el Boulevard Peralta Ramos 3675.

LA NARIZ DE MAMARRACHO

A los 79, después de tres años de ausencia, Casas volvió a Mar del Plata. Al fin y al cabo su lugar en el mundo en el verano. En su mochila carga las fotos de su viejo jefe, y las suyas con el jefe. Siempre hay alguien que quiere verlas. También lleva la nariz de espuma de Mamarracho, su personaje, un payaso así bauti zado por Fidel Pintos. Casas es actor, pero trabajó como hombre de confianza de dos figuras: primero, durante ocho años, fue secretario de Juan Carlos Altavista; después, durante 23, de Olmedo.
¿Y qué tarea implicaba eso? “Básicamente, manejarle la plata –explica–. Ir al banco, ir a depositar.

Pensá que en Mar del Plata las recaudaciones eran grandes; toda una responsabilidad. Me acuerdo que nos íbamos del teatro por el fondo con Fernandito, con un auto viejo que tenía él.” Fernandito murió en el accidente con Rodrigo. Era el hijo más grande del cómico, que tuvo seis. Fernando, Marcelo y ariano, con Judith Jaroslavsky; Javier y Sabrina, que es actriz, con Tita Rouss.

Y Alberto, con Nancy Herrera. No lo conoció y se dice que se enteró que iba a nacer poco antes de caer por el balcón. Fue Casas quien le presentó a Nancy, casi sin saber quién era. “Yo estaba haciendo a Mamarracho en una exposición del juguete en La Rural y ella atendía un puesto.

Le contaron quién era yo y me pidió que le presentara a Olmedo. El me dijo que la invitara al teatro.” Una noche de 1980 empezó una historia que los hijos del cómico, aunque la relación con el padre no se alteró por eso, nunca convalidaron.

No volvieron a ver a Nancy ni tratan al hermano menor.

LOS MUCHACHOS DEL TORREON

Si hubo “una época de Olmedo” en Mardel, y veinte años no es nada, entonces deberían quedar unos cuántos muchachos de tal época. Bien, el primero que nos presenta Casas se llama Julio Juárez. Parece un veterano luchador de catch, pero su arte con las manos es resueltamente más fino: se dedica a los masajes, en su carpa montada en el balneario del Torreón. Primero que nada, él –que también corrió las doce horas del Torreón– da fe de las veinticuatro botellas de champán. En la “época Olmedo” lo llamaban “el masajista de las estrellas”.

Sus manos acariciaron la piel de Susana Giménez confortaron los músculos de Carlos Monzón, eje de la primera feroz noticia del fuertemente noticioso verano del ’88: el crimen de Alicia Muñiz, en febrero, 20 días antes de la muerte de su amigo Olmedo. Desde que masajeó al cómico, Julio el masajista pasó a integrar la profusa legión de personajes del entorno/ambiente que recuerdan bien al rosarino. Imposible encontrar a alguien que hable mal de Alberto Olmedo. “Era muy generoso con los actores. Daba un paso atrás y dejaba que cada uno dijera su texto y se luciera”, lo recuerda Silvia Pérez, una de sus chicas en la tele y en el teatro. Silvia confesó una relación personal con él. “Fue el único hombre en mi vida que ocupó varios roles.” Adriana Brodsky cuenta que Olmedo no se parecía al Manosanta, personaje boom de 1986 que el cómico craneó un día que le sacó a su secretario una Semanario que informaba sobre este tipo de personajes. “Olmedo –dice la Bebota – tenía códigos que han desaparecido. Al fijarse en una mujer, no se mandaba con cualquiera.

Era un caballero.” Don de gente, lo llama Julio el masajista: “En el trato era igual que cualquiera de nosotros. No: era menos”. Casas aprueba: “Fue un tipo que jamás perdió la humildad. Siempre me decía: ‘Nunca me voy a olvidar de lo que era ponerse papeles de diario en el pecho para no tener frío'”.

Olmedo fue “tan pobre”, como bromeaba de grande. Eramos tan pobres se llamó la última obra que hizo en Mar del Plata. Había nacido en 1933 en un hogar más que humilde en Rosario y hoy tendría 74
años. De buena condición física –siempre penduló entre los 64 y los 68 kilos– fue acróbata e hizo de todo un poco antes de afianzarse como actor. Rosario quedó como el lugar adonde iba a tomar aire, en las mesas de sus viejos amigos. En Rosario está uno de sus monumentos. El otro, en Mar del Plata. Hay que pasar el Maral 39 y unos metros más allá está ese medio cuerpo de brazos cruzados dándole la espalda a la barranca. La CGT lo mandó hacer y puso la placa: “Al compañero trabajador del espectáculo Alberto Olmedo”, ése que nunca le negaba un bolo a quien se lo pedía y ahora esta ahí, de metal, como tentado de risa, bien ahí, salvo por esos ojos vacíos –pasa con todas las estatuas–. No ay remedio.

BAJO EL MISMO QUINCHO

“Rolo”, presenta Casas. Estamos otra vez en la playa del Torreón, carpa 101, la radio colgada, yerba y azúcar en unos tarros de dulce. El sentido del humor de este Rolo es tal que incluye una miniguía sobre la practicidad y los réditos de su entretejido. Con Olmedo coincidían en la misma casa abocada al rubro, en Buenos Aires. Rolo es tanguero, profe de tango, y está casi obligado usarlo. Olmedo lo aguantó un poco: una vez en una playa de Puerto Rico se le llenó de arena y bye peluquín.

La pelada dejó de ser una preocupación estética, no así las bolsas de los ojos, que se operó. ¿Ir a comer era la pasión de Olmedo? “Yo creo que lo que más le gustaba era estar anunciando todo el día a dónde íbamos a ir a cenar. Después comía poco y nada “, cuenta su secretario. “Vos tenés suerte, tenés una mujer que cocina”, lo envidiaba Olmedo. Con frecuencia levantaba al teléfono para avisarle que iba a ir a su casa, firme, fijaba el menú. En general, nada refinado: “Quiero asado al horno con papas”. Rúcula – Rucúcula !– y lechuga arrepollada eran un estímulo culinario. Una vez un amigo le llevó una planta de lechuga el teatro. Olmedo agradeció exhibiendo el regalo en el escenario. “Mi viejo era muy generoso c con la plata. Nunca iba a dejar que pagara otro.

En Mar del Plata alquilaba un departamento para él y una casa en Los Troncos para los amigos. Elegía una grande, con cuatro dormitorios, y la gente iba rotando. Y él bancaba. ¡Había que llenar esa heladera!”, cuenta Mariano (43), el tercer hijo del cómico. Mariano Olmedo es productor de espectáculos y maneja la muestra itinerante sobre su padre que gira por el país. Para 2009 planea tener listo el proyecto en el que viene trabajando hace años: El regreso el CCapitán Piluso , un filme de animación. El produce y dirige y su hermano Marcelo escribió el guión.

Están viendo si usando viejos registros de audio pueden lograr que la voz sea la del propio Olmedo. “Mi viejo nos dijo que íbamos a tener que estar siempre atentos porque lo que él hacía era para siempre. Y que así. Lo ponen y tiene ráting. Salieron unos dvd y se agotaron.” La vigencia es muy grande porque la vida de Olmedo se cortó en su máximo suceso. No había que decir “poné a Olmedo”. Los viernes, a las 22, en cada casa el programa estaba puesto. En Mardel, en la temporada anterior a la de su muerte, había registrado el récord histórico de taquilla: más de 119.000 espectadores.

CHORIZOS Y PERFUMES

Salvo Sabrina, los chicos ya tenían de 20 para arriba en los últimos años del padre, y participaban en esas sobremesas sin fin. A Olmedo le divertía esperar a los invitados con un numerito en la mano y durante la noche hacía rifas. “Sorteaba doce chorizos, un perfume… él quería que todos se llevaran algo, un souvenir, como en los cumpleaños de los chicos”, se acuerda Mariano.

Esas eran mesas fuertes. Un espectáculo bastante cómico lo dio involuntariamente el Gordo Porcel la noche en la que, después de comer, se desplomó en toda su extensión sobre uno de esos sillones de jardín de herrería artística. Unas horas después, los rulitos de las patas del sillón se habían hundido unos cuántos centímetros en la tierra. Franco en el teatro, franco en la tele, el lunes era el día de Olmedo para sus hijos. Las cenas en Fechoría eran una fija, también a la salida del teatro. Los jóvenes Olmedo también invitaban al papá: los viernes caían en New York City, la disco de moda.”Tenía más de 50, pero muchos gustos de tipo más joven. Le encantaba ir a bailar, por ejemplo. ¿Sabés cuál era la música que más le gustaba escuchar? Madonna.

El tema La isla bonita lo volvía loco.” En Mardel, de la mesa arrancaban para la sucursal de Palladium, otro boliche que hizo historia. Fernando Olmedo era el RR.PP. y parece que el VIP contaba a diario con una buena intensidad de personajes y situaciones. Pero en la madrugada del 5 de marzo de 1988, Olmedo saludó temprano. La cena fue en Hamburgo –sobre Colón, allí donde Mar del Plata ya no es tan centro–, restorán de manteles a cuadritos y cuadros de localidades alemanas en las paredes.

Había conseguido dos cochinillos y se los había hecho llegar al cocinero con la instrucción de que preparara uno al horno y otro a la parrilla. Por pedido de un amigo, o de un amigo de un amigo, Olmedo era de ir a restoranes chicos para dar una mano a los dueños. Si iba él, después iban todos. Siempre cargaba en el baúl del auto un par de cajas de vino tinto bueno. Pero esa noche tomó un Kleinburg blanco. De postre, panqueque de manzana. A las dos, se levantó de la esa para ir a encontrarse con Nancy Herrera, que lo había llamado al restorán para avisarle que estaba en Mardel. “Ellos habían estado distanciados y él sufría mucho.

Estaba feliz porque se iban a encontrar”, cuenta a Viva Susana Romero, otra de sus chicas en el escenario. Así que Olmedo pidió que le armaran un paquetito con lo que había quedado del cochinillo, se calzó la gorra, y arregló un horario con su hijo para ir a llevar unos televisores y unas videocaseteras que habían comprado para la cárcel donde estaba Monzón. “Esta noche dos funciones” –saludó – y partió rumbo al Maral 39. Su secretario se quedó un rato más y después salió a caminar por la ciudad. Esa noche no le había visto buena cara a su jefe. Pero en fin: Olmedo ya tenía pensados tres personajes nuevos – H.P. (o sea “el hincha pelotas”), Carlitos El Duro (un recio tanguero, no vayan a creer otra cosa) y el Junco Rosarino , un gay–, planeaba ir a París, se había comprado muebles nuevos, y ya había acordado para seguir con la obra durante el año en el teatro Alfil.

Ese sábado a la madrugada Casas caminó y caminó. Recién a las seis y media llegó al lugar donde estaba parando: una habitación en un restorán-hotel que intentaballevar adelante con unos socios. Su gran capital era la garantía de la presencia de Olmedo. Dormía cuando el cocinero le golpeó la puerta y le rogó que por favor pusiera la radio porque la radio había dicho que se había muerto su jefe.

Mariano Olmedo estaba en Buenos Aires y también puso la radio. En Buenos Aires estaba lloviendo y la radio dijo que había muerto su papá. “Yo estaba cerca del lugar, me puse una remera y me fui en patas… Fue algo muy feo”, lo sufre todavía Divina Gloria, que además de actuar, cumplía otro rol en el esquema Olmedo: le enseñaba las canciones que el cómico cantaba cuando empezaba el sketch de Borges y Alvarez, antes de sacar como loco la lengua.

Estuvo vivo unos minutos en la vereda, pero incon sciente. Nancy Herrera contó que se había subido a caballito de la baranda del balcón y perdió el equilibrio. Habían tomado champán. Ella quiso agarrarlo, dijo,pero no pudo. Se hizo un mito alrededor de una bolsita de nailon que apareció en el piso. Después el juez dijo que era irrelevante, pero confirmó que las pericias habían detectado cocaína en el cuerpo. Para arrancar la temporada, Olmedo se instalaba en diciembre. Su amigo Rogelio Roldán, el funebrero, tenía contadas ocho navidades con él. Esta vez le tocaba velarlo.

LO QUE EL NEGRO SE LLEVO

Desde la terraza del Hermitage se obtiene una buena panorámica. A la derecha, el Torreón, al centro el mar, a la izquierda la Rambla, y la mole del Hotel Provincial, paradero festival de la familia Olmedo cuando los chicos eran chicos. Asomados por la baranda del Hermitage quedamos de rostro a la atracción inaugurada hace ya 23 veranos: la vereda de la estrellas, esa cuadrícula donde los famosos vienen dejando su huella. Vemos que, con atino, Julio Bocca estampó sus pies; que Carlos Monzón legó su puño intimidante, y que Isabel Sarli y María Grazia Cuccinota dejaron su manos, igual que Martha Bianchi y que Valeria Lynch, que Raphael o Brandoni. Atención: ahora mismo viene alguien a posar sus manos. Nadie le tiene preparada una cuadrícula, en razón de que no se trata de un famoso sino de un joven del común, bocha rasurada, gafas negras, sudadera para amortizar la fuerte inversión en tatuajes. Llega este pelado y encaja su manazas en la huella ya existente en la cuadrícula apretada entre las baldosas de Mercedes Carreras, Darío Vittori, Víctor Heredia y Ricardo Darín. Agachado, queda sumergido en una especie de profundo trance personal. ¿Vendrá todos los días a saludarse así con Alberto Olmedo?

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Un señor de traje aparece en unos de los impagables sketch de Alvarez y Borges, o sea Javier Portales yAlberto Olmedo. “Buenas tardes jovencitos, los espero en la fiesta de la primavera a los cuatro hermanos”, les dice, porque está ebrio y entonces ve doble y ve jovencitos a Borges y a Alvarez. Se encuentra fácil en YouTube.

Ese señor es Juan Carlos Casas, el secretario/actor que ahora –ya que el tatuado dio por terminada su ceremonia– aprovecha para dejarle a las manos de su jefe un besito que primero estampó en su dedo índice. “Me costó volver después de la muerte del Negro”, dice Casas. Pero este año vino, aunque su Mar del Plata “de la época de Olmedo” nunca volverá a estar completa mientras a Rolo, el profe de tango, le cueste encontrar una mesa donde le traigan la picada de los 25
platitos.

Y al puchero mixto de Ambos mundos , restorán de gallinita en el cartel y pecera adentro, haya que pedirlo en otra parte, ya que en el local de la calle Rivadavia venden remeras que hacen chistes comparando a la mujeres con la cerveza, ganando la cerveza. A lo mejor a la Mar del Plata “de la época de…” todavía se la pueda armar un poco con lo que persiste: los muralitos de trabajadores, vikingos y dragones que adornan la entrada de los edificios del centro; sentándose en el bar Mundial ’78, donde sirven el vermú con sifón y el limón adentro del vaso. Vale la pena pararse con un cómplice como
media cuadra –hay que encontrar bien la perspectiva– y simular un cabeza con la gran pelota de vidrio que este bar tiene como letrero. Nunca habría que sacar de ahí esa pelota. Si no, ¿a qué jugamos? Al fútbol con Olmedo, no. No le gustaba. Era de Central, pero más por decir. Jugaba al golf y al tenis. En los últimos días el deporte le había deparado una renguera y como para caminar afirmado estaba usando esas botas tejanas que tenía puestas cuando cayó del piso 11. Esas las usaba el Manosanta, dice su secretario. Las mismas.

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