LA ARGENTINIDAD….. AL PALO

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El día que cambió la vida

Posted by LA ARGENTINIDAD ...AL PALO en marzo 24, 2008

No eran militantes políticos. A su manera vivieron el día del golpe militar como parte del pueblo que veía llegar la sombra de la dictadura. Algunos de ellos son ahora militantes sociales.

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Elena estaba comiéndose un sandwich de jamón y queso en el bar de todos los mediodías, cuando dos policías entraron para llevársela presa.

—¡¿Pero cómo?! –les dijo ella—: ¡¡Si a la Brigada yo le pagué ayer!!

Elena Reinaga ahora es presidenta de la Asociación de Meretrices Argentina (AMMAR) pero ese 24 de marzo de 1976 estaba en su parada de la estación de trenes de Morón como todos los días. A la mañana temprano le había llamado la atención la falta de gente, pero siguió trabajando hasta el mediodía, cuando se sintió hambrienta y caminó dos cuadras hasta la estación de servicio. Ese 24 de marzo ella formó parte sin saberlo de otras muchas historias que empezaban a escribirse. Historias donde no transitaron las organizaciones políticas, no había militantes, ni gremialistas y los protagonistas, en general, estaban lejos de cualesquiera de los centros de poder. En esos márgenes, el 24 de marzo fue distinto al de la Hora Cero del Día D, pero necesariamente complementario. Página/12 se detuvo esta vez en esas historias para retratar las instantáneas del golpe de Estado entre las mujeres que ejercían la prostitución en Morón; con alguien que hoy es cartonero, con un dirigente aborigen de Chaco, un cura y a la directora de una escuela de Quilmes que combatió el hambre del 2001 con caballos y con ratas.

Las meretrices

A Elena se la llevaron derecho a la Brigada de Morón. Era la primera vez que caía presa, aunque no fue la única. A los veinte años vivía con su mamá en una casa de Hurlingham pero intentaba hacer de todo para que ella no se diera cuenta de lo que hacía. Trabajaba de día, se apuraba para volver temprano a la casa y escondía todo el dinero que juntaba en distintos lugares para que ella no sospechara nada. Pero esa vez se enteró cuando se lo dijeron los policías.

En la Brigada, Elena pasó en total sesenta días. Dormía en una celda pequeña, con un agujero en el piso, muy cerca de otras 20 chicas, muchas trabajadoras sexuales, pero otras no. Después de los primeros días, uno de los guardias se apiadó; ella logró pasarle un papelito para poder hacer contacto con un amigo que podía ser cualquiera porque lo que necesitaban era comer. Como sucedía entre el resto de los presos, tampoco ellas tenían abogados para los reclamos de salidas, y si se le ocurría pedir algo, les daban 20 días más de cárcel como castigo.

Una noche, un guardia le gritó:

–Ey, rubia, ¿te querés bañar conmigo?

Elena dice que se pasó el resto del tiempo sin ni siquiera atreverse a bañarse ni ir al baño, dejó la cárcel con bichos en todo el cuerpo y, cuando cruzó la plaza de Morón, hasta le dolían los ojos de la luz. No volvió a su casa porque no podía volver y deambuló por la provincia de Buenos Aires hasta que volvieron a agarrarla, una y otra vez.

“Hay una historia de nosotras que todavía tenemos que contar –dice ahora–. Porque sin ser militantes ni gremialistas, sin ser estudiantes, padecimos abusos, asesinatos y lo que nos hacían… No sabías cuándo salías y no te podías atrever a preguntar.”

Una noche llegó a la Brigada de Mujeres de San Martín. A los tres días les dijeron a todas que se iban. Les dieron las carteras pero en vez de soltarlas las sacaron por una puerta vaivén a un carro militar. Esa noche se las llevaron hasta La Plata en un viaje de cuatro horas porque todavía no había autopistas. En el medio, el carro paraba, bajaban a una y pegaban unos tiros mientras ellas, adentro, se imaginaban que las iban matando.

“Nos hicimos pis y nos cagamos encima por el horror: cuando llegamos nos tiraron desinfectante, nos dieron uniformes grises o amarrillos, nos dejaron 60 días adentro y no podíamos decir nada porque nos daban otros 60 días.”

En el ’78 las palizas la cansaron y dejó el oficio hasta el regreso de la democracia.

El hombre del mundo cartonero

Pepe Córdoba vivía lejos del mundo, en un pueblo de montaña de la frontera con Bolivia. Poco antes del golpe, hasta ahí había llegado un correo del Ejército para entregarle un sobre. Adentro, había una cédula del servicio militar obligatorio y un pasaje de tren. Salió de la estación de Salvador Maza para Jujuy el mismo 24 de marzo. Viajó estirado en los asientos de segunda, duros y de madera. Llegó a Jujuy a las siete de la tarde y se fue hasta el Regimiento. Todavía se acuerda de que cuando llegó a la tarde le dieron un tazón riquísimo de arroz con leche, y a la medianoche le metieron un casco celeste y blanco sobre los pelos largos. Así como estaba lo mandaron de guardia al techo de un lugar que le decían La Cuadra.

“Era el lugar donde dormían los colimbas”, dice ahora. Esa noche, Pepe casi descubrió algo así como el infierno. “Y yo lo vi, a mí no me lo contaron.” Escuchó las arengas, las órdenes y los preparativos de ahí adentro y también las lecciones de alguno de los militares. “No me acuerdo de mucho pero hay algo que me quedó marcado para siempre –dice–: todo el tiempo nos decían que la Patria estaba en peligro y que muchas veces teníamos al adversario enfrente disfrazado de papá, de mamá o de algún pariente.” Eso, y que la Patria era la que más reclamaba de su ayuda le dejaron la cabeza llena de dudas.

En su pueblo, Pepe se levantaba a las seis de la mañana y se subía a un caballo para irse al potrero. Sembraba, araba, cuidaba los chanchos. Su padre que no sabía leer ni escribir, tenía alma de dirigente. Era uno de los viejos más viejos del pueblo, porfiado, y el único que entraba en la casa del intendente sin golpear las puertas. Ahora ese papá resulta que podía estar dañando a la Patria.

Con los meses, el Ejército trasladó a Pepe a Bahía Blanca. Ahí vio todo lo que tenía que ver. Operativos, traslados y hasta un fusilamiento. El 5 de mayo de 1977 le faltaban dos meses para la baja, pero decidió escaparse para siempre. En 2001 él fue uno de los que montaron a la crisis como a sus viejos caballos, arreando proyectos de una cooperativa que ahora existe en un carro de cartonero.

Cuando Castelli quedó sin luz

Una vieja radio de madera muy grande era lo único que acercaba el ranchito de los Charole a algo parecido a Occidente. Por la radio oyeron que habían volteado a Isabel, y a la noche en Castelli se apagaron todas las luces. El pueblo todavía no tenía calles de asfalto, no había agua potable, pero era el único lugar que había parecido a un centro de algo. Los Charole estaban a unas veinte cuadras de ahí, cuadras de antes, cuadras de campo, donde las calles se hacían monte pelado camino al Impenetrable de Chaco.

Hacía unos años, Orlando trabajaba con el reparto del diario. No tenía diez años pero todavía se acuerda de las tapas, todas marrones, y de las caras de los vecinos más viejos cuando se acercaba a decirles que había muerto Perón. Ahora la cosa era distinta. El no repartía diarios pero los vecinos se acercaban a la casa como a una usina de noticias. Los Charole no eran todavía dirigentes de las comunidades originarias pero empezaban a serlo. Orlando ahora es presidente del Instituto Aborigen de Chaco, y en aquel momento su familia se sentía originaria y peronista. Diez días después del golpe, la policía entró para allanarles el rancho.

“La gente entendía perfectamente lo que pasaba, aunque la presencia militar no era tanta porque solo había destacamentos”, dice él. Charole no sabe si hubo víctimas entre los originarios porque no participaron en las sucesivas comisiones de investigaciones, tampoco buscaron los datos.

El mozo más viejo

A la hora cero del día D, los mozos del Palacio de las Papas Fritas se pusieron a caminar como pregones entre las mesas del lugar. Acababan de escuchar la noticia en la radio y empezaron a repetirla de mesa en mesa no tanto por gusto sino porque necesitaban que todo el mundo se fuera. Como acostumbrados a las asonadas de esos años, todo parecía organizado. Roberto Reyes, uno de los mozos, despidió a todo el mundo y se puso a cerrar la casa dispuesto a pasar la noche de guardia por si pasaba algo, y hasta el relevo de las seis de la mañana.

Se quedó con dos compañeros mozos, uno muy gordo y otro muy flaco. Y aunque no se acuerda de mucho, tiene perfecto recuerdo de un banquete. El más gordo de los mozos se encargó de la comida: cocinó tres bifes de costilla con lomo y dos pollos a la portuguesa, ¡para tres!

—¡¡Pero qué hiciste!! –le dijeron los otros, pero era tarde. En los platos no quedaron restos, Reyes comió un postre y se puso a jugar al chinchón hasta las cuatro o cinco. Cuando llegó el relevo salió a la vereda de Lavalle 735, paró un taxi y se fue. Como era muy tímido no le dijo nada al chofer durante todo el camino a Barracas. Bajó del taxi, no habló con su mujer, no habló con su suegra. Se acostó.

Los doce años de Pedro entre los petroleros de Santa Cruz

Pedro entendió que algo sucedía cuando empezó a ver a su mamá preocupada por un libro de tapas azules que estaba en la casa. Ella era chilena, y aunque estaban en Caleta Olivia desde hacía tiempo, no tenía los trámites de radicación en regla.

Caleta Olivia entonces era Perito Moreno, un pueblo de emigrados llegados de afuera. Había catamarqueños, riojanos, salteños y muchos chilenos trabajando en los pozos de petróleo. El padre de Pedro había llegado entre ellos, pero hacía unos años estaba muerto. Pedro iba a la escuela, eran los primeros días de clase y a la salida escuchó que los vecinos que eran trabajadores de YPF decían que por fin ahora iba a haber un poco de orden. Su madre, mientras tanto, agarró ese libro de tapas azules con los discursos de Perón. Caminó hasta el fondo del jardín, hizo un pozo, puso el libro y lo tapó.

El año pasado Pedro tal vez destapó algo de esa historia cuando se puso al frente de una de las huelgas más grandes de maestros como delegado del gremio docente de Santa Cruz.

El voceo de los auxilios de las madres de una villa

Villa Lugano, 24 de marzo de 1976.

En el terreno de Alicia Vázquez, su madre camina desesperada por toda la casa tratando de esconder un cuadro de Perón en algún lado. Hasta que logra echarlo a un cantero, Perón anda suelto sin uniforme, arriba de un caballo con pintitas. Los vecinos habían cerrado las puertas y las ventanas de sus casas, y los comedores sociales de la villa. A la tarde, alguien dijo que se iba a hacer una marcha, pero la propuesta no avanzó.

En los meses siguientes, Alicia decidió salir de la casa con las otras mujeres del barrio cada vez que entraba la policía para llevarse a alguien. Estaban convencidas de que peligraba más la vida de los hombres que la de ellas. Un día de tormenta, la policía entró para reprimir a uno de los grupos y las mujeres salieron a la calle para pararlos. Una asistente social todas las mañanas llegaba con su Citroën hasta la puerta de la salita de primeros auxilios del barrio, y estacionaba ahí. Ese día, desde un balcón, ella le gritaba que cantaran, que cantaran el Himno porque con eso no se las llevaban. Alicia no sabe si eso era así, solo se acuerda de que ese día intentaron cantar a los gritos, pero que no les sirvió de nada porque les pegaron.

Los militares hicieron desaparecer más tarde a la obstetra, a la ginecóloga, a la monja que les enseñó a pelear por sus derechos y en 1978 levantaron las casas. Alicia terminó corrida por los operativos de erradicación a un descampado de Lomas de Zamora. Ahora es una de las puntales de las madres que luchan contra el paco, ese otro desaparecedor.

Un teléfono en el barrio del Batallón 601

Beatriz Hameri no pudo olvidarse del ‘72 cuando escuchó las noticias del golpe. Apenas oyó el primer comunicado de la Junta por cadena nacional, buscó en el número de teléfono de la única persona del barrio del IAPI que podía llegar a tener una línea de teléfono. Graciela era médica, y Beatriz le pidió que por favor vaya hasta la casa de alguno de los chicos, de sus alumnos del apoyo escolar, para que ellos, a su vez, volvieran a salir casa por casa a ver cómo estaban los otros. El barrio había quedado marcado por la toma del Batallón Militar 601 de la Navidad de 1972, cuando los militares salieron a cazar guerrilleros en sus calles. El camino de tierra había quedado regado de sangre y de huesos, con los jóvenes masacrados delante de todo el barrio. Aquello dejó a los vecinos en silencio, en una suerte de largo estado de shock permanente. Por eso, buscó el teléfono para ver cómo estaban las cosas un poco más rápido. Aun no era la directora de escuela 65 que muchos años más tarde hará conocer al mundo que sus alumnos necesitaron paliar la crisis del hambre de 2001 comiendo carne de caballos, sapos y ratas. Entonces, los males eran otros, ella estaba embarazada, estudiaba filosofía en La Plata, y empezaba a dejar de ir a clases.

Una misa para rezarle a la Patria

El padre Jesús Olmedo se despertó a las cinco de la mañana sobresaltado por los ruidos que le llegaban de atrás de la Iglesia. Las voces de un rumor potente pero escondido decían que habían volteado al gobierno de Isabel. Ese día se suspendieron las clases. La gente salió a la calle de todos modos, pero con mucha prudencia. El pueblo era un pueblo callado, con un profundo sentido del silencio, pero estaba crispado.

Olmedo había llegado a La Quiaca cinco años antes, apenas se había ordenado de cura en España. Cuando después del golpe los pobladores lo vieron, empezaron a pedirle misas porque querían rezarle a la Patria

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