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Arqueología de la Belle Epoque

Posted by LA ARGENTINIDAD ...AL PALO en enero 21, 2007

La pieza más misteriosa dentro del repertorio arquitectónico de la avenida Alvear es el edificio ubicado en la esquina con Rodríguez Peña. Todos identifican el Palacio Hume por la descomunal magnolia que preside su jardín

La avenida Alvear, emblema del Buenos Aires elegante, contiene una importante colección de arquitectura de 1900. En una primera etapa, justo hasta el Centenario, se trataba de una calle bordeada de villas italianizantes o mansiones victorianas con jardines frondosos. Luego, en los años diez y veinte, casi todo fue reemplazado por hôtels particuliers de gran porte, inspirados en la arquitectura francesa de los siglos XVII y XVIII, como bien lo atestiguan la actual sede de la Nunciatura Apostólica o los grandes edificios que albergan las embajadas de Francia y Brasil. Pero hacia fines de los años veinte la era palaciega iría concluyendo: la gente empezaba a preferir las casas de departamentos de estilo francés, es decir, algo de Luis XV con mucho de Luis XVI. Los años treinta y cuarenta trajeron una invasión de modernidad, con edificios de departamentos del yacht style (léase hoy: racionalistas). Por otra parte, el estilo francés resistió hasta los años cincuenta, en edificios de departamentos con proporciones relajadas y detalles muy simplificados.

La pieza más misteriosa dentro del repertorio arquitectónico de la avenida Alvear es el edificio ubicado en la esquina con Rodríguez Peña. Todos lo identifican por la descomunal magnolia que preside su jardín. El umbroso Palacio Hume constituye el único testimonio de la primera gran época de la avenida, aquella de castillejos, villas y mansiones fin de siècle . Fue construido por el escocés Alexander Hume, arribado a la Argentina en 1868, quien se arraigó aquí, armó una familia numerosa y fundó una exitosa compañía de construcciones. Esta empresa, en diversas etapas de su larga existencia de ocho décadas, construyó por todo el país: cinco mil kilómetros de vías férreas, numerosas estaciones (como la terminal Retiro del Ferrocarril Mitre), puentes, viaductos, muelles, fábricas, frigoríficos, silos, etcétera. El palacio -edificado con piedras, ladrillos y tejas importados de Escocia e interiores revestidos en palo santo- fue inaugurado en 1893, con una exposición inédita de cuadros de ilustres coleccionistas locales, abierta al público, cuyo curador fue Eduardo Schiaffino. Allí se sentaron las bases de la conformación del Museo Nacional de Bellas Artes, inaugurado por el mismo Schiaffino dos años después.

La arquitectura de esta enigmática mansión es característica del estilo victoriano tardío, una mezcla de formas de diversa ascendencia: tejados y torreones de inspiración gótica, fachadas de corte renacentista, detalles ornamentales de origen románico, todo sazonado con materiales, texturas y tonalidades diversas, desde las verjas ornamentales de hierro fundido hasta los vitrales de las ventanas. Este carácter se complementaba (en su estado original, que luego sería modificado) con un jardín de trazado pintoresquista, con canteros de plantas autóctonas y exóticas. En los interiores, reinaba una umbrosa policromía hecha de oscuras maderas talladas, adobados frisos, entelados de damasco, todo completado por una orgía de muebles y objetos «ornitorrínticos», dignos de cualquier Exposición Universal de fines del siglo XIX o del Victoria & Albert Museum del Londres del siglo XXI.

El Palacio Hume no sufrió cambios hasta principios de los años treinta, cuando pasó a ser propiedad de la familia Duhau. Entonces, el ya antiguo Palacio Hume fue remozado para que residieran los célibes hermanos Alberto, Faustina y María Duhau y para que armonizara con el nuevo Palacio Duhau (esa imponente transcripción local del dieciochesco Château de Marais de la región de l Ile de France), que sería ocupado por otras ramas de la familia hasta su reciente transformación en hotel cinco estrellas.

Consecuentes con la tradición francesa admirada, los Duhau no alteraron el exterior del edificio y, de ese modo, al antiguo casco renacentista se le agregó el nuevo pabellón dieciochesco. Rediseñaron, en cambio, los interiores y el jardín circundante, a la manera de las intervenciones Ancien Régime , es decir, para actualizarlos desde el punto de vista estético y funcional. Así, los salones de la mansión se aggiornaron con redecoraciones sobriamente afrancesadas. El mobiliario, tan decimonónico, fue reemplazado por uno más «iluminista», muy borbónico, muy auténtico, muy precioso. Este gran conjunto de arquitectura, decoración y jardín fue y sigue siendo una más de las follies que los Duhau construyeron en diversos predios, un modo de recrear su «Versailles imaginario».

El antiguo Palacio Hume es un valioso testimonio de los avatares de la avenida Alvear, de la arquitectura de la ciudad y de los gustos y ensoñaciones de la alta sociedad argentina. Conforma, con lo que queda del Palacio Duhau y el excepcional palacio de la Nunciatura Apostólica, un conjunto único cuyas tres piezas han sido declaradas Monumento Histórico Nacional y Area de Protección Histórica de la ciudad. Aunque eso, lamentablemente, no es garantía de que sea preservado íntegra y decorosamente, tal como lo demuestran tantos atropellos recientes a monumentos de la Belle Epoque en diversas partes de nuestro país. 

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